Cuando camino por tus calles

Esta suricata ha vuelto recurrentemente a la Chincha donde vivió algunos años y veranos de su vida. Como si no hubiesen avanzado jamás los segundos, la mira con cierta nostalgia y tristeza.

Cuando vuelvo a Chincha todos los fines de semana, siento que todo va quedando cada vez más pequeño. Aparentemente, nada ha cambiado. Como en todas las provincias, muchos se han ido a buscar un lugar mejor y otros se han quedado porque no conocen un lugar mejor. Es porque parece que poco se ha hecho. Lo único que crece aquí, más allá de sus deliciosas frutas y verduras y las ollas de carapulcra, son las arrugas de su gente. Personas que año tras año procrean, se multiplican y mueren en un pueblo donde todavía caminar por la arena es tan común como un vaso de agua invadido por la misma.

Camino por sus calles. Están destrozadas, olvidadas y sucias. Todavía hay casas de adobe destruidas, terrenos inhóspitos donde los perros fornican y mucha basura. Parece que el tiempo se hubiese olvidado de caminar por aquí. Los afiches rasgados sobre algunas paredes me recuerdan a mi infancia. Los mismos puestos de cachina, vinos y dulces. Las mismas madres sosteniendo a sus hijos en los brazos. Las mismas moscas caminando sobre los panes. Los mismos ticos yéndose por la Panamericana Sur. Chincha ha mantenido su tamaño por tantos años.

Hay cosas buenas, hay cosas malas. Hay fiesta y soledad. Cada quien observa a Chincha de una forma distinta. Los televisores, por ejemplo, han adelgazado. Hay más pantallas en las manos de los chinchanos que libros. Hay más discotecas y bares. Hay más negocios, más cerveza, y, según tengo entendido, varios limeños han comprado terrenos en ciertas zonas. Se sonríe mucho. Se baila demasiado. Sin embargo, pienso que el olvido ha incendiado este pueblo. El polvo se propaga a lo largo de sus calles como ceniza, mientras el motor de las mototaxis balan sonidos fúnebres. Veo, por ejemplo, como residuo de esta tragedia, la gran estación de Ormeño, que cuando niño me era prohibida, agrietarse. Por allí andan seres anónimos que buscan (seguramente) un lugar donde descansar. El agua negra en algunos baches se empoza. Y la basura, como a lo largo de toda la provincia, está desparramada. Chapitas, bolsas, platos y tenedores, entre tantas cosas más. No hay metro cuadrado libre de desperdicios en este lugar.

Me detengo. Recuerdo. Vivo de nuevo. De niño, todo era lo mismo, pero más gigante. La misma de mierda de siempre, pero yo era inocente. Los pasos que daba entonces eran apenas la mitad de los que doy ahora. Cada vez que andaba por el mercado, mi universo cambiaba. Bastaba andar diez segundos para haber transitado por un menú, una florería, una carnicería y una ferretería. En las maquinitas me quedaba horas con los primos y desconocidos. No escojas a Rugal, cabro. Huevón. Chesumare. Hice amigos efímeros con solo presionar unos botones. ¿Y las tardes dónde acababan? En el fucsia del cielo que golpeaba contra las esteras. La Panamericana Sur me estaba restringida. Allí no. Allí no, Leonardo. Era interminable. Imposible cruzarla sin haberse persignado antes. Los buses eran los dueños de nuestro mundo. Eran los únicos mastodontes que escapaban por el horizonte. ¿Qué hay más allá? Los cojudos de Cañete y luego Lima. Más ruido y más gente. Más limpieza y casas bonitas. Edificios, muchos edificios. No sabíamos nada de la vida. 

Sigo avanzando y me canso. Tomo una moto. Tres soles. El retorno al hogar es un adagio. Hasta los perros saben que el pueblo se pausa. Solo sobrevivirán las frituras, los tragamonedas y los ebrios en la noche. Una vez dentro de las paredes de la casa que mi madre construyó a lo largo de una década en Sunampe, leo uno de los libros que tengo en mi lector digital o veo una película. Cierro la puerta y las ventanas. Prendo la luz. Antes ha entrado la basura de la calle por no hacerlo.

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