Cómo pasar la cuarentena

Esta suricata escribe sobre la polémica columna de Maki Miró Quesada.

La estupidez humana no tiene límites. Si algo es completamente democrático en esta vida es la idiotez. No distingue cerros ni urbanizaciones. Como la inocencia de tu mejor amiga, que al terminar esta cuarentena regresará con su exnovio, es infinita. Ayer, mientras navegaba en Internet, la presencié. Espalda casi encorvada. Aburrido, escribiendo de cuando en cuando un poema o ideas para cuentos, encontré uno de los textos más asquerosos que he leído este año. Se titulaba como esta Suricata.

Su autora fue Maki Miró Quesada, una mujer de la cual, debo admitir, no tenía casi ningún rastro. Simplemente, no estaba en mi radar. Los columnistas que leo escriben en El Comercio y La República. Porque, ya que estamos de paso, la columna requiere de tener maña, de imprimir un buen estilo y, sustancialmente, de exponer ideas en la brevedad. Uno de los géneros periodísticos más loables. Uno de los géneros más descuidados en el país. Pero ese es tema para otra Suricata.

El apellido de la susodicha, de la escritora y antaño embajadora del país, por razones obvias, llamó mi atención. Los Miró Quesada. Apellido compuesto. Cultura. Sofisticación. Snobismo. Historia. No podemos hablar del país sin mencionarlos. Pero como en muchas familias reconocidas de esta nación, tienen a sus peculiaridades y bufones. Y sí, te miro a ti, comandante Doofy

El estilo del texto era ágil. Parecía escrito por una adolescente de quince años que piensa que la vida se acaba en su terraza y que en Perú solo existe Lima y el Sur Chico, porque el resto solo son destinos turísticos donde los extranjeros se vacilan. Fácil su lectura. Oraciones pequeñas. Pero su contenido: atroz. La verdad incómoda con la cual muchos de nosotros no quiere lidiar, pese a que se expresa tanto en nuestra publicidad como en los controversiales casos policiales que se han dado en el país. ¿Necesito enumerarlos?

El peor pasaje la columna fue el siguiente:

«…A nosotros el lockdown (aprisionamiento) nos agarró en el campo. Suerte dirán algunos. Pó darse. Salvo que al segundo día la hdp (hija de puta) del ama de llaves —15 años con nosotros, tratada como familia con salario de ministro— se zurró en la cuarentena “porque es mi franco y mi derecho nadie me lo va a quitar”, sabiendo que luego no podía volver. Evita vive. Me quedé con la casa de tres pisos, el parque de veinte hectáreas, los 3 perros y el marido de 80 años».

Clasista. Paupérrima. Impresentable. La columna que se publicó es la muestra de que esta cara de la sociedad persiste en el Perú. Verdades obvias. Secretos a voces. Llamarle hija de puta de una trabajadora del hogar por querer salvaguardar su vida y no limpiar los desastres de la casa de la señora es algo despreciable. Pero, ¿sorprende? ¿Cuántas veces ha escrito cosas similares esta señora en su —¿ya extinta?— columna de Perú 21? Basta buscar su nombre en twitter y se observará. ¿Cuántas conversaciones así se darán en la privacidad, en las fiestas de té y los almuerzos frente al mar? ¿Cuán importante son las vidas de esa parte del país para sobreponerse a una pandemia mundial? Recuerdo a los trabajadores del Golf Club de San Isidro, los de Wong y quién sabe cuántos más.

La columna ha sobrevivido en capturas de pantallas. Perú 21 la eliminó de su web. Muchas ediciones en papel seguramente han servido para los desechos del perro o limpiar ventanas, una práctica que seguramente la autora no conoce. A lo largo de esta, solo para aclarar, se exponía un estilo de vida frívolo y desinteresado, de quienes no reconocen la diferencia entre un domingo y un día de semana. Además, para ponerle el caviar al plato, utilizaba locuciones latinas. Hay que ser —como dirían los mexicanos— mamador. «Abrazar mi cinta adorada porque en esta montaña no hay quien camine más de 50 metros planos… Contestar WhatssApps, chatear con amigos urbi et orbe… Entrarle en serio al champagne…», dixit Miró Quesada.

En fin, yo sí tengo una propuesta para pasar esta cuarentena. Si se puede, lean un libro, aprovechen el tiempo con sus familiares o reconecten con sus amigos a través de llamadas. No usen mucho las redes sociales. No se intoxiquen de tantos shows en vivo, publicaciones de falsa autoayuda que solo quieren lucrar con ideales falsos de felicidad. Reconozcan a los creadores de contenido que sí valen la pena.

Y si no se puede, porque hay cuentas, porque hay deudas, tomen todas las precauciones del mundo. Ustedes también son héroes. Para sus familias son el sostén. Mi madre todos los días sale a su trabajo y pienso en ella hasta la hora que atraviesa la puerta de regreso a casa. La jodo. La hago reír. Le insisto muchas veces para que se lave las manos y la ayudo en lo que puedo en su ausencia.

Eso sí, recuerda que si leíste este texto es porque no estás tan jodido y tienes acceso a Internet y otras comodidades que muchos envidiarían. No olvides ello. Sin embargo, al final, todos pertenecemos a un país el cual personas como la columnista Miró Quesada no reconocen o quieren conocer. Todos (o casi todos) somos la empleada que se fue, que no se dejó pisotear. Todos somos unos hijos de puta.

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