A raíz de una serie de notificaciones en Facebook, esta suricata piensa en todas las personas del mundo y sus respectivos cumpleaños.

He pensado que, eventualmente, conoceré la suficiente cantidad de personas para celebrar un cumpleaños —o varios— todos los días del año. Hace unos días vi cómo dos personas diametralmente opuestas cumplían años en la misma fecha. Facebook —¿quién más?— me avisó, vi sus respectivos perfiles y, aunque me gustaría que no hubiese pasado así, ignoré el aviso.

Agregamos tantas personas a nuestras redes sociales que creo que, en cierto punto, ya no las vemos como personas, sino como ventanas de chat, muros que se actualizan y memes, muchos memes. A veces se me olvida que detrás de cada perfil hay una vida; y hay tantos perfiles que no conozco y jamás conoceré que mi mente no llega a procesar los millones de seres humanos que somos.

Tantos individuos de tantos lugares todos los días viven y mueren que no creo que haya un día más feliz o triste que otro. Mientras lees esto, nace un bebé y un feto es abortado. Mientras lees esto, un anciano muere de cáncer y otro lo supera. Sufrimiento siempre habrá, alegría siempre habrá. Somos muchos de nosotros.

Enumeraré algunas cuestiones más, solo por diversión. Mientras tipeo estas palabras, tal vez en algún rincón de Rumania se esté grabando una porno; en Barcelona seguramente una pareja discute; un mexicano habrá cruzado la frontera, y un bebé habrá pateado un balón en Brasil. Tantos eventos pasan al mismo tiempo, que es imposible para el humano imaginarlos al mismo tiempo; ¡tendríamos que ser máquinas! Así también, imposible es pensar en los distintos caminos que alguien quiere para su vida.

He conocido zapateros contentos de reparar sus zapatos, sin ninguna intención de conocer a Hegel o Marx, y los he envidiado. Sus vidas, en su simpleza, habían alcanzado un grado de elevación único, tenían una función y en esa función habrían de morir. He visto intelectuales atormentados por no conocer todos los libros que diariamente se imprimen, que, desesperados, buscan en el último rincón de la última biblioteca una última cita, unas frases intrincadas que los hagan más únicos, más propensos a la verdad que otros. Y también los he enviado, pues ese fervor, esa pasión, ese arrojo a la nada es sublime. Hay tantos hombres y mujeres distintos en este mundo que no podría enumerarlos a todos. Hay tantas identidades entre esa clasificación binaria que no podría denominarlas a todas.

Y cada una de ellas tiene un cumpleaños, cada una de ellas comparte, irónica y seguramente, nacimiento con alguien que las odia, con sus respectivas antípodas humanas. Así como el zapatero y el intelectual, al llegar la noche, comen casi al mismo tiempo una cena o cagan o se cepillan los dientes, mientras se miran al espejo y ven que unas arrugas se han formado en la frente.

Una vez conocí a alguien que, como yo, había nacido un 15 julio. Fuerte, deportista, valiente; tenía la vida solucionada y las cosas, para él, eran fáciles de conseguir. Bastaba hablar para que sus deseos se hiciesen realidad. Sus padres le habían dado de todo. Años después, conocí a otro hijo que había nacido cáncer. Pequeño, pobre, ignorante; había embarazado a su novia los dieciséis y vivía en una casa construida con adobes y esteras. ¿Qué nos unía más que la lengua y la fecha de nacimiento a nosotros tres? Nada más, ni la nación había sido suficiente. Y, obviamente, sé que más personas han nacido a lo largo de los 5 continentes un 15 de julio. Seguramente comparto nacimiento con una musulmana de Arabia Saudita, con un testigo de Jehová de Argentina, con un mormón de Utah y más y más.

Ya casi no celebro los cumpleaños. Sin embargo, antes, cuando no pensaba fútilmente en todo esto, tuve algunos buenos. Recuerdo la pequeña fiesta que tuve cuando cumplí catorce. Mis amigos, al lado de la escalera del colegio, donde nos reuníamos en los recreos, me esperaban con unos Pingüinos. «¡Feliz cumpleaños, Leonardo!» y «Muchas gracias». Los abracé como, seguramente, en otro lado del mundo otros amigos festejaban el cumpleaños de otro niño. ¿Habrán tenido una amistad más duradera que yo con los míos? Dos años después ya no hablaba con ellos, pero en ese momento fui más feliz (al menos eso creo) que todos los niños del mundo.

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