Antes del silencio

Esta suricata regresó a su natal Chincha horas antes de que el presidente Martín Vizcarra decretase Estado de Emergencia Nacional y aislamiento social.

Cuando abordé el bus que me trajo a Chincha, la terminal de Soyuz estaba casi vacía. Tal vez la memoria me falla en este instante, pero recuerdo solo haber visto a unos empleados conversar y reír en las mesas; a los tres vendedores de comida; a la mujer que controla la entrada a los baños; a los oficiales de seguridad, y seis pasajeros huérfanos que miraban, aletargados, una televisión.

El viaje fue solitario. En un bus que, según tengo entendido, caben aproximadamente 60 personas, solo íbamos diez a lo mucho. Cada uno estaba esparcido por el lugar que mejor le pareció conveniente. Separados. Dos sitios frente a mí, un chico con su mascarilla se sumergió en su celular; una pareja de chicos se besaba en los asientos paralelos al mío, y un señor, en el fondo, tosía. Tuve miedo. Solo dos días atrás, había hablado en la redacción de lo mucho que le temía al virus. Tos. Fiebre. Malestar general. Me lavaba constantemente las manos. Revisaba cada vez que podía la cifra de infectados en el Perú. No puedo negar que la paranoia me consumió. Mi mente le jugó una mala pasada a mi cuerpo en el trayecto. Un día antes de viajar, me sentí decaído, con malestar en mis extremidades. Y cuando estuve en el ómnibus escuchando los sonidos que emitía el anciano estornudé tres veces —sí, me tomé el tiempo de contarlos—. Me tumbé.

Los memes —no puedo evitar decirlo— han sido divertidos. Varias veces reí —y sigo riendo— con lo que dicen. El coronavirus llegó a San Juan de Lurigancho y fue balaceado. El coronavirus llegó al Callao y se hizo delincuente. La mazamorra de tocosh. Miles de imágenes que lo comparan con caricaturas, políticos y personajes floridos de la realidad peruana. Me he entretenido más de lo que debería. Mi feed de Instagram es una celebración a la ironía, un collage de imágenes saturadas y ediciones pésimas. Buena comedia, al fin y al cabo: comedia de mis tiempos, si nos ponemos rigurosos.

Mientras recorría La Victoria, reía. Sin embargo, no todo era a causa de los memes. ¿Tan cojudos hemos sido? Un desfile de videos de quince segundos donde personas compraban papel higiénico ocupaba las pulgadas de mi celular. Días atrás, con la suspensión de las clases y la inevitable propagación del virus en una ciudad sucia, donde la higiene no es precisamente tomada en cuenta, miles (tal vez cientos de miles) de personas, conducidas por el pánico y/o la ignorancia atiborraron los supermercados. Sustrajeron de los anaqueles los jabones, los papeles higiénicos, los geles y las servilletas. ¿Cuántos culos quedaron sucios a raíz de ello esa noche? ¿Cuántos ignorantes habrán pensado que el Apocalipsis se detiene con una hoja que no soporta un chorro de agua? Reí.

Chilca apareció en el retrovisor del ómnibus. Habíamos avanzado muy lento. Una hora y media habíamos tardado. Tanto chofer como cobrador, antes de salir de Lima, mantenían el vehículo estacionado por periodos prolongados de tiempo cuando podían. A veces aquello conducía a un espectáculo sonoro atroz. Como moscas, las voces de los ambulantes. «No se irá sin comer su chaufa, joven». Gaseosas, envases de tecnopor, monedas. No importaban. En mi cabeza solo había espacio para los gérmenes. Y pregunto: ¿He rondado la locura con este tema? A veces creo que sí. En mi mente, la sucesión de dedos en aquellos alimentos era infinita. Por lo cual, tapé el mundo con una cortina y me concentré en mi celular.

Vi unas cuantas cosas. Una muchacha de la universidad perreaba con una mascarilla. Unos amigos que sostenían varios vasos de cerveza en un tono. Varias historias de personas en las playas. Así que saqué un libro. Pero, mientras lo leía, no pude evitar mirar a los lados. El señor que tosía ya había bajado. Los dos chicos que se besaban habían desaparecido. En el bus quedábamos unos cuantos anónimos, entre los cuales destacaba un bebé que lloraba y no me permitió disfrutar del resto del viaje. Me sentí sucio.

Llegué a Cañete. Bajé rápido. Me lavé las manos. Oriné. Me lavé las manos. Cuarenta segundos. En un grupo de chat, algunos conocidos hablaban del toque de queda, de recluirse. Enviaban stickers. Se burlaban. ¿Era necesario? No lo sé, mira tú a las personas que hoy fueron a tonear, o las discotecas y bares que siguen abiertos. No lo sé, mano. Mientras esa cadena de mensaje iba creciendo, vi la entrada de Chincha.

Todo lucía austero, estéril. Sin ánimos, bajé del bus. Procuré que nadie me toque ni toqué a nadie. Apenas hablé con el taxista que me llevó a la entrada de mi casa. Y de pronto las luces de la sala, el olor de la comida en la mesa. Pero no hubo ni un beso ni un abrazo a mi madre: fue mejor así.

Una hora más tarde, el presidente apareció en la televisión. Estado de Emergencia Nacional. Aislamiento social. Cierre de las fronteras. Otros términos más que los medios no tardaron en diseccionar. Quince días apartados. Mamá estaba sorprendida. ¿Y si hubiese esperado para viajar? ¿Si no hubiese salido a las 7 de la noche de Barranco en dirección a La Victoria? Las terminales a las 11 p.m. se atiborraron. Mensajes de todo tipo en mi WhatsApp no tardaron en llegar. Dejamos el televisor encendido en Cuarto Poder. El tiempo no avanzó para nosotros. No queríamos dormir. No queríamos seguir despiertos. Mi mamá, su pareja y yo empezamos a hablar. ¿Mañana Chicha estará desierta? ¿Cómo haremos con los créditos? ¿Qué pasará con el negocio? ¿Ahora qué? Ahora nada.

Dormimos.

Hoy, lunes 16 de marzo, las redes sociales explotaron. Debido a mi estrato social, me ha tocado ver este aislamiento social a través de píxeles. Vi a algunos influencers celebrar esta pausa, hacían de la vida un plato de porcelana. Vi los rostros de amigos repetirse una y otra vez a través de historias vacías. Vi a varios hombres y mujeres que no tienen otra forma de ganarse la vida recorrer las calles, a través de Instagram. Vi las malas prácticas de compañías como Cineplanet o Renzo Costa. Vi militares y policías. Tantas cosas más. Me saturé: dejé mi celular, escuché unos cuantos discos, leí un libro y escribí lo que acabas de leer.

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