El recuerdo del hostal todavía es borroso y naranja. Septiembre había sido caluroso. El sol convertía a las cortinas en telas transparentes. El ventilador reducía su actividad a ser una caja de ritmos. Francesca (pongámosle ese nombre) descansaba a mi lado. Sudada, sucia, suspirada.

Casi una hora atrás, repentinamente, en la universidad, ¿la haces ir al telo? Claro, la hago. Nos besamos en el ascensor, se quitó la camisa en el ascensor. Su mirada trataba de ser seductora. Quiero que me vean. Reía. Saltaba. Sus pequeños pechos rebotaban.

¿Cuántas cuadras fueron? Seis. ¿Cuánto duró el recorrido? Unos minutos. La escalera que nos llevó al local escondido sobre un chifa era (¿es?) estrecha, sin modelar, gris. El recibidor era la prolongación de la noche: casi sin luz, verdecido, como la entrada de un penal. El administrador del hostal conocía su función. Silencioso, mustio. Extendió su mano. Francesca dijo vamos al quinto piso, siempre me gusta allí. Cogió mi billetera, sacó mi tarjeta de crédito y solicitó el cuarto y unos condones.

Subimos.

Cuando el sexo ni siquiera es improvisado, no hay espacio para el amor. Dejamos las mochilas a un lado. Francesca miró los menús de abajo. Maricón, me dijo cuando la besé en el cuello. Se desnudó. En cuatro. Rápido. Treinta minutos.

Tengo clases, pero ¿la haces otro día? Sí, eres buen cache, me dijo. Gracias, contesté, es simplemente sexo, al fin y al cabo. Exacto, no sé por qué los caches luego se pegan. Sí, es como que tienen que dejarse de huevadas, es solo un cache. No lo entiendo. Se tomó una foto desnuda. Nos tomó una foto desnudos. Mientras me bañaba, el silencio nos habitó.

Hablar con Francesca siempre había sido como hablar con cualquier otro amigo. Su visión alejada del mundo la hacía especial, en cierto sentido. Para Francesca, el valor de su ser (¿suena pretencioso el uso de esta palabra?) era ínfimo. La tocaban. La usaban. La maltrataban. Francesca seguía. Es divertido, ¿sabes? Y me llega al pincho, ¿sabes?

Su exnovio, un viejo amigo, reventaba su whatsapp, mientras terminaba de recoger mi ropa. Francesca, mientras se vestía, me mostró su celular. Te extraño. Te quiero. Siempre serás mía. Fotos de su miembro se intercalaban con párrafos extensos. Lo extraño. ¿Por qué? es un imbécil, contesté. Aquellas palabras, que habían sido pronunciadas algunas veces mientras follábamos, la hacían explotar. Un beso, la mano abajo. Me hacía sentir algo.

Que Francesca haya sido la exnovia de un amigo siempre fue un dilema complejo para mí. ¿Era correcto? ¿Era traicionar su confianza? Ni idea. Pensé que una vez acabado el contrato del amor cada quien era libre de hacer lo que se le antojase. ¿Cuál era el problema? Habían pasado cuatro meses desde la última vez que habían sido novios. Habían pasado unos cuantos días desde que habían tirado.

No obstante, meses después de esa pequeña aventura, el rumor se extendió. Francesca le dijo una amiga. Su amiga a otra. Yo le conté a una amiga. Mi amiga le contó a otra. Fue una cuestión epidemiológica. Cada persona contaba por lo menos a dos. Algunas eran inmunes y pasaban. ¿Quién iba a hablar de Leonardo y Francesca? Otras lo comentaban en los chats.

¿Se acostaron? Negué al principio. ¿Se acostaron? Sí, pero solo fue una vez y nunca volvimos a hacerlo.¿Se acostaron? Algunos creyeron que habíamos creado una historia de amor furtiva, entre los baños. Y pese a que en alguna otra ocasión me volvió a enseñar sus senos y tocarme donde no debía, no ocurrió de nuevo.

Mándame fotos tuyas, me escribió un día. Lo hice. Iniciamos el juego de las nudes. Nuestras conversaciones se volvieron llanas. Un sábado solitario en la madrugada. Quiero verte. Hazme sentir mejor. A las dos de la mañana me preguntaba si estaba solo en mi casa, que podía tomar un taxi, pero nunca llegó.

En tanto a su exnovio, mi antiguo amigo, poco a poco dejó de enviarle mensajes. Al menos eso tengo entendido. Se volvió un mujeriego. Muchas chicas lo desearon. Baja expectativa de trabajo. Mucha presión para comprometer a las mujeres con un exceso de detalles. Un gran partido. Se sentaban algunas compañeras en su regazo cuando las embriagaba. Tomaba. Se divertía. Pero me siento triste, la verdad quiero acabar con mi vida. Extraño a Francesca. ¿Cuándo encontraré el amor? Y miles de imágenes que producían la pena, y la pena producía el misterio, y el misterio provocaba la atracción, y la atracción provocaba orgasmos en su cama.

Al terminar de vestirnos, olíamos el uno al otro. Regresamos a la universidad. Nos despedimos. Apenas nos dirigimos palabra alguna las siguientes semanas.

Meses después me enteré que ese mes Francesca, como un plan de venganza, había hecho el amor con varios chicos de la universidad. Supuse ser de los últimos. Nunca fui tan importante para ser el primero de algo. Francisco también se la tiró un día antes de la expo, me dijo su mejor amiga mientras tomábamos una cerveza.

Francisco hasta hoy es de los mejores amigos del ex de Francesca.

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