No recuerdo nada

Esta suricata volvió a hablar con su expareja luego de cuatro años. ¿El tiempo realmente pasó? ¿Realmente todo cambió? No lo supo.

Luego de cuatro años, volviste a escribir. ¿Cómo? No lo sé. El teléfono repentinamente sonó. Un mensaje. Quiero volver a ser tu amiga. Te extraño. Cosas por el estilo. Dos días apenas de Año Nuevo. Una supuesta nueva década. Las mismas nuevas ambiciones de todos los años. La pereza y la falsa esperanza. Tus mensajes.

Nos escribimos aquella tarde. Avanzaron las agujas del reloj. Las seis se hicieron las siete. Las siete se hicieron las ocho. Así, sucesivamente hasta la una de la madrugada. Estoy cansado, quiero dormir. ¿Hablamos mañana? Hablamos mañana.

«No recuerdo nada», me dijiste. No recordaste lo furtivo, lo malo, lo bueno. Los besos con el uniforme del colegio detrás de aquella universidad. Lo besos posteriores a las lágrimas. Los besos luego de jugar Silent Hill. ¿No recuerdas? Ira. Tristeza. Ansiedad. Dormí muy mal esa noche. Pesadillas. Nos soñé en el salón verde de nuestra adolescencia. Ignacio corría y molestaba a los tutores. Ana estaba de chismosa. Paula hablaba conmigo. Los profesores nos ignoraban.

Volvimos a conversar. De nuevo entraste en mi vida. Recordé los días que sufriste. Nicky —me llamaste así por mucho tiempo—, estoy harta de la cocaína. Estoy harta de él. Me vendió. Mereces algo mejor. Nicky, tengo miedo, a veces veo mi cabeza salir de mi cuerpo. Mereces algo mejor. Nuestro amor —¿podemos llamarlo así?— fue una tristeza, una sucesión de eventos desastrosos, visitas a los psiquiatras. No recuerdo nada.

Y de pronto las preocupaciones y lamentos. Escarbé en mis memorias más reprimidas. Los nombres de los hombres con quienes te acostabas cuando supuestamente éramos algo. Los mencionaste mientras ay, ahí. Tus cortes. Las cajetillas de cigarro que siempre guardabas en tu mochila del colegio. Me gusta ser un objeto. Quiero ser una estrella fugaz. Me gusta lastimarte. No recuerdo nada.

Volví a esperar tus mensajes. ¿Los años realmente pasaron? En un cuarto de hotel, con alguien más, esperé tus mensajes. Ella dormía. Escuchábamos Frank Ocean. Tú, kilómetros a la distancia, escribías. Me desbloqueaste de Facebook e Instagram. Me volviste a bloquear. Enviaste unos stickers al Whatsapp. No recuerdo nada.

Las semanas pasaron. El verano se nos hizo agobiante. Calor. Empecé a montar en bicicleta. Entrevisté a muchas personas. Empezaste a trabajar solo a unas cuadras de distancia de donde ahora vivo. Usaste por primera vez el Metropolitano. Ya no tenemos 16 años. Ya crecimos. El sudor de las mañanas. El vaho en los vidrios de los automóviles. Nos diluimos en las constelaciones de la ciudad. Vivimos en nuestra soledad. Pero me dijiste: me acosté con ese chico para hacerlo sentir mal. No recuerdo nada.

Nos vimos. Pensé que eras ficticia. De nuevo los quince años. Tu short apenas notorio. Tus plataformas negras. El mismo cabello. La misma voz. Caminamos. La Plaza de Armas estaba particularmente amarilla esa noche. Es la primera vez que te veo y no tengo ningún deseo de tenerte. Fuimos idiotas. Tu hermano parece un idiota. Te compré una cajetilla de cigarros, como hace cinco años. No recuerdo nada.

Tres días después, mientras regresaba del sur, te escribí. ¿Recuerdas a Pulp? Me gustaba. Ya ha pasado mucho, ¿no lo crees? Sí. Hemos cambiado. No creo que debamos hablar. Yo tampoco, la verdad. Un mensaje. Dos mensajes. Tres mensajes más. Ten una buena vida. Tú también. Apagué el celular. No recuerdo nada.

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