Mensajes que no llegan

Esta suricata, agotada, escribe sobre algunos mensajes que ha enviado y recibido durante esta cuarentena, con una mirada algo pesimista.

Progresivamente, los mensajes se han reducido. La bandeja de entrada, el inbox y el WhatsApp me muestran casillas estériles. Incluso en Tinder las notificaciones se han extinguido. Los emojis monótonos se han ido. Los stickers han cesado. No hay un ¿cómo estás?, ¿qué ha sido de ti?, ¿cómo vas en esta cuarentena? Nada, casi nada.

Ansioso, busco algún motivo en particular. El orgullo, la vergüenza, la pena. Seguramente no tengo casi nada que decir. Las primeras dos semanas hablaba mucho, llamaba mucho, me divertía mucho. Y hoy las conversaciones, más allá de las del hogar, se han reducido a eventualidades vacías. Cada uno protagoniza su propia historia en estos días. La epopeya de lavarse los dientes. La historia de amor de los muslos y la cama. El misterio de por qué en la noche andamos más despiertos. El constante miedo de la tos. No creo que la prioridad de alguien actualmente sea contestar mensajes.

Aun así, reviso cada mensaje enviado y recibido en los 3 días pasados. Memes, muchos memes. Los videos e imágenes que satirizan nuestra época me han salvado la vida. Mientas veo el Tik Tok de una mujer que escapa de su propio cuerpo, río. Deslizo el pulgar hacia abajo, llego a los inicios.

La dinámica de una conversación es interesante. Más allá del proceso formal de la comunicación, lo que importa son las circunstancias. Las horas, el cansancio, el estado anímico. Entonces, ¿por qué me quejo si he sido yo muchas veces quien ha cesado? Mientras observo los errores gramaticales y los espacios que cambian la forma en la cual hablamos, me doy cuenta que yo también he sido el culpable. Yo también he dejado sin responder un problema. Yo también me he quedado dormido. Yo también no quise hablar un día en particular porque me sentía mal.

Y vengo, descaradamente, a quejarme. Una amiga me dijo semanas atrás que yo practicaba ghosting, lo que es desaparecer de las conversaciones. Pero ella nunca supo que a veces me siento triste de estar tras una pantalla. Ella no entendió que yo también quería que alguien escuchara mis problemas y no limitarme a ser únicamente el soporte fugaz y cariñoso de las ocho de la noche. No entendió los «oye, quiero contarte algo», luego de que yo haya escuchado sus historias por una hora.

¿Es irracional pensar en esto? Son momentos de debilidad, de ver por la ventana la soledad de la calle y no poder transitarla.

Mi ex me envió un mensaje hace una semana. Quiero hablar. ¿De nuevo? Te extraño. Las oraciones fueron las mismas de siempre. Sentí en la monotonía de sus palabras su falta de atención, la soledad de sus días. Consentí el hecho de no volverla a bloquear para que deje de joder. Incluso le envié unos mensajes, preguntándole por su estado de salud y, mágicamente, dejó de responder. Supongo que hay personas que viven del orgullo.

Otro día empecé a textear con una vieja amiga. Se sentía sola. Me sentía solo. Conversamos la madrugada completa. Recordamos viejos tiempos. Quisimos mejores. Nos quedamos hasta las 4 a.m. Y dos días después desaparecimos de la vida del otro.

A veces simplemente envío imágenes, sin motivo aparente, sin esperar a que alguien me diga siquiera un gracias. Las esparzo por la satisfacción de la risa. Parar pretender que por un momento me siento bien. Porque si luego inicio una conversación termina a las tres respuestas. Cosas por el estilo.

Reviso algunos mensajes más. Tres amigos aparecen, tres personas con las cuales comparto los detalles más nimios de mi vida y los hacen divertidos. Borro todos los chats. Quiero iniciar de nuevo. «Hola, ¿cómo estás?».

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