Desde hace algún tiempo, me he acostado tarde. Me he sorprendido buscando información en la madrugada sobre temas que jamás me ayudarán en la vida presencial, más allá de triviales conversaciones conformistas que algún día tendré en cafés verdes y rústicos. Sectas comunistas en Estados Unidos. El origen real de La Biblia. Políticos ingleses a los cuales nunca conoceré. He sido un políglota con una almohada bajo el mentón.

Desde hace algún tiempo me ha costado mucho dormir. Al momento de querer cerrar los ojos y sumergirme en ese limbo donde todo parece próximo, nuevo y difuso, siento una incomodidad fatal en mi cuerpo. Las sábanas nunca se ajustan a las necesidades de mis pies, sus hebras a veces cosquillean mis brazos. O son muy largas y me sofocan, o son muy cortas y batallo fútilmente, pretendiendo que no me moveré, que no arruinaré ese pequeño hoyo construido en el colchón que tiene la silueta de mi cuerpo.

Y fracaso.

Para remediar esa situación problemática, con el paso del tiempo he desarrollado diversas fórmulas que puedan ayudar a que consolide un sueño profundo. Me he puesto, por ejemplo, dos medias antes de dormir para que el frío no entre, pero en la madrugada, cuando solo se inmiscuyen en la habitación los lamentos furtivos de algunos perros callejeros, tengo que desistir. Combustión. Mi cuerpo, poco a poco, se convierte en un fuego y tengo que quitarme esas prendas, arrepintiéndome, a sabiendas que alguna otra noche posterior cometeré el mismo error, o, irónicamente, momentos más tarde.

Otras veces he cambiado la cama de posición, porque de repente pienso que mi cabeza debe apuntar al noto. Solo así conseguiré un mejor sueño, me miento. Tres de la mañana, un hombre con un ligero sobrepeso mueve el cuerpo de su cama por la habitación. El esqueleto de madera, agotado de miles de horas cumpliendo su función, llora. Le reclama al piso que pare, que no es su voluntad que el hombre lo mueva. A través de chillidos que cortan las paredes y llegan a desde las alcobas hasta la cocina y la sala, clama. Pero el hombre sigue, arrastra al pobre animal barnizado y lo pone lo más lejos que puede de la ventana, porque a esa hora es tan fuerte el viento que estar cerca de ella es la declaración consciente de un suicidio. Y el hombre no quiere suicidarse porque tiene miedo del vacío.

Podría afirmar, sin sustento alguno, que la rebelión es simplemente otro estado de la humanidad. Inconformes, siempre estamos inconformes. No es la victoria lo que nos mueve, es esa sensación casi orgásmica de la lucha lo que nos hace sentir vivos. Luchar miles de batallas, perderlas, pero habiéndolas luchado. Reduzco, cometiendo miles de falacias, ese estado a mi cuerpo tendido en la cama, en la mayor de las comodidades, pero sufriendo. Pienso. Qué tan fácil sería cerrar los ojos, ver los distintos patrones turquesas que en el vacío negro emulan las pinturas de Picasso y dormir. Muy fácil. Muchos otros desearían que ese fuese el problema que los acongoje. El niño de la calle que no sabe si amanecerá despierto desearía mi lugar, el problema de la espalda que a veces me hace sentir pesado, como a punto de morir. Así pues, solo existiendo, le arrebaté ese lugar.

Le quité el desayuno, el huevo pasado y los megas de Internet a esa pobre criatura. Pero en las noches me divorcio de esas ideas y lucho, pretendo que lucho, contra incomodidades ficticias que mi cuerpo crea. He creado molestias para no aburrirme. He esculpido una narrativa. Porque qué fácil ha sido ser la víctima y no reconocer que simplemente no quería dormir. Que en todas las noches en las que me planteo el vacuo deseo de acostarme, en realidad solo he buscado una excusa para sentirme culpable y decirme a la mañana siguiente: «Hoy será mejor», cuando realmente no, jamás será mejor.

Mis problemas con los sueños iniciaron muy temprano en la vida, cuando todavía creía que todo en el mundo costaba un sol. Fue culpa de un polilla, un cristal y los reflejos tenues de la calle en mi habitación. Allí crearon lo que conocí meses después como mi primera pesadilla. La polilla volaba, su sonido carnoso se propagaba por toda la habitación como una plaga. El batido de sus alas, su pareja que en la pared blancuzca de mi alcoba imitaba sus movimientos. Pensaba que se multiplicaría. Y un ejercito de polillas esa noche, tal vez, arribaría a mi cama, entraría por los orificios de mi cuerpo y, llegada la mañana, el pobre Leonardo se hallaría muerto, arrinconado, con el estómago estallando de insectos alados, las venas purpúreas a lo largo de su cuello y su colección de juegos de Play Station bajo la cama.

Así pacté una larga tradición de esperar a que la polilla se vaya. De esa menta, descubrí que en la noche los libros se leían mejor, que el tiempo era más espeso y prolongado y, por lo tanto, lo amé.

Sin embargo, ese razonamiento es el de un niño sin preocupaciones, libre para pensar. Ahora necesito acostarme temprano, mi cuerpo lo necesita, mi trabajo lo necesita, pero me he terminado acostando muy tarde, imaginando que hay una solución para todos los problemas que actualmente atraviesa la humanidad, suponiendo que bajo una colcha podría crear una nueva religión o una metafísica. Y me he convencido de que el sueño puede esperar, que, por algún motivo, mi fuerza es mayor que la realidad. Sueño que puedo llegar a la noche del día siguiente sin mucho dolor y dormir las ocho horas que tantas veces me han prometido los estudios clínicos del sueño. No obstante, nunca es así. A las diez de la mañana, por un instinto casi natural, pienso que una siesta no me vendría nada mal, que, al fin y al cabo, el cerebro es mucho más poderoso que mi cuerpo y me avisará cuando debo despertar. Y duermo, cierro las persianas y transformo el día en noche, y al abrir de nuevo los ojos ya son las seis de la tarde y estoy condenado a repetir el ciclo tantas veces que parece absurdo. Por lo cual, he arrastrado cada día cinco minutos más la hora en la cual vuelvo a la cama, para poder gritar triunfante en algún futuro próximo, a las ocho de la noche: «¡Lo logré! Di la vuelta completa».

La noche sigue siendo para mí un misterio. Hay días en los cuales no me arrepiento. Su calma, su silencio, es tranquilizante, pero solitaria. He pensado ya en la resignación, en la condena que significa ser un animal nocturno. Amar de noche, comer de noche, hacer ejercicio de noche y que la gente, que ve ese cuarto con la luz prendida a la lejanía piense que ese hombre que lo habita está cometiendo excentricidades o que es un hereje.

Hace algún tiempo que quiero dormir temprano.

Deja un comentario