Mucho tiempo después, esta suricata piensa en su dos mascotas, en su condición de animales y la soledad de tenerlas lejos.

Dicen que los animales están para acompañarnos, para hacer nuestra vida más llevadera. ¿Nosotros hacemos las de ellos mejor?

Susi corría y Brett la perseguía. Por los muebles de la casa, avanzaban alegremente. Eran los reyes del hogar, los dueños de esos montículos llamados sillones, de ese oasis llamado sala, de ese vergel llamado maceta, de este mundo llamado familia. Susi, con su vestido, saltaba; Brett, con su enterizo, olía su trasero.

A sus nueve años, mi pequeña perrita todavía tenía la energía de una cachorra y todavía saltaba. A veces, me sorprendía en la cama, se subía, lamía mis manos y yo «Susi, es muy tarde, baja, baja». Y Susi descendía y se quedaba quieta esperando que yo la quisiese, que con mis dedos lamiera su cuello y que mi voz arrullara su nombre.

Brett era el nieto de Susi. Cuatro años tenía y todavía podía imaginármelo como cachorro. ¿Vieron que algunos hombres parecen que nunca crecen? Lo mismo pasa con los animales. A veces pensaba que Brett era un extracto de tiempo que latía de mis años universitarios, cuando la vida era más simple y se me ocurrían grandes ideas y nunca las anotaba, y mis enormes problemas eran tan minúsculos como mi autoestima.

Solían acompañarme en la casa de La Molina, donde, además de haber herido mi existencia de muerte con amores y amistades perdidas, descubrí que los perros realmente se comen la tarea. Por alguna razón, a Susi le encantaba el sabor de los cuadernos: los destrozaba, los desgarraba y, en su pequeña cama, los guardaba como una merienda. Ella fue la razón por la cual, en el segundo ciclo de Periodismo, cambié los lapiceros por teclas y las libretas por notas de voz en mi celular; aunque, al igual que con las libretas, aquellas notas de voz simplemente eran un cliché, una ficción edulcorada de lo que significaba ser periodista —o escritor, que no es necesariamente lo mismo—. ¡Qué animales más curiosos son quienes juegan con las palabras!

Cuando me mudé, los abandoné. En mis noches de Barranco, cuando paseaba por sus ostentosas calles y descubría la arquitectura de sus casas, el olor a orina de sus rincones y la alegría de sus extranjeros, quienes eran, mayormente, seres que no habían perdido la infancia, cardúmenes de almas que fluía por los bares hablando de Bélgica, Buenos Aires y Amsterdam, los extrañé. Si Susi hubiese sido un ser humano, hubiese disfrutado esa vida, hubiese bailado, hubiese comido los aperitivos en los restaurantes y —¿quién sabe?— los menús. Brett, taciturno, hubiese escrito poemas y, en alguna posada herida de muerte o café verde, hubiese recitado sus versos.

Mi familia se había mudado a Chincha. Madre, a sus 50 años, había pensado que era una buena idea. Era también su única posibilidad. Lejos del ruido gris de Lima, puso un negocio que no hubiese triunfado en la capital. Y, aunque muchos de mis amigos sueñan con jubilarse a los 40, se puso a trabajar. Te iré a visitar, mamá, todos los fines de semana. Y mamá me mandaba abrazos por el teléfono; su voz, cada vez más sabia y anciana, me decía palabras de amor. Por aquel tiempo escribí sobre sus platos, sobre mi pobre dieta. Por aquel tiempo, los sábados iba a Chincha, la ciudad donde el tiempo no existía. La veía, comíamos e intercambiábamos pocas palabras. Hasta el próximo sábado, mamá. Te quiero, mamá.

Pero, usualmente, los sábados, volvía a la casa de Sunampe, donde Brett y Susi me esperaban. Sé que los perros no piensan ni imaginan —¿o sí?—, pero imagino que mi olor es tan particular para ellos y tan monótono para mí que, al llegar, no ladraban. ¿Recuerdas cuando te escapaste, Brett? Te peleaste con otro perro, me mordiste la mano. Susi, pensar que una vez te llevé como un peluche en la combi y te orinaste en mí. En mis tardes solitarias, solo aquellos dos canes eran mi compañía.

Y yo me preguntaba si es que era justo para ellos. ¿Era justo que no más hayan estado estos dos animales que amo para aliviar mi soledad y no para correr por las chacras o acequias? A veces me preguntaba si no eran más bien una terapia. A veces me preguntaba si no era terrible el uso de la correa, el limitarlos a una puerta. Luego, luego me lamían.

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