Esta suricata recuerda un episodio familiar en el que un miembro de su familia demuestra comportamientos violentos a través de gritos.

Y empezó a gritar. Como en otras ocasiones, empezó a gritar, a remover el silencio, extirpar la tranquilidad y eructar chillidos. Empezó a gritar. Un golpe en el librero, los libros cayendo, Walt Whitman arrinconado cerca de la maceta, Nietzsche arrugado y Apollinaire sucio. Tumbó uno a uno cada ejemplar conservado y olvidado. Y gritó. Gritó gritos tan fuertes que los vecinos oyeron, que las paredes imitaron sus palabras y, como consecuencia, recibieron sus golpes.

Los adornos también cayeron. Los muñecos de Condorito, las réplicas de los superhéroes de Marvel y DC. Muchos otros más. Los pisó, los pateó. Otros, los menos afortunados, fueron recogidos. Los arrojó a la sala. Rebotaron en los muebles; si hubiesen sido seres hechos de carne, hubiesen muerto, hubiesen llorado.

Pero para, por favor, ¿no ves que mamá está llorando? No ves que lo que ocasionas es simplemente más dolor, que tu furia solo daña y aquí apenas tenemos tiempo para nosotros, porque todos los días es una incertidumbre, porque no sabemos si mañana estaremos conectados a un respirador, suplicando por nuestras vidas, rezando por nuestras vidas, encomendándonos a un ser supremo en el cual creemos cuando nuestras mentiras se agotan. Para, para por favor. Ya no rompas ni destruyas, no golpees la puerta, no cierres las ventanas, no nos grites ni nos digas nada. Estamos cansados, muy cansados. Queremos dormir, no hemos dormido nada y lloras únicamente porque tus caprichos no se dieron, porque deseas un paraíso sin nunca haber trabajado en la tierra, porque quieres que seamos más de lo que alguna vez nos dejaron ser.

Y grita más fuerte, grita con ira, pero en la tonalidad del dolor. Su garganta morena cambia de color. Es roja ahora. Roja como el colorete que delinea los labios de mamá, donde ahora caen las lágrimas. Roja como la asfixia. Y mamá se sienta, me habla, y yo le hablo a mamá. Tranquila, ya pasará, ya pasará. Siempre ha sido así y así siempre será.

Pero no pasa. No quiere detenerse. Caen algunos electrodomésticos, improperios rebotan por las habitaciones. Palabras que dañan. Palabras hechas para dañar. Muéranse, carajo, hijos de puta, te odio.

¿Pero qué quiere? Tu cuarto. ¿Cuándo lo quiere? Lo quiere ahora. Aunque ella misma cambió la habitación, aunque insistió dos meses para cambiarla, pero una vez realizada la mudanza se decepcionó, orilló la cama a la ventana y la hubiese arrojado si hubiese tenido. Y por eso en las noches, cuando todos duermen, su cama llora, se aferra al piso y de esa unión pequeños alaridos libran una gran tristeza.

Madre se acerca, trata de hablar, pero no tarda ni tres palabras e inicia a lamentarse. ¿Por qué te crié así? ¿Qué pasó? ¿Cómo pasó? ¿Por qué? Porque los regalos de padre, que se ausentó casi todas nuestras vistas, suplieron al amor. Fue la necesidad cubierta con mentiras de estabilidad. Porque siempre sí y nunca no, y cuando no la puerta cerrada y la soledad consumía todo, destruía todo.

Minutos después, suena un lamento, otros gritos más. Mi hermana golpea a mi mamá. Las separo. Quiero llorar.

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