Fue un silbato lo que hizo que perdiese mi amor por La Molina. Cansado, resultado de un viaje de dos horas, había llegado al condominio donde vivía mi amigo luego de un agotador día en la universidad. Me había invitado a jugar FIFA, a tomarnos algo y conversar, como usualmente lo hacíamos, como innumerables madrugadas anteriores lo habíamos hecho, riéndonos como locos, maldiciendo a los jugadores en la televisión. Pero, a diferencia de aquellas ocasiones, en las cuales la puerta siempre me esperaba abierta o mi amigo me saludaba desde la ventana del tercer piso donde vivía, aquel día que sonó el silbato él no estaba listo para recibirme, se estaba bañando.

«Me demoraré quince minutos», me escribió cuando yo estaba en la puerta. Quince minutos: el tiempo perfecto para una partida de FIFA, para ver un video en Youtube o revisar el feed de Instagram. Opté por lo segundo. Parado, con la cabeza inclinada apuntando a mi celular, me hallaba frente a la puerta esperando a que se termine de bañar.

Entonces, el primer pitido sonó.

Me descoloqué. Me quité los audífonos y vi a mi alrededor. Nada pasaba. El silencio artificial de La Molina y sus casas límpidas seguían como si nada. Había pensado que se trataba de un accidente, que algún niño había hecho una travesura, que algún peatón había orinado en uno de los tantos jardines de la avenida, pero no, todo seguía intacto. Así pues, volví a mi celular. Volví a la comedia simple, a los cortes desperfectos y las bromas absurdas, cuando un segundo pitido, más prolongado y fuerte que el primero, estalló.

El escenario era el mismo: los mismos arbustos, los mismos carros, la misma ausencia de personas. No había nada de distinto en aquella avenida. Pero cuando noté que el ruido se intensificaba y se aproximaba a mí, supe que lo único distinto a la redonda era yo.

Busqué al autor de los pitidos con la mirada. Era un guachimán envejecido, como yo, cholo, y con un rostro muy amargado, que iba acercándose cada vez más a mí, con la intención obvia de desterrarme de donde yo estaba parado.

«¿Qué hace aquí?», recuerdo que me preguntó. Le dije que esperaba a un amigo y no me creyó. «Usted no tiene amigos aquí joven», me dijo. Le respondí que sí, que sí tenía, que mi amigo se estaba bañando, que dentro de un rato bajaba; sin embargo, con más fuerza y más ira, el guachimán sopló el silbato.

Algunos departamentos del condominio, ante el ruido, prendieron sus luces y, desde ellos, unos rostros se manifestaron en la noche. Frente a aquellos ojos, me hallaba yo, vistiendo una polera larga y un buzo negro, y el guachimán, en posición de guardia, esperando a que tal vez cometiese algún crimen. «¿Qué pasa?», preguntó uno de los rostros. «¿Qué pasa?», repitió otro. Yo, humillado, decidí callar y esperar lo peor, mientras que el guachimán, orgulloso, levantó la voz y dijo, si mal no recuerdo: «He visto a este delincuente echando ojo por aquí».

Algunas caras temieron. Escuché susurros de indignación. Pero no me fui, no bajé la mirada, seguí parado frente al condominio sin decir nada, sin darles el gusto.

De pronto, una voz distinta a las que ya había escuchado, suprimió al resto y se irguió. «Niño, ¿es cierto lo que dice?», me preguntó. «No, nada, simplemente estoy esperando a un amigo. Siempre vengo acá a jugar a la Play con él», contesté. «Entiendo», dijo el propietario de aquella voz envejecida, un anciano con apariencia de profesor.

Molesto, miró a mi similar. «¿Quiere dejarlo esperar al muchacho y no molestar?», le dijo al guachimán, quien no ocultó su indignación y vergüenza y trató de ponerle más excusas al señor. Sin embargo, el anciano no oyó ni quiso oír, se retiró a su hogar y apagó las luces.

Los demás hogares lo imitaron. Tal vez cansados, tal vez aburridos. Pero el vigilante seguía allí, me miraba con ira y no parecía querer regresar a su caseta.

Unos minutos más duré en la calle. Sucio, me sentí sucio. El guachimán no dejaba de verme y yo no dejaba de pensar en el color de mi piel y la ropa que vestía.

Cuando sonó el interruptor que me permitió ingresar a la casa de mi amigo, vi con pena al señor. Su rostro, su actitud agresiva. Él tranquilamente pudo haber sido un tío mío. Rápidamente, me adentré en el condominio, subí sus escaleras y derramé algunas lágrimas que borré de mi rostro antes de llegar a mi destino, la puerta de mi amigo.

Yo vivía tan solo a unas cuadras de allí.

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