Llena de imaginación y belleza, Solenoide es una novela que explora la monstruosidad de los hombres en un extenso discurso existencial.

Solenoide es una novela monumental. Está considerada por muchos críticos como la más madura de Mircea Cărtărescu (1956). Es un libro lleno de juegos literarios; conceptos metafísicos, matemáticos y religiosos; giros argumentales; una crítica a la dura realidad de su natal y comunista Rumania, y mil y un cosas más que no pueden ser enumeradas en simples párrafos; ya que este extenso trabajo puede ser un libro u otro en cuestión de capítulos, y eso hace que su lectura sea un salto al vacío, una constante sorpresa.

A través de sus páginas conocemos a un escritor frustrado, un escritor que no quiere ser uno, un escritor que no pudo ser uno, que está plagado de pesadillas y decepciones; y que, en los salones de un colegio con muchas necesidades, tiene una vida reducida al embrutecimiento. Nosotros somos testigos de su diario, de su estilo cuidado y pesimista. En él, el protagonista se nos desnuda; se nos entrega en el sillón de un dentista y, dotado por una melancolía y un cinismo abrumador, expulsa de su cuerpo sus miedos, esperanzas y monstruosidades.

Cărtărescu es un poeta, prosista y crítico literario rumano. Considerado por la crítica literaria el más importante poeta rumano contemporáneo.
Cărtărescu es un poeta, prosista y crítico literario rumano. Considerado por la crítica literaria el más importante poeta rumano contemporáneo.

Así pues, en las vísceras de esta novela, obtenemos un extenso catálogo de situaciones que, usualmente, tienen como eje el fracaso existencial. El narrador, atormentado, nos relata distintos episodios de su vida, mientras que, poco a poco, descubrimos una Bucarest maldita, fantástica y misteriosa, donde todo tipo de bestias la albergan y oculta, en su esqueleto, una secta conocida como los piquetistas que se niegan a la muerte y al envejecimiento.

Envejecemos, esperamos tranquilos en la fila de los condenados a muerte. Somos ejecutados uno tras otro en el más atroz de los campos de concentración. Primero nos despojan de la belleza, de la juventud y de la esperanza. Nos envuelven en los ropajes de penitentes de las enfermedades, del cansancio y de la putrefacción. Se mueren nuestros abuelos, son ejecutados ante nosotros nuestros padres y de repente el tiempo se acorta, ves aparecer bruscamente ante tus ojos el filo de la guadaña. Y solo entonces se presenta ante tus ojos la revelación de que vives en un matadero, de que las generaciones son masacradas y engullidas por la tierra, de que millones son empujados al tragadero del infierno, de que nadie, absolutamente nadie se libra.

Y, aun, en todo este pesimismo, hallaremos virtud y esperanza, un canto a nuestra propia existencia.

Una ciudad de insectos

Cărtărescu ha dado vida a Bucarest en su obra; la ha convertido en un personaje más. Resulta cliché decirlo, pero es que los buenos escritores llegan a construir atmósferas únicas a través de sus palabras. «La ciudad más triste del mundo», así la nombra. Y Bucarest se convierte en el hábitat —un zoológico, un terrario— de prostitutas melancólicas, niños miserables, profesores condenados a la mediocridad, gitanos empobrecidos, ladrones vulgares y agentes de un régimen comunista que mantienen al pueblo en una especie de ignorancia perpetua. En sus páginas, Mircea dibuja panoramas grises y verdes que por momentos pueden resultar vomitivos como monstruosos.

Vivo en mi cráneo, mi mundo se extiende entre sus paredes porosas y amarillentas y consta, casi en su totalidad, de un Bucarest que flota en él excavado como los templos tallados en la roca rosada de Petra. Pegado a la meninge como un fibroma, en el borde de mi lóbulo temporal izquierdo, está también Voila. El resto es especulación, fantasmagoría, la ciencia del reflejo y de las refracciones en medios translúcidos.

Y no es que la obra únicamente se limite a relatar la realidad ni formular un relato realista, sino que, como pocos escritores actualmente, la subvierte y la llena de una fantasía fantástica y (casi) fantasmagórica. En ella, sus personajes aceptan los fenómenos terroríficos en los que se ven atrapados como algo cotidiano, lo cual, en el panorama latinoamericano, suena muy familiar, ¿verdad? Hay espacio para el absurdo en este diario —porque ese es el instrumento a través del cual se nos narra todo—, hay espacio incluso para lo cómico, pero, principalmente, hay una clara intención de retar a la imaginación.

