Esta suricata trata de resolver un misterio en el que desaparecieron algunos animales detrás de su casa. Cree que es un duende.

Ilustración de un duende.

Antaño, el lugar donde vivo, según cuentan mis antecesores, era un paraíso lleno de frutas y verduras. En lugar de arena, había mucho verde. Los abuelos y los tíos, y los tíos que son abuelos y los abuelos que por alguna razón llamamos tíos, por mucho tiempo, usaron este lugar para cultivar. Cuando mamá tenía mi edad y batalló por ir a la universidad, cuando Victor, mi abuelo, le prohibió ingresar, porque en ese tiempo las mujeres de mi familia estaban destinadas a las ollas y las cucharas, todavía crecían plantas en Chacarita.

Hoy solo queda una higuera cubierta de polvo. Algunas tablas de madera echadas, asoladas, olvidadas y sucias, la rodean. Por allí, algunas vecinas, que a través de un muro acordillado de adobes observan el terreno baldío, han comentado que un duende descansa y corre. Yo he reído, dejé de creer en ellos cuando tuve 12 años. Pero las señoras me hicieron recordar las historias de los duendes que mamá me contaba, los no bautizos y el pecado de haber nacido.

Cuando era niño, usualmente me asustaba en las noches. Duerme o el duende vendrá. Come o el duende vendrá. Deja de leer o el duende vendrá. Y yo, ansioso, asustado, aterrorizado de lo que en mi cabeza era un niño lleno de arrugas, un humano hecho una esfera, una risa prolongada de ajíes, hacía caso. Temía que, en ese púrpura profundo del cansancio, esa criatura me asesinase.

¿Habrá duendes en la parte de atrás de nuestra casa? En las mañanas mi padrastro visita el descampado, saca el automóvil mientras reniega el hecho de no poderse darse un descanso, de tener que ir a la empresa a las seis y regresar al anochecer. Según dice, nunca ha visto nada. Sin embargo, un día notó algo distinto.

—¡Falta una gallina! —gritó.

En la parte de atrás de la casa, donde antaño todo era verde, además de la higuera y el automóvil, hay un corral de gallinas. Las usamos para que nos den huevos, para tener un buen desayuno. Casi nunca las veo, casi nunca salgo en dirección al corral. Desde que inició la pandemia, la mayor parte del tiempo la paso en mi casa, entre mis paredes, mi espalda que se joroba y conversaciones que inician y terminan en el celular. Pero las he visto. Cinco gallinas marrones y gordas. Andan hasta donde el cerco las limita, son expertas en quedarse dormidas.

«Falta una gallina», repitió. Horas más tarde la hallaría muerta debajo de la higuera. ¿Quién pudo haber matado a una gallina? Los robos por la avenida habían reducido su impacto desde hacía mucho. Era casi imposible que alguien pudiese pasar el portón verde de metal, no sin hacer muchísimo ruido por lo menos. ¿Quién? La duda duró unos días. Pero, a raíz de ese incidente, mi padrastro fue más cuidadoso con las aves de atrás.

No nos comimos a la gallina. La enterramos. No soy un experto, tampoco pretendo serlo, pero pienso que cuando las gallinas dejan de dar huevos simplemente fallecen, se sienten tristes y duermen. Nunca vi una gallina muerta, más allá de los diversos cadáveres que se exponían en los mercados cuando era pequeño. Odiaba, odiaba la pata de la gallina en el caldo. Vomitaba. Come, come, es rico. Y no, no era rico. Solo devoraba las zanahorias y el apio.

Con el paso de los días, olvidada la difunta gallina, aparecieron los primeros gatos. De pronto, varios maullidos. Iniciaba la noche y con ella iniciaban las siluetas de sus sombras en los ladrillos y el cemento seco. Les dimos, agua, les dimos comida. Era triste verlos con hambre. Eso sí, no los dejamos entrar a la casa. Con más cien metros cuadrados afuera tendrían suficiente.

La mayoría de ellos se fueron, siguieron su camino al paraíso de los gatos, lo cual en Chincha debe ser algo difícil. Se quedó solo una gata negra que a veces, cuando la casa queda vacía y solo estoy presente yo adentro, ingresa por el techo y se dirige hacia la cochera. Ya he aprendido a lidiar con ella, pero mamá no. Según mi madre, la gata habría sido la asesina de la gallina.

Sin prueba alguna, acusó a la pobre gata, que estoy seguro de que cuando ve a mi madre gritarle en las mañanas, cuando la ve en el pasaje nuestro que tenemos al lado de la casa, solo la ignora. Por algunas semanas, ha pensado en el proceso que supuestamente la pobre felina utilizó para matar a su gallina. Lo comenta mientras cocina. La llevó debajo de la higuera y allí, por puro placer, como un ser humano, la mató a mi pobre gallina.

Pero no ha considerado la posibilidad del duende, lo cual todavía hoy me causa intriga.

Ayer desaparecieron dos gallinas más y todos saben que la gata duerme en su propio lado, reduce su existencia a un tazón de agua y restos de comida que a veces le llevamos. ¿Quién entonces? Las vecinas, desde el muro acordillado, dicen que es el duende. Mi hermana nunca se bautizó.

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