Las veces que fui

Esta suricata que ama el cine recuerda las privaciones que tuvo para disfrutar este arte, sus primeros referentes y los métodos que empleaba para satisfacer su necesidad de historias.

Nunca fui muy seguido al cine. Mi relación con el séptimo arte siempre fue más humilde, simple e —si nos ponemos puristas— incorrecta. Cuando era pequeño pensaba que el cine era más un entretenimiento que un arte en sí. Donde vivía solo había una sala dentro un centro comercial, que mes tras mes llevaba hacia nosotros los últimos estrenos de la taquilla gringa. Comedias simples, acciones explosivas y dramas anodinos. Pensé de niño que este sitio de largos asientos se traducía únicamente Hollywood, que era imposible para otros países hacerlo. Es más, creo —aunque tal vez solo es una maña para hacer de este texto algo más increíble— que pensaba que los programas de Latina o América eran hechos en el extranjero. Total, muy pocas veces me veía al otro lado de la pantalla.

Años más tardes, conocí el Internet. Mi gran hogar. Cuando mis compañeros de aula hablaban de Casi Ángeles, yo indagaba a más no poder en páginas sobre todo tipo de temas. A veces buscaba sobre mis autores favoritos. Recuerdo con cariño cuantas veces vi la estatua de Kafka en Prusia. A veces sobre animales. Me gustaba tener el control, hacer de todo. Mis amores también fueron digitales. Ella en redes sociales era oscura, mientras que bajo el uniforme escolar parecía tan o más inocente que el resto de sus compañeras. Por lo cual, con el objetivo de impresionarla, empecé a ver cineastas que desconocía. Hitchcock, Tarantino e incluso algo de la Nouvelle Vague. Me creía un rebelde. Único. Me fascinaron los franceses. La forma en la cual hablaban, caminaban o fumaban un cigarro. Me hice un cliché, pero conocí otra manera de hacer cine.

A raíz de ello, poco a poco, me sumergí en un mundo lleno de tramas extrañas. No veía personajes. Veía personas que sufrían como yo pensaba sufría en ese entonces. Los decorados eran paraísos. Había alma en cada segundo. Había poesía. Consecuentemente, rodeado de esa magia, terminé por conocer a uno de mis cineastas favoritos en la vida: Ingmar Bergman. Inició en un blog hoy ya muerto. Cineteca Universal. Todo estaba al alcance de un click. Y, a veces, cuando iba a Polvos Azules, a solo tres soles.

Dejé de ir al cine. Me peleé con las grandes salas. Los festivales se convirtieron en algo extraño, hermético. Siempre los mismos lugares. Está lejos, puta madre, no me alcanza el dinero. Quince años, las ganas de un niño, pero la parálisis de un anciano. ¿Qué ofertas culturales había por mi vecindario? Sustituimos las historias por el amor. Todos de novios, pero ningún teatro siquiera. Lo más cercano que estuve de un cuadro en mi adolescencia eran las reproducciones de mendigos de Bartolomé Esteban Murillo en las paredes de mi casa. Soñaba con esos niños. Me creía uno de ellos. Y aunque los libros en ese tiempo ya eran una costumbre, en las películas encontré una fascinación inexplicable. Sus lenguajes tan variopintos. Sus silencios medidos. Un buen filme es como una orquesta. Pero siempre estuve frente a pantallas chicas, sentado en mi escritorio. Anonadado. Los dedos frente al teclado. A veces una gaseosa. A veces nada. Quieto, muy quieto.

Esa fue mi tradición cinematográfica hasta que me animé a salir de mi distrito. Cuando llegaron los 17 años ya contaba con cierta autonomía. Lince, Chorrillos, Miraflores, Surco, San Borja. Conocí la sala Robles Godoy en la Biblioteca Nacional y fui a uno que otro festival. Me enamoré de los proyectores. Su inmensidad, el sonido. En los susurros del público incluso encontré ciertas historias. Así pues, con el paso del tiempo me reconcilié con el cine, aunque siempre me quejé de la distribución. Los buenos estrenos no llegaban a La Molina, mucho menos a otros lados del Perú. Tenía que ir a Alcázar. Dos horas de viaje para estar dos horas más sentados. No podía ser justo, no era justo.

Mucho esfuerzo, muchas horas, muchos disgustos. Viví mi tiempo así, entre distritos, hasta donde mi economía y ocupaciones me lo permitieron. O, en todo caso, compraba grandes clásicos a solo seis soles por Internet. Todo ha sido tan variable. No obstante, hoy, tan lejos de esos trajines, vivo a un viaje de media hora de buenas salas. Me reconforto. Me siento culpable. ¿La cultura no debería ser para todos? ¿Las buenas películas no deberían ser accesibles para cualquier curioso? Ayer, mientras Parasite era premiada en los premios de La Academia, lo pensé. Pensé en aquellos que, como yo, desean cine de calidad a la mano. En los que tienen que esperar meses para ver un buen metraje. En quienes piensan que esto solo se trata de las de Marvel —a las cuales, les tengo cierto aprecio—. Estamos tan separados, pero tan cerca a la vez. Olemos distinto, vemos el cine de una forma distinta también.

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