Como una obra de ciencia ficción, que además cuenta con un gran peso existencial, conceptos cuánticos aparecen dentro de ella y el autor, en un lenguaje que tampoco es muy complejo, nos cuenta sus preocupaciones ontológicas, así como sociales. Hay mucho de Borges, quien es examinado y citado a lo largo de algunos capítulos, así como hay mucho de Kafka, del cual el autor hereda esos personajes angustiantes y angustiados con los cuales inevitablemente te relacionarás.

El ácaro que excava canales en mi piel no me conoce y no me puede abarcar. Sus ganglios nerviosos no están hechos para ello. Sus órganos sensoriales solo extienden las redes unos pocos milímetros en torno a su cuerpo, del cual no es consciente. Tampoco nosotros podemos conocer a los seres milagrosos que son, respecto a nosotros, lo que nosotros somos respecto a los parásitos de nuestra piel y los ácaros de la almohada en la que dormimos. Sus secreciones químicas no nos pueden detectar. Igualmente impotente resulta nuestro pensamiento. Nuestro conocimiento es también una búsqueda a tientas. Pero como la sustancia de su cuerpo es semejante a la de nuestro cuerpo, la sustancia de nuestro pensamiento es similar a la de los seres que no son sino pensamiento.

Además, por cómo van siendo inscritos estos fragmentos en este texto, sabrás que Solenoide es una novela que, en lo grotesco, halla belleza, un impulso de libertad, un escape de esa realidad llamada Bucarest.

Una obra para nadie y para todos

Escrita como un diario y con una trama que aparenta no tener dirección, y, comprendo, tal vez un poco larga para algunos (800 páginas), Solenoide es de esos libros que no todos querrán leer, pero que al leerse se disfruta. Lo imaginativo, lo rico de sus personajes y ese cuidado clínico en sus oraciones —así como en la traducción—, hacen que esta experiencia sea complaciente. Puedes encontrar ideas magníficas, largos párrafos que te maravillarán, así como pequeñas y bellas líneas. «Florabela en el tranvía era una imagen de Magritte». «El sol estaba empezando a ponerse así que un nimbo de rayos se había posado sobre el tejado del edificio antiguo».

Asimismo, hay tantos temas que se desarrollan a lo largo de la novela y tantos tiempos que no me resultaría inimaginable concebir a este libro como la unión de varios, como un collage, como un monumental cadáver exquisito, como una vida —irónicamente— hecha palabra. El autor plasma en ella sus preocupaciones estéticas así como fisiológicas. Se puede hablar tanto de la cuarta dimensión como de las diferencias entre niños y niñas.

Habría olvidado que, para que un libro signifique algo, debe señalar una dirección. Habría escrito libros inmanente, estéticamente autónomos, que el lector habría mirado como mira el gato el dedo que señala el ovillo en la alfombra. Pero un libro tiene que ser una señal, tiene que decirte «adéntrate aquí» o «detente» o «vuela» o «ábrete en canal». Un libro tiene que pedirte una respuesta. Si no lo hace, si detienes tu mirada en su superficie ingeniosa, inventiva, tierna, sabia, divertida en lugar de clavarla donde ese libro indica, entonces has leído un libro literario y has dejado escapar una vez más el sentido de cualquier esfuerzo humano: salir de este mundo. Las novelas te retienen aquí, te caldean y te consuelan, fijan brillantes lentejuelas en el vestido de la amazona circense. Pero, por Dios, ¿cuándo vas a leer un libro verdadero?

Mircea Cărtărescu pudo haber existido hoy como hace cien años y el golpe de sus palabras sería el mismo. Podría narrar todas las aventuras que se hallan dentro de esta novela: la parábola de la niña de tres corazones, el Cristo de los ácaros o la conjugación de personajes históricos en sus páginas como Charles Hinton, Ernő Rubik o Nicolae Minovici —parece mucho, ¿cierto?—; no obstante, creo que el lector debe, si se atreve, a descubrirlo por sí solo. Este libro no es una tarea fácil, pero en algunos momentos de su lectura, como García Márquez al leer a Kafka, dirás «mierda». Cărtărescu es literatura viva.

Ficha:

Editorial: Impedimenta

Autor: Mircea Cărtărescu

Traducción: Marian Ochoa de Eribe

Postfacio: Marius Chivu

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