El sentido del humor de Gerald Durrell es simplemente fantástico. Basta acabar algunos de sus relatos para sonreír ante lo absurdo o lo irreverente de las situaciones que construye. Con la suspicacia y ironía típicas de un inglés, arma historias que o nos hacen reír de alegría o reír con algún sentimiento oculto de tristeza o culpa. En Un novio para mamá y otros relatos esto prevalece. Durrell es capaz de llenar sus historias de elementos casi absurdos, como lo son un loro obsceno que termina en las manos de un cura o una monja que juega en el casino. Las posibilidades con él son variopintas y jocosas.

Tanto la obra como la vida de Gerald Durrell han sido definidas por la vida salvaje. Fue un naturalista, conservacionista, escritor y presentador de televisión. Fuente: Telegraph

Sin embargo, en Un novio para mamá y otros relatos no encontramos únicamente relatos llenos de comedia. Hay espacio para todo, incluso para cuestiones metafísicas y fantásticas, como queda demostrado en El jurado, un relato que también tiene mucho de decadencia. Durrell es hábil. Puede llenar la realidad de ficción. De hecho, su obra es autoficción, en mayor o menor medida. Sus historias son una excusa para conocer sus puntos de vista alrededor de problemáticas sociales o cuestiones casi sin importancia de la vida. En un momento puede hablar de su percepción del pueblo alemán como del racismo en el sur de los Estados Unidos.

Antes de iniciar con la lectura del libro, el escritor advierte: «Todos estos relatos son auténticos, o, para ser estrictamente exacto, unos son auténticos y otros tienen un núcleo de verdad y un envoltorio ornamental. Unos corresponden a experiencias mías y otros a cosas que me han contado y que yo me he apropiado para mis propios fines, lo cual confirma el adagio: “Nunca digas nada a un escritor si no quieres verlo publicado”».

—Manzanas —dijo Fred—. Ese árbol de la ciencia tenía manzanas y cuando hay manzanas puede ustez estar seguro que van a hacer sidra. Y seguro que estaba borracha pá hacer lo que hizo.
—¿Qué hizo? —pregunté, ahora ya sin comprender nada.
—Tenía los sesos dislocaos por la bebida —explicó Fred muy convencido—. ¿Qué mujer en su juicio va a ponerse a hablar con una serpiente? No, una mujer normal se habría echao a correr pa telefonear a la policía y los bomberos.
Tuve una visión momentánea pero muy clara del Jardín del Edén con media docena de camiones de bomberos de color rojo vivo y un grupo de policías cercando el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal.
(Fred, o un toque del cálido sur)

No se equivoca. Pero ¿qué tanto debe diferir un autor de su obra? Es una pregunta que merece su propio ensayo. Inevitablemente, un artista imprime en su trabajo su visión del mundo, sus miedos y aficiones. No obstante, hay muchos que recurren a que ellos mismos sean su obra. En esta colección de relatos, donde Durrell adopta en su mayor parte el rol narrador, podemos discutir mucho sobre su forma de ver la vida y lo mucho que difiere del contexto actual. Sí, se publicó en 1991, pero hay puntos que pueden resultar incluso incómodos, puesto que Gerald es un autor de ideas muy conservadoras.

Aún así, la lectura del escritor inglés es grata. Como un buen comediante, Durrell es un hombre que controla el punch-line. Muchos de los relatos parecen ser escritos como una gran broma, donde la ironía de la vida o la maldad de sus personajes producen grandes consecuencias que los terminan por destruir o llevar al camino de la salvación. De hecho, no me sorprendería si el proceso creativo del autor haya sido en su momento iniciar por allí. Las líneas finales de cada narración son una clase de comedia, de como armar mucho con tan poco. En relatos como Esmeralda y Un novio para mamá, esto se hace presente. Gerald nos lleva por escenarios estrambóticos, nos llena de personajes pintorescos, por los cuales nos angustiamos, nos deprimimos o detestamos incluso, y siempre, al final, nos recompensa con lecciones cínicas.

Aquel verano en Corfú fue especialmente bueno. Por la noche el cielo era de un azul aterciopelado y denso, y parecía tener más estrellas que nunca, como una multitud de diminutas setas que brillaran y resplandecieran en un inmenso prado azul. La luna parecía ser el doble de grande de lo normal y, cuando volvíamos la mirada hacia ella y se elevaba en el cielo nocturno, empezaba teniendo un color tan anaranjado como una mandarina para ir pasando por sucesivos cambios del albaricoque al amarillo asfódelo antes de convertirse en un blanco maravilloso, como el de un vestido de novia, cuya luz arrojaba charcos de plata brillante en medio de los olivos agazapados y retorcidos.
(Un novio para mamá)

Las historias de esta no son una maravilla de la literatura y tampoco pretenden serlo, pese a que Durrell pone mucho esfuerzo en decorar sus párrafos con ornamentos y figuras literarias bellas como lo son las ojeras de una persona convertidas en nidos de golondrinas. En sí, la mayoría están diseñados para pasar un tiempo grato y ¿por qué no? reflexivo. Entre los mejores cocinados tenemos a Esmeralda, Jubilación, El Jurado, Los vestidos de la señorita Booth-Wycherly y al relato que da nombre a la colección. Te llevan por distintos escenarios del mundo, te llenan de atmósferas y personajes diversos como entrañables y pueden pasar del drama a la comedia e incluso el terror en cuestión de párrafos. Sus desarrollos, ¿para qué arruinar la experiencia? son sorprendentes. Hay mucha atención al detalle, hay suspicacia. Las anécdotas que uno puede obtener de este libro son similares a las que uno usualmente cuenta entre los amigos o las que uno desearía poder contar. Durrell logra el cometido de la comedia y el arte en este libro: hacernos sentir.

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