Esta suricata escribe, a raíz de unos eventos recientes, sobre los primeros golpes (y otros eventos similares) que recibió en el colegio.

El primer golpe fue a los seis años. Llegué a casa con la camisa rota y mamá me regañó. El autor fue Kevin, todavía recuerdo el nombre, aunque cada vez me es más difícil identificar el rostro. Achinado, su cabeza parecía más bien un plato, una pelota, un cuadro de René Magritte o algo similar. En mis recuerdos, sus labios son violencia, unos arándanos, y su nariz la de un toro. ¿Por qué no puedo recordarlo? No lo sé, recuerdo los tonos verdecidos de aquellos años, el sudor de las manos, el temblor de los dedos en el cuaderno, pero no recuerdo muy bien a mi primer agresor. No lo sé, simplemente no puedo; aunque recuerdo bien el sentimiento de angustia, los golpes en el estómago y, mientras escribo, vuelvo a sentir el lápiz clavado en el meñique derecho.

¿Hicieron algo profesores de aquel primer colegio que deserté? Creo que no. En las clases, me insultó, me golpeó con el cuaderno, me jaló de mis cabellos trinchudos. Promete que no lo volverás a hacer, Kevin, repetía la profesora. Y Kevin, sí, sí, lo prometo. Y una semana después, la misma conversación con otra fecha en el pizarrón.

Era un lujo por ese entonces tener pizarras de plumón. Años después me enteré de que solo algunos colegios selectos habían cambiado la tiza por el plástico, el polvo por el olor a químicos. Y pensaba en Kevin, recordaba a Kevin, la cara lonchera y la mochila de rueditas. Metía los plumones a su cartuchera y los arrojaba a las iguanas del estanque que quedaba frente a la puerta de primero de primaria. O tal vez es mi mente, a veces lo pienso. Tal vez es solo el odio que conservo hacia un niño que, en realidad, nunca conocí. Yo que sé, pero… «¡No te caigas, Leonardo!», dirían mis compañeros tiempo después. Kevin me había sostenido del cuello sucio y me ahogaba con los peces anaranjados y las iguanas.

Había una Virgen en la parte superior de ese pequeño ecosistema. La misma Virgen de todos los colegios que alguna vez visité. La vi cuando la profesora me auxilió. La vi, no sabía nadar —no sé nadar—, sentí su mirada, su ausencia, la sala de dirección y la ropa antigua de mamá, antes de que se divorciara y pudiese vestir bonito, usar colorete y reír más. «¡Cómo es posible!». ¿Cómo era posible? El cuello sucio, las mangas sucias y todo el uniforme mojado y todo el hijo lleno de golpes. De camino a casa, mamá me dijo que no dejaría que eso pasara de nuevo.

Pero pasó de nuevo, pasó tantas veces que todos los días se hicieron la conjunción de innumerables golpes. A veces iba de camino a casa y Kevin, con otros tres amigos, me pateaban en la avenida Los Cóndores, me jalaban de la ropa o simplemente me insultaban. Recuerdo la acera, recuerdo mi cuerpo, imagino mi cuerpo, tres metros de distancia, como en una película, tumbado, resistiendo los movimientos de aquellas piernas que meses después, en la actuación de fin de curso, conmigo se movían. Y Kevin a mi lado, y Kevin bailando conmigo una canción de gorilas, una pantomima.

¿Pero por qué no recuerdo más? ¿Por qué las únicas imágenes que tengo de aquel primer colegio son dolorosas? Quiero volver, quiero recordar de nuevo el sonido de la madera, el frío del acero, el salón donde un profesor sin rostro nos dicta una clase que no entiendo. Pero en mi mente siempre sobrevive la misma escena: dos niños me sostienen y de pronto Kevin coge mi lápiz y lo clava en mi mano.

Veo mi carne, veo lo rojo. Y de nuevo primero de primaria es ese estanque de iguanas y las patadas en la avenida Los Cóndores.

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