Botellas de cerveza

Esta suricata, en esta cuarentena, critica las actitudes de cierto miembro de su familia que toma las medidas de prevención como un chiste.

Tomaron. Detrás de la casa empezaron a beber unas cervezas. Las sillas de madera estaban acomodadas entorno a una caja de chelas. Las risas eran fuertes. La música más aun. Mientras sonaba Natalia Lafourcade, hablaban. Precisamente de qué, no llegué a escuchar. Yo estaba concentrado en mis textos y la lectura de Rubén Darío.

Desde la ventana de mi cuarto, los observaba. Mi padrastro, el vecino y sus hijas. Como si fuese cualquier abril, los dos hombres agotaban las botellas. La espuma caía en la tierra y formaba manchas marrones. Los perros ladraban, las pequeñas niñas los perseguían en el descampado, generando pequeños vórtices de polvo. El cuadro perfecto de cualquier provincia, una fracción de tiempo en tonalidad mostaza.

Las dos de la tarde se convirtieron en las diez de la noche.

¿Para qué tomar?, le pregunté a mi madre. ¿Era realmente necesario? A su hijo, mi padrastro le había dicho que no lo hiciera, que por favor evitara tener contacto con sus amigos, que protegiese a su familia. Mi madre y su silencio, y las bocinas de afuera que emancipaban su sonido por las paredes del hogar. La incoherencia. La vergüenza. Sin embargo, luego recordé que, para él, Lima era el único lugar del Perú donde se tiene que cumplir la ley. Orgulloso, altivo, pero nimio: limeño. Ya antes había dicho que Chincha era tierra de nadie, que todas las provincias eran tierra de nadie.

Inevitablemente, llegó la hora de dormir. En las calles solo sobrevivían las luces del postes. Por lo cual, entró a la casa. El andar de un ebrio es algo molesto cuando el resto de su ecosistema se mantiene sobrio. El ebrio vacila y no camina. Toma todo de forma personal. Está herido. Con la consciencia ida, relucen sus verdaderas intenciones, sus verdaderas opiniones.

Buscó pleito. Dijo cosas que prefiero no repetir. Lo mandaron a dormir al sofá.

Pero antes de que arrellanara su cuerpo, antes que las ambulancias pasasen frente a la casa y las paredes de nuestro hogar albergasen el azul policial, se defendió. Insultó, como un animal arrinconado que muerde lo primero que puede morder.

—Estoy en mi derecho. ¿Crees que tengo el virus ya?

—¿Es necesario que lo tengas? —respondí.

No te tengo miedo. No te creas muy listo. Las palabras que encadenó se fermentaron en el pasadizo de nuestros cuartos. ¿Realmente era necesario? Y reí. Reí fuerte y estrepitosamente. Los ecos de mi risa por toda la casa. Y el borracho, resignado, se fue a la sala.

Lo que vino después fue una sucesión de tartamudeos, insultos ahogados, comentarios cobardes de pocos decibeles. Fui a mi escritorio, prendí mi laptop, me quejé en Twitter y vi Silicon Valley en HBO Go. No dormí. Pensé en los miles que han muerto, mientras evitaba al mundo gracias a la serie de Mike Judge. Pensé en la cifra de contagiados en el Perú, que diariamente crece. En los borrachos, en los que juegan pichanga, en los que piensan que esto es un ficción de las grandes empresas. Y el padrastro, ebrio, tomaba una coca y buscaba conciliar el sueño.

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