Conocerte fue la excusa para que empezara a escribir. Algunos escritores (sin llamarme a mí mismo escritor) inician su vida literaria por las injusticias, por la esclavitud o, simplemente, por la belleza. Me es difícil reunir la cantidad absurda de temáticas sobre los cuales uno puede iniciar a escribir. Puede ser un postre sobre el cual recuerdas tu vida entera. Pueden ser tantos los temas. Pienso en Guillaume Apollinaire, Cortazar, Borges, Vargas Llosa. Me resulta difícil imaginármelos de niños, diciendo: «Seré yo quien cambie el rumbo de la literatura». Aun Joyce, mientras seguramente se masturbaba con sus cartas a Nora, no lo imagino pensando en esas piezas como una obra póstuma.

La razón por la que empecé a escribir no fue por rebelión. Eso vino luego. No sé si fue por amor. Eso fue una consecuencia. Fue, en cambio, una labor, el producto de cuando por las noches escríbeme, por favor, un cuento más, tengo mucho sueño y yo me desvelaba, me ocultaba bajo una sábana y escribía ficciones de ambos en una realidad alternativa donde no había hambre ni pobreza.

Un apartamento, tus pechos desnudos, la vida bohemia del periodismo y una avenida que años después descubriría imposible en Lima, pero tan, tan real en Chicago.

Los primeros cuentos fueron una excusa. Evadimos juntos así la realidad, fueron diseñados para sobrevivirla. La forma de ellos era muy primitiva, sus errores ortográficos eran muy comunes. Mi literatura no se formó (¿estoy permitido de llamarla así?) en el salón de la clase rellenando fórmulas y preguntas de examen de admisión. Me eduqué en internet buscando poesía, la praxis la llevé a cabo con el dolor de amarte. Rimbaud. Mil veces Rimbaud. Lo leí apenas comprendiéndolo. Lo entendí en los ensayos que algunos españoles colgaban en Internet. ¿Volveré, con el brazo negro? Lo viví en las mordidas que nos dábamos después del colegio, revolcados, vistiendo el buzo que a mamá le había costado tanto lavar la noche anterior. Lo expectoré de mi pecho mientras a las cuatro de la mañana pensaba en qué escribiría a noche siguiente, y la siguiente, y la siguiente, y tantas noches más que por un momento me olvidé de la vida que vivía y que no comías por días enteros.

Nos pusimos apodos. Nos llamamos de mil formas distintas. Rimbaud, dime Rimbaud, yo te llamaré Verlaine. Richey, dime Richey, Nicky. Robert, dime Robert, Patti. Me quisiste. Luego me odiaste y me volviste a querer. Un día duraba el amor. Un minuto duraba el odio. Nunca lo supe. Tengo miedo, Richey, cuando me veo al espejo siento que mi cuerpo se mueve sin que yo quiera moverlo. Hoy dices que ni siquiera formé parte de tu vida, que las tardes azules de Julio fueron una creación de mi cabeza. Pero cuando me iba ¿por qué te vas? ¿por qué me dejas? ¿ya te aburriste de mí? No me aburriré de ti, jamás me aburriré de ti, siempre te querré, conejita. Y nos balanceábamos desnudos en la cama que tantas veces chillaron nuestros pecados. Mi cuarto era nuestro hogar. El aroma a vainilla de tu cabello se impregnó en en mis almohadas por años. Y años después cuando soñaba tu nombre, y cuando imaginaba el futuro tu nombre.

¿Fuiste mujer? Tantas veces me dijiste que no te sentías cómoda en tu cuerpo, que soñabas con haber sido un chico, pero nunca hubieses cambiado. Te quise así. Tus lecturas, tus Ramon Ribeyro, tus David Lynch, tus performances, Goya y las plataformas negras que hacían que tu boca quedase a un susurro de distancia de mis labios, que hasta hoy dicen tu nombre cuando eventualmente vuelves, cuando eventualmente vuelvo. Nos turnamos para retornar a la vida del otro. En mi cabeza, es simplemente el aburrimiento y la soledad. ¿Estoy aburrido? Mientras termino de escribir veo esto y pienso que hay días cada tantos meses que de nuevo vuelves. Y en tres días es tu cumpleaños. Y ya no escribo para aquellas noches, en las que sentía que escribir era la única forma de hacerte feliz.

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