Esta suricata, luego de dos semanas sin hacer mucho, escribe algunos párrafos sobre su vida en estado de pausa por la cuarentena.

Ya llevaba varios días sin hacer nada. Mi vida se había resumido en ver cómo los colores de mi alcoba cambian. Celeste, amarillo, naranja, lila, negro. Mi cabeza había reducido su actividad a observar lo que pasa en mi computadora. Cifras, cifras, miles de vidas reducidas a un movimiento simple en el teclado. Siempre pendiente, siempre atento, actualizaba la página del MINSA esperando alguna respuesta, alguna señal que me afirmase que todo iría mejor.

Ansiedad. Me engañé con la fatua idea de un horario y objetivos diarios. Me faltaba la respiración del pecho. Solo, en la habitación, me ponía la mascarilla y recién entonces me relajaba. Los momentos en los que me sentía seguro eran cuando llevaba mis manos al lavadero. Más de 30 segundo con el jabón en las manos, arañándomelas, enjuagándolas, secándolas. Mientras más rojo, mejor. Mientras te cuides más, mejor. Las únicas dos actividades que me consolaban eran la hora de dormir y las conversaciones con los amigos. Sentía una voz familiar y me alegraba. ¿Dónde han estado? ¿Están todos bien? ¿Cómo está la calle por donde viven?

Recordábamos el pasado con cariño. La vida había sido mejor antes que la cuarentena ocurriese. Había planes de amar, viajar y trabajar, una normalidad que muchas veces se reducía a producir y producir. Yo mismo había pensado en mudarme en junio y venía ahorrando lo suficiente para hacerlo, pero de un día a otro todo cambió. Y los novios dejaron de ser novios. Y los días dejaron de ser días. Y abril nunca existió.

El tiempo no volverá. Con envidia, revisaba como muchos, aun en estas circunstancias, hacían. Máquinas perfectas de contenido. A las influencers no las detuvo la inmovilidad social. Aprovecharon para seguir escribiendo, para seguir dando consejos de autoayuda. Contrataron fotógrafos para que tomaran screenshots en videollamadas. Cada día una foto nueva, un ángulo nuevo, una publicidad nueva. Y yo, tirado en la cama, quería ser capaz de volver, de avanzar, de salir a la calle y no sentir miedo luego de avanzar un cuadra.

Dejé libros a la mitad. Dejé de escribir. Dejé de escuchar música. A la mitad de una canción, irremediablemente, presionaba el botón de next. Y no pude escuchar JPEGMAFIA, Kendrick Lamar o Slowdive.

Solo dejé prendida la computadora y busqué series. Revisé de nuevo Better Call Saul. La espectacular actuación de Bob Odenkirk, los colores, los simbolismos y el detalle en la narrativa hicieron que las horas avancen pacíficamente. Inmóvil, fascinado, en el sillón estudiaba los aspectos de la serie.

Pero terminó, ocasionando que el silencio se manifieste de nuevo. Podía escuchar la saliva de mi boca, mi respiración, la estática de los focos. Y vi en internet a piuranos que salían de sus casas, las largas filas para comprar cerveza, a Donald Trump recomendando a los norteamericanos inyectarse detergentes. Suspiré.

La verdad, no sé cómo, no sé cuando. Simplemente, apagué todo. Y hoy, después de varios días he vuelto a escribir. Un texto amorfo, difuso, pero he vuelto a escribir. No haré mil publicaciones, no seré un ejemplo a seguir, no actualizaré las páginas del gobierno a cada minuto. Escucharé música y leeré. Seguiré esta cuarentena hasta Dios sabe cuando.