Supuestamente, unos cuantos billetes condenaron a mi abuela a enfermarse del COVID-19. Mi prima Rita se los llevó como regalo por el Día de la Madre. No lo sabía en ese entonces, pero ella fue de las primeras personas en la familia en contraer la enfermedad. El ¿cuándo? todavía es un misterio. Tal vez nunca lo hallaremos, pero las teorías todavía son comentadas en las furtivas conversaciones telefónicas de las hermanas de mi madre. ¿Fue en las reuniones clandestinas que mantenía con sus amigas? ¿Fue mientras levantaba las cajas de cervezas e iba en una mototaxi a embriagarse junto a su pareja? ¿Fue porque nunca usó mascarilla e iba siempre al mercado? Yo no quiero saberlo.

Rita, supuestamente, habría transmitido la enfermedad a mi abuela por un capricho. Generosamente, se acercó a ella porque no importa que el mundo se desmorone, importa que todos aprendan que las apariencias reinan y una buena hija siempre va donde sus padres para desearles lo mejor. Sin embargo, según los chismes en la familia refieren, unos cuantos minutos de tacto habrían hecho que una semana después la abuela empezase a toser.

El miedo, la ignorancia y el orgullo fueron los tres factores que desencadenaron grandes males dentro de mi familia. Cómo iba a tener la abuela esa fiebre, dijeron los hermanos indignados. Es simplemente una tos. Son solo sus bronquios. La abuela tosía levemente, no se cubría con el codo. A sus 81 años, le fue difícil aprender nuevas costumbres. Eso sí, felizmente, no enfermó. No desarrolló fiebre, no le falló la respiración. Y, según le dijo el doctor a mi madre, no se complicaría su situación. Sin embargo, a través de las paredes de su casa, según tengo entendido, la repetición del golpe en el pecho delimitaba el tiempo.

Junto a mi abuela, vivían dos tíos a los que quiero mucho: Renato y Marla. Mi tío Renato empezó con los síntomas unos cuantos días después de que mi abuela empezase a toser. Se lo adjudicaron a su terrible de costumbre de levantarse, ir a la refrigeradora y coger un yogurt. Todos los hermanos querían consolarse en una mentira, pero la fiebre no bajaba. Así pues, cuando el doctor le dijo que era portador del virus que ha causado miles de muertes a lo largo del mundo, se asustaron. Temieron. Ocultaron. Como la Unión Soviética con los desastres de Chernobyl, trataron de mitigar los hechos.

Marla, con un comprensible miedo, se retiró lo más pronto que pudo de la casa, sin (querer) saber que estaba contagiada. Fue donde su hijo, que hoy tose y tose y ha quedado tumbado en la cama. Yo no tengo el virus, hijito, estoy preocupada, me dijo por teléfono antes de empacar las maletas. Pero es casi imposible, tía, más bien agradece que tal vez no te pegue demasiado fuerte. Lo mejor que puedes hacer es quedarte con la abuela y mi tío y esperar.

Simplemente, no hizo caso. Y con el hijo de Marla terminó esa primera cadena de contagios.

Antes que todo esto ocurriera, cuando todo era una mar de suposiciones, mi abuela fue visitada por otro de mis tíos: Juan, de aquellos que en la familia acató la cuarentena a medias. Expolicia. Todos los días aprovechaba las tardes de silencio para sacar en el automóvil a su familia. Él, que siempre ha querido a su madre y en cada cumpleaños se emborrachaba en su nombre, fue quien la llevó a la clínica para que le hicieran la prueba. Según Juan, su madre no podía estar infectada. Los Casiano no somos apestados. Los Casianos somos más. Por ello, a mi tío no le importó la tos de mi abuela, ni sus estornudos. La abrazó, cerró las ventanas del carro donde también iban su mujer, su cuñada, sus nietos y su hija.

Hoy todos están encerrados.

Tengo entendido que el Minsa solo ha llegado a contabilizar a mi abuela y mi tío Renato. El resto de los (posibles) contagiados siguen en sus casas aguardando que todo pase, en un estado de constante terror. Ninguno ha presentado un cuadro complicado. Todos beben mucha agua y cuentan los días para volver a salir. Han decidido por fin quedarse en casa.

Esporádicamente, otros casos se presentaron en la familia. No me sorprendió mucho. Siempre fue cuestión de tiempo. Rita, al parecer, terminó contagiando a su pareja y al mayor de sus hijos, quien ha comprado medicamentos en lugares de dudosa procedencia porque ya no aguanta el dolor. Alejados, recuerdo que en marzo, cuando recién empezaba el confinamiento, los tres me dijeron cosas como: «a mí jamás me dará», «es un invento de los medios para controlarnos».

Hoy, sin embargo, tienen miedo y, por cuestión de genética o suerte, se recuperan.

La familia ha ignorado sus errores. Ve el futuro con esperanza. Mandan oraciones al grupo familiar de Whatsapp. Alabado sea el señor por la salud de nuestra madre. Alabado sea nuestro futuro. Y yo, en silencio, veo los mensajes. Me habían dicho loco por encerrarme. Me habían dicho idiota por no recibirlos con las cajas de Pilsen en la entrada de la casa. Mientras termino de escribir, luego de haberme preocupado mucho por mi abuela esta semana y haber abandonado el blog, pregunto: ¿realmente era necesario todo esto?

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