Cuando el cielo anochecía y, en la distancia, los faros de las avenidas teñían los hogares de ámbar, dos seres de estatura ínfima e importancia mínima conversaban: eran la cigarra y la hormiga.

La cigarra, pretenciosa e irreverente, con la risa como seña y las bromas como verbo, díjole a la hormiga:

—¿Qué haces, amiga?
—Nada, no mucho. Muevo este trozo de tierra para vivir mi vida.
—¿Qué sentido tiene?
—La vida misma: la construcción del hormiguero.

Entonces, rio la cigarra. Juntó sus patas en un aplauso e hizo eco en la noche.

—Pero tu obra es nimia. No continuará en la historia; jamás tendrá importancia en estos jardines.

Solemne, la hormiga refutó:

—Pero el jardín ayer fue un jardín sin hormiguero; hoy, en cambio, lo tiene. Y de esta manera también actúa el universo.

La nubes nocturnas apagaron el cielo.

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Obra

La «Pequeña» Torre de Babel de Pieter Bruegel the Elder

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