En tiempos de cuarentena

Esta suricata escribe sobre su soledad y una relación tóxica que ha mantenido a lo largo de esta cuarentena. ¿Qué podría salir mal?

Cansancio. El sabor de la arena en la garganta todos los días en la mañana te despierta. Ya son tres semanas las que pasaron desde que nos mandaron a nuestras casas. Pero los vecinos siguen construyendo. Sobre la pared de ladrillos ves a dos albañiles. Traen tierra, arena y piedras. Trabajan con sus mascarillas. El sol les obliga a usar trapos en toda la cabeza. ¿Cansancio? Cierras las ventanas. Estás desnudo. Casi desnudo, mejor dicho. La sábana la tienes pegada al cuerpo. Pequeñas gotitas de sudor existen encima de tus piernas, tus hombros y tu cuello. Ayer, ¿no lo recuerdas? terminaste agotado. Q te pidió que le pases una nude. Y lo hiciste luego de unos cuantos minutos, en el secretismo de tu alcoba. Cerraste bien la puerta. Las persianas las uniste. Te preocupaste por la iluminación. El foco en el lugar preciso te dio el resultado preciso. E iniciaste con las fotos.

Elegiste todo tipo de ángulos. Te esmeraste. Hasta Robert Mapplethorpe te hubiese aplaudido por la intención. Hiciste tu mejor intento. No porque estés enamorado. No porque la halles particularmente sensual. Para ti, sus pechos no son precisamente hermosos. Acaecidos. Tristes. Lúgubres. Su forma de presentar el cuerpo dista de lo atractivo. Su cámara es barata, su cintura siempre sale pixelada. Su sexo es apenas visible. Sus brazos siempre se detienen a medio camino. El silencio cuando los movimientos inician es incómodo. Su respiración al momento de la excitación es tosca.

¿Por qué lo haces entonces? Luego de la explosión blanca viene el arrepentimiento. La soledad. No estás contento. Te sientes culpable. Ella usualmente inicia. Te envía fotos. Te satura. Y tú, por costumbre, la sigues. ¿Es la compañía acaso? Porque un día, mucho antes de la cuarentena, te dijo que quería ver tu sexo y te emocionaste como un niño. Una foto desde abajo. Otra desde arriba. Envíame tú también. Tenemos un acuerdo.

Sin embargo, se volvió aburrido, monótono. Ver y nunca tocar. En ese lapso de tiempo, felizmente apareció D, que una vez te dijo que tu tamaño es normal. No debes preocuparte, pese a que siempre pensaste que era el más pequeño. Y mientras más pequeño, peor, ¿verdad? Te acostumbraron así desde niño. Lo viste en los videos porno, en las películas, en los chistes de tus amigos, en sus mentiras cuando te decían en cuarto de secundaria que ya se habían comido a toda la promo. Te volviste inseguro. ¿Cuándo llegará a ser enorme como en esas películas? ¿Cuándo? ¿Cuándo? Por ello, en ese preciso instante en el cual Q empezó a enviarte fotos sin que tú se lo pidieses te sentiste más querido que cualquier otra relación que hayas tenido. Era sincera. Su deseo era únicamente sexual.

Mientras prosigues, pasa una ambulancia. Ella te llama. Ahora quiere tu voz. Quiere que le digas cosas. Y piensas: ¿Cómo será la situación de mis amigos? Algunas relaciones que conoces en estos días ya han finalizado. Algunas amigas que tienes hablan de sus dedos. Algunos amigos, mentirosos, te dicen que todavía no se han pajeado. A casi todos los une la imposibilidad del sexo. Bueno, en un escenario ideal. Viste la historia de una amiga. Posaba con su novio en su cama. Alegres. Burlaron la cuarentena.

Es curioso. Piensas en el amor mientras todo acaba. A veces es simplemente un check—in. ¿Cómo va tu vida? Bien. Estabilidad. Progreso guardado. ¿Deberíamos siquiera llamarlo así cuando se presta para ello? Es una necesidad, una angustia reservada.

Si hubieses tenido una relación antes de la cuarentena, la hubieses terminado. Es lo más probable. La idea fatídica de un amor a distancia, a kilómetros de lejanía, te parece absurda. A varios amigos y amigas, sin embargo, les funciona. Es más, les encanta. «Puedes tener todo el amor del mundo y no pelear». Supones que es como creer en Cristo. Necesitan esa fe, ese sentido de falta. Importo. Me importas. Pero tú no, no hubiese tenido a alguien a la distancia, porque cuando el celular vuelve a tus manos y ves arrepentido lo logrado, el mensaje de «¿terminaste?», sientes un vacío aterrador.

Y ya hasta te da flojera responderle a Q. Mañana le dirás que no quieres nada. Mañana te levantarás agotado. ¿Pero qué harás cuando te sientas de nuevo solo? ¿Quién hará de ti algo cuando te sientas solo?

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