Esta suricata piensa en cómo, a lo largo de esta cuarentena, figuras de todo tipo han salido a la luz, demostrando que tan lejos puede llegar la humanidad.

Febrero hoy parece un recuerdo distante de épocas mejores. Almorzaba junto a mis compañeros de oficina; con algunos amigos, luego del trabajo, bebíamos de la misma botella de cerveza; no tenía miedo de tocar a nadie ni de ser tocado. Soñaba con ahorrar dinero. Mal no me iba. Había iniciado un fondo que, felizmente, todavía se mantiene intacto.

Hablábamos siempre a futuro. Para fin de año, planeo irme de viaje a Brasil, me dijo una amiga. Quiero largarme a Alemania, me dijo otra. El mundo se hallaba a un boleto de distancia. Éramos reyes. Éramos fugaces. El amor nos duraba una semana, éramos un capricho.

Al terminar ese mundo e iniciar este otro, reducido, lleno de paredes, tuvimos miedo las primeras semanas. Fuimos peluqueros: nos cortamos nuestro propio cabello. Fuimos cineastas: documentamos todo lo que nos pasaba en tiktoks e historias. Fuimos poetas contemporáneos: escribíamos tweetssentimentales. Fuimos aprendices de todo y maestros de nada. Nos dimos cuenta que el planeta tardaba 24 horas en girar. ¡Tanto tiempo libre y nada que hacer! Amor no está. Qué aburrido estoy. Los más valientes transformaron sus manos en mujeres. Las más valientes comprendieron la fuerza del índice y el medio.

El ser humano es un bestia de miles de caras. Descubrimos a las diferentes especies: los valientes, los deprimidos, los cínicos, los solidarios, los egoístas, etc. Los exploradoras más cautos se aventuran a decir que hay dos tipos de humanos, los obedientes y los desobedientes. Los más atrevidos confirman que la estupidez no tienes límite, que es la única democracia que conocemos como especie.

El presidente más poderoso del planeta le recomendó a sus ciudadanos inyectarse desinfectantes. Vestido de prendas que nunca podremos si quiera tocar, jodió a unos cuantos incautos que lo toman como si fuese un mesías. En grupos de San Juan de Lurigancho, el vídeo de un hombre sobando el pasamanos del tren de Lima con sus mocos se volvió viral. Afirmando que la pandemia que azota al mundo es un invento para que el gobierno nos joda. La estupidez no distingue a nadie.

La ciencia avanza rápido. Muchos descubrimientos se han logrado a partir de la lucha constante que incontables científicos realizan a diario. Pero para la raza más sobresaliente de la humanidad, los conspiranoicos, sospecha. Iluminados, bendecidos, esclarecidos por LA VERDAD, hablan de los grandes poderes del mundo, del gran hombre que detrás de los gobiernos jala los hilos. Paradójicamente, enaltecen a la ciencia. Le atribuyen la capacidad de crear enfermedades y virus en tiempo récord. Para ellos la vida es una ficción hollywoodense con la cual, seguramente, se tocan en su tiempo libre.

La cura no llegará pronto. Los números crecerán. Probablemente estemos más semanas encerrados, con miedo de salir, viviendo de las migajas del pasado, soñando con el tacto del futuro. Al menos, eso corresponde a un sector de nosotros. Como dije, la estupidez humana es grande y en el norte del país, Piura, la gente todavía no comprende el peligro en el cual se encuentra. Hacen largas colas por cervezas. Bailan marinera en la mitad de las calles. Acéfalos.

¿Y si no hubiese pasado nada de esto? Tal vez la vida hubiese seguido su rumbo habitual. Tal vez los viajes hubiesen ocurrido. Hubiese tenido esa cita cancelada, ese empleo al cual había postulado. No hubiésemos descubierto lo idiota que puede ser la gente. O tal vez no. No vale la pena seguir pensando en las posibilidades. Solo queda seguir esperando.