Algunos de nosotros

Esta suricata hace un recuento de algunas figuras masculinas que conoció a lo largo de los años que ha vivido. Poder, indiferencia y violencia. Cada recuerdo constituye parte de una existencia rodeada por el machismo.

—Es fea. ¿Quién la va a tocar? —dijo él cuando vio la noticia de una violación en la televisión.

Reían. Eran tres. Cada uno por diferentes motivos. Yo los veía. Lo veía. Sus lentes orondos chocaban con la nariz que luego se operaría. Torpe. Prepotente. Tímido. Para él, usualmente, todas eran perras. Todas eran fáciles. A todas les bastaba un trago, una cerveza, mostrarle la caña. Y te la chupan. En sus fantasías onanistas, el sexo simplemente era una transacción de dos palabras. Flaca, ven. Pero las flacas nunca vinieron. Lo rechazaron. Se avergonzaban de él, de su cara escuálida y sus pintas de chico malo y manyado de segunda.

¿Cómo fue? Si lo lees, espero que recuerdes que a los dos días ya la amabas. Te había dado like por Tinder. Estabas alto, tenías barba. Un hombre de verdad supusiste. Fue intenso y precoz. Tu mano en su cabeza. El segundo día. Abajo. Ve para abajo. El segundo día. Pero ella no quiso y te molestaste. ¿Qué? ¿Acaso pensaste que el porno era real? ¿Pensaste que únicamente bastaba eso y que ella no tenía el derecho de decir que no? Una semana después, le enviaste varios mensajes. Vuelve. Lo siento. Te arrepentiste.

Todos hemos sido cojudos, pero tú más. Tu único objetivo era follar cuando ibas a las fiestas. Pobre. Ir en vano a tantos tonos. Quedarte sentado. Mirar a quienes si lo lograban. Envidia. Silencio. Las manos en la rodilla esperando a que una estuviese lo suficientemente borracha. El fracaso. Los bloqueos. Tu ego: una abominación que te cegó. Sin embargo, no fuiste el único ni el primer imbécil que conocí en mi vida. Solo uno más de una larga fila de machos.

Recuerdo mi época infantil, por ejemplo. Él simplemente era un niño que golpeaba a las niñas. Siempre impune, se salía con la suya. En aquella primaria era perdonado, solo porque su padre donó las televisiones que veíamos en los salones. Teníamos entonces nueve años. Nosotros: ¿Por qué no lo suspenden, profesora? El silencio que venía luego era devastador. La injusticia fue para nosotros un concepto que aprendimos temprano. Al fin y al cabo, nos prepararon para cómo sería la vida. Molestó a una profesora por su color y su condición. No la volvimos a ver. Quiso que un chico le chupase el pene. Fue un secreto a voces.

En otra escuela hice amigos casi distintos. Casuarinas. Diez de la noche, las botellas de cerveza, ron y vodka. Dieciséis años apenas, pero ebrios, malditos y maldecidos. Formábamos un círculo. El dueño de la casa dijo: «vi a una flaca borracha ser llevada por dos hombres. Se le veía el calzón». Mi estado de shock. La imposibilidad de mi palabra, mientras todos «qué rico habrán cachado». Sí, mano. Tiempo después uno de los huevones tuvo un hijo antes de graduarse. Tiempo después aquellos muchachos acosaban a sus exnovias y las acusaban de putas.

Las relaciones, que se basan en dinámicas de poder, siempre han sido complejas. Recuerdo a una de las tantas amigas que hice. Su expareja, actualmente, un aliado, un activista que viste de verde, un artista, era una basura. Me pegó. Me utilizó. Me escribe hasta ahora. Me dijo tantas cosas por el estilo cuando caminábamos por la avenida Angamos dos años atrás. Hablaba de él con miedo, como si se tratase de un fantasma que no la dejaba iniciar una nueva relación.

Allí, en ese mismo lugar, otras amigas también me describieron las historias de sus tóxicos. Entonces comprendí que en esta vida habían personas enfermas por el recuerdo, con la fútil idea de ser dueños de quienes aman. No me deja en paz. Me escribe. Y muchos dirán que bloquearlo es fácil ¿Pero realmente lo es? No. A veces soltar a una persona puede demorar años. Abrir los ojos es un acto complejo y complicado. Miles de horas. Cientos de miles más bien. Relaciones consumidas por la monotonía y la falaz idea de seguridad pueden terminar en matrimonios. Mamá, ¿por qué te golpean? Te pagaban menos que a tus similares y te quedabas hasta las diez, once, doce de la noche para darme de comer al día siguiente. Y yo, engreído e idiota, muchas veces te grité.

¿Soy inocente? No, para nada. También he hecho comentarios fuera de lugar, idealizaciones fatuas y bromas que pueden herir susceptibilidades. Pero voy aprendiendo de mis errores, porque he atestiguado lo grotesco, lo he visto desde muy niño. Y ahora, mientras reviso las webs peruanas, veo que muchos de estos actos son síntomas y causas de la realidad de mi país, donde las mujeres hoy viven con miedo. Son 32 peruanas las que han muerto este 2020. ¿Cuántas más?

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