De niño creía que Dios tenía un objetivo supremo para nosotros. En la escuela —que se llamaba Madre de Dios—, así nos habían dicho. Siempre los observa, siempre estará a su lado. Cristo siempre los acompañará en los momentos más difíciles de su vida y nunca los abandonará. Murió por nosotros; le debemos nuestra vida. Las profesoras, cada mañana, repetían la misma oración, pero con otras palabras. Rastros sinuosos de pintura escarlata en los abdominales del fuerte Cristo de cerámica colocado frente a nosotros, en las formaciones, llamaban mi atención. Nos enseñaban a dudar a todo en el colegio menos de la religión. ¿Cómo un hombre había logrado tanto? ¿Cómo, tras tantos años, creíamos en él y no en nosotros? Nos persignábamos antes y después las clases.

Nos acostumbramos a tener la cabeza agachada. ¿Desde allí habían configurado nuestro mundo? Las mañanas eran militares. A los pies del Cristo de cerámica y una virgen de tamaño real, la directora se arrodillaba, mientras que, con el hambre haber comido poco en el desayuno, pero llenos de dulces de gaseosas y dulces en las loncheras, los niños nos formábamos en largas filas, tomábamos distancia y nos quedábamos callados. «¡Firme, descanso y atención!», prorrumpía el profesor de danza que cuando murió fue reemplazado a la semana.

En mis sueños de aquellos años, pensé que terminaríamos yendo a la selva a combatir terroristas. «Por el nombre del Señor». En las noticias del canal 4, la historia siempre se repetía. Desayunaba pan con mantequilla y muerte. Imaginé entonces un descampado, las casas de triplay, los sonidos de las bombas y el olor de los cartuchos, que pensaba que serían como el de los fuegos artificiales de Año Nuevo. Sin embargo, la guerra nunca llegó para nosotros. ¿Habríamos ido siquiera? Cristo no hubiese querido eso para sus hijos leales y ayunadores. Éramos débiles, éramos de La Molina. Mientras la movilidad me llevaba al colegio, sentía el dolor del frío y los niños que vendían caramelos, tras la ventana, sentían el dolor de la vida. Nuestra máxima preocupación era relatar lo que una noche anterior habíamos visto en Nickelodeon y Disney Channel.

La vida era simple. Las cosas no se llamaban por su nombre. El amor no era amor y el odio no era odio. No obstante, fingíamos ser adultos. Nos habían inculcado desde niños que nacíamos, crecíamos, nos reproducíamos y moríamos. Y nosotros pensábamos que ya habíamos crecido lo suficiente. La palabra amor se convirtió en concepto muy fácil de soltar. Pronto, las manos sudadas y los besos furtivos. Pronto, las manos debajo y los labios bajo la boca. Sin embargo, una niña de quinto se embarazó y todos sentimos miedo. Una bendición, dijo, optimista, una de las profesoras. Los varones de su grado la insultaban a sus espaldas. Me la puedo cachar, le puedo hacer otro hijo, qué rica que está. Las niñas rajaban de ella. Por puta, por fácil, por huevona. Y frente a la imagen de Cristo, en las mañanas, la niña embarazada rezaba.

Muchos no llegamos a conocer al niño personalmente, porque el parto sucedió después que acabaran las clases. Pero mientras sus amigas viajan a países caribeños y subían fotografías en lencería en Facebook, ella solo se dedicaba a postear fotografías de su bebé y frases motivadoras. Dios había querido eso para ella. Dios le había mandado esa prueba. Y el padre, que supuestamente nunca apareció —aunque sabíamos que rondaba por nuestras aulas—, fotografías en los estadios y bebiendo con los amigos.

Aun así, todas las mañanas, rezábamos. Esperábamos que grandes cosas nos diese Dios. Entonces, le pregunté un día a la profesora de religión, con tantas cosas que habían pasado, ¿por qué tantas pruebas? Tenía recién doce años. Ella me dijo que simplemente rezara, mientras me llevaba de la mano a la imagen del Cristo de las formaciones. Y recé y recé, y en el silencio de las formaciones nunca llegó nada. Lo único que me molestaba era el sonido creciente de mi estómago vacío.

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