Alguna vez quise ser un pirómano. No por el afán irracional de ver a personas sufrir o hacerle daño a alguien. Me encantaba la forma cambiante del fuego, su calor y color. En los cuentos que escribía a los quince años esa ambición se notaba. Mis personajes, que en ese entonces eran simplemente una excusa para encarnarme en fantasías que no lograba satisfacer —y algunas que nunca logré—, usualmente tenían el hábito de quemarlo todo. Para mí, el fuego era una expresión poética. Heráclito decía que era el origen de la vida. Para mí, era la transición entre la vida y la muerte, donde el espíritu volvía a sentirse.

La idea de acabar casi definitivamente con la materia, de reducirlo todo a cenizas, fue por mucho tiempo una fantasía metafísica. Se quemaba la carne y de ella salía el alma. Las pertenencias reducidas a cenizas liberaban el espíritu y devolvían al portador su esencia. En mi diminuta cabeza me consolé con ficciones.

En mis sueños, intenté mil veces quemarlo todo, pero solo en unas cuantas oportunidades quemé algunas hojas de papel. Jamás prologué el fuego. Fracasé. El placer del humo solía ser una satisfacción efímera y triste, como correrse y luego limpiarse las manos. Bastaban dos segundos para que la sensación victoriosa de sentir el humo en mis fosas nasales acabase e iniciase la culpa y lo nimio. El dolor de la carne al unirse al fuego era una sensación desagradable. Cada vez el espíritu más cerca de salir, pensaba. Lo lograré, me alentaba. Pero imaginar mi cuerpo consumido entre las llamas era una imagen terrorífica.

Quemarlo todo era un exorcismo. Dejar el pasado atrás, incinerado, era un suicidio patético y económico. El precio a pagar no eran los órganos (poco) valiosos de mi cuerpo. Era más bien una transacción económica y espiritual de las pocas cosas que me poseían en la vida. Aquí estuve yo, en la alegría de sostener este peluche que me regaló ella. Este polo también fui yo, lo sude, lo sudaste, lo rasgaste cuando en la sala hicimos lo que no debimos hacer. Estos cuadernos que escribí también fui yo, mis sueños aquí llegaron al limbo entre la materia y lo etéreo.

¿Fue a los 16? Ya casi no lo recuerdo. En el techo de aquel antiguo departamento, solía residir cuando me sentía triste. Allí el mundo parecía llano y sereno. A la hora lila, la paz llegaba a su momento de esplendor. La soledad en aquel entonces me era necesaria. La casa era un silencio perpetuo. La ausencia me satisfacía.

El colegio llegaba a su fin. Llegaba a su fin la supuesta peor época de mi vida, que años después se vería reducida por peores infortunios. Por ello, había decidido acabar conmigo, para mutar en algo distinto a lo que yo conocía.

Una botella de alcohol etílico, varios papeles y algunos regalos de los cuales hoy he perdido la memoria formaron parte de aquella fogata que estaba decidido a iniciar. Recuerdo principalmente las hojas, porque allí mis días estuvieron resumidos. En aquellos trozos de tiempo, mi adolescencia existió. Nombres que hoy ya no importan, besos que hoy ya no importan y amistades que hoy ya no importan se incineraron en aquella tinta barata de lapiceros cuyos costos no rebasaban un sol.

Lo blanco se hizo negro. Poco a poco, todo se redujo a cenizas. Desde la calle, según me contaría mi mamá días después —porque serenazgo vino a revisar qué pasaba—, se podía observar una pequeña pero opaca cortina de humo. ¿Por qué lo hiciste? Estaba cansado, mamá. No quería hacer nada más. Mis palabras y mis actos eran indiferentes. Mis pensamientos diferían mucho.

Lo había hecho porque ya no soportaba más.

En mis sueños, la casa resistía un incendio de siglos. Esa narrativa duró años. Muchas veces volví a esa memoria segundos antes de despertar. Fue irónico pensar, con el tiempo, que esa muerte pretensiosa había sido inocua. Se quemaron las hojas, pero seguía yo.

He recordado el incendio pequeño —¿oxímoron?— del techo porque hoy muevo cada semana la posición de los muebles de mi cuarto. Me incendio, cambio. ¿Qué pasaría si las cuatro paredes de mi alcoba se tiñeran de negro?

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