Domingo Convaleciente

Esta suricata se enfermó un domingo. Alucinó, recordó, adoleció. Hasta quedarse dormido, pensó en muchas cosas.

Tragedia. La nariz constantemente en contacto con el papel higiénico. El cuerpo arrellanado en la cama. La espalda me mata. Tengo sueño. ¿Por qué me duele la cabeza? ¿Inició ayer? ¿Fue por el chico que tosía dentro del Metropolitano? Una y otra vez, ese sonido casi gutural salía de su boca. Sus ojos enrojecidos. Sus fosas nasales enrojecidas. Pensé lo peor. Nos va a contagiar a todos. Hijo de puta. Tápate la boca. No pongas cara de muerto de hambre. No, no lo repitas otra vez. Y la señora que toca el asiento donde tus mocos minutos atrás. Y, así, sucesiva e incisivamente, hasta que las decenas se hacen miles. ¡Ashú! La enfermedad ha iniciado.

El ritual siempre es el mismo. Me quito el polo. Observo lo descuidado que está mi cuerpo. Estrías en el encuentro de mis piernas y mi torso. Rollos. Algunos arañazos. Me pongo el bividí blanco que nunca uso. Me echo. Controlar la mucosidad es una tarea engorrosa. Uno de los hoyos de mi cara se tapa. El otro se abre. El aire solo ingresa por un lado. ¿Moriré? No lo creo. Pero si me quedo así para siempre, mi vida sería más interesante. Todos los días consciente de mi respiración. Maniatado, limitado, enfermo. Los intervalos de mis fosas adquieren un ritmo. Izquierda. Derecha. Silencio. Estornudar. El oído tapado. Quiero que mamá regrese. La fiebre solía ser una actividad lúdica, cuando todavía era un niño. Má, mira, hice esto mientras estaba en la cama. Las sábanas siempre me recibían excelentemente. Las caricaturas eran mejores que la clases. Los golpes formaban parte de una simple ficción. Luces, más luces. Colores. Formas geométricas. Voces anónimas que no conocían cuerpos. CatdogHey, Arnorld!Invasor Zim y Rugrats, entre tantas otras series. ¿Y si empiezo a escribir? Años después: no puedo parar de escribirte. Todas las noches, antes que duermas, un cuento. Lo siento por llegar tarde. El amor, otra convalecencia.

Tos. Los pulmones se me salen. La garganta late. Lo peor de todo. El pecho parece que explota. Quítame este dolor, por favor, Dios. ¿Dios? Todos somos ateos hasta que pasa lo inimaginable. Al menos eso me dijo mi tío Percy, el carpintero, al cual nunca lo he visto enfermo y ha sobrevivido de todo. El terremoto en chincha, las balas en Ayacucho y el olor de los químicos sobre la madera. Eso sí: ebrio, siempre ebrio. Sacrificó una buena vida por vasos, risas y la salsa de Héctor Lavoe. Aunque no lo es tanto como mi otro tío, del cual no sé el nombre, pero le decimos Chino. Él, que sobrevivió al temblor pensando que se trataba de otro reventón. Él, que al amanecer que vino después, sintió la arena encima de su cuerpo. Y dos días después, sin agua ni comida, pero con una cerveza en la mano. Coff. Todos vivieron como leprosos. Las casas murieron. Coff. No tengo nada que decir. Los recuerdos se aglutinan. Me comprimo.

¿Y el futuro? Ni idea. No importa. Coronavirus. Los vídeos de las autoridades chinas golpeando a sus ciudadanos. Dolor. Golpes. Gritos. Recodos. Más de tres mil muertes a lo largo de todo el planeta. Pienso. Pienso. Pienso. ¿Te imaginas, Leonardo, que tú seas un caso más, el primero en Perú? ¿Qué dejarías atrás? Muchos papeles higiénicos desparramados en el piso. Las mangas del polo llenas de moco. Rezarías. Te convertirías al catolicismo. Má, mira, he muerto. Me quedo dormido. Al día siguiente, amanecí bien.

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