Una novela que satiriza y es punzante con la religión. Pez Espada recoge su época perfectamente, aunque falla en su desarrollo.

La novela corta es un género bastante impredecible. Puede dejar grandes obras que persisten a la humanidad o simplemente distraernos. La novela corta es una compañía breve y, en cierto sentido, amigable. Puede ser la presencia de una tarde, el interludio de un viaje. Muchas otras cosas más. Como todo tipo de obra en realidad, nos transporta a diferentes lugares, pero a diferencia de su hermana mayor, la novela, y su hermano menor, el cuento, se halla en un limbo hermoso, donde sus capítulos poseen equilibrio propio y un ritmo que se sostiene en apenas un par de horas. El triunfo de una novela corta se halla en qué tanto tiempo permanece en nuestra memoria, en sus recursos y en la correcta síntesis de sus ideas. Lamentablemente, Pez Espada es una novela corta que no llega a triunfar.

Escrita por autor belga Hugo Claus (1929 – 2008), Pez Espada es una novela breve que nos habla de una comunidad rural y, en cierto sentido, opulenta de Flandes, de la mojigatería, de la religión y el proceso de liberación sexual. Publicada en 1989, el libro se ubica dentro de una época interesante en el mundo. La guerra fría terminaría ese año con la caída del muro de Berlín, la tan añorada y romántica época de los 80 ya acababa, donde, pese a la decepción y el escepticismo por el futuro, las guerras y otro tipo de problemas geopolíticos, Estados Unidos se consolidaría finalmente como el centro del mundo, lo cual es evidente en la historia así dentro de la lectura, ya que el personaje principal de esta novela, Maarten, es un niño cuya vida se encuentra alumbrada por figuras hollywoodenses.

Él Adopta como ídolo a Clint Eastwood, uno de los mayores iconos americanos, el cowboy por excelencia. Se cree Cristo. Realiza comentarios satíricos, a través de la vena del autor, sobre la religión y es un niño muy avanzado para su edad.

Hugo Claus siempre fue crítico con el nacionalismo y la religión, anexándolas como una. Esto se imprime también en esta obra.
Hugo Claus siempre fue crítico con el nacionalismo y la religión, anexándolas como una. Esto se imprime también en esta obra.

En las páginas de este libro lo llegamos a conocer y también llegamos a conocer, a través de su mirada infantil, ciertos problemas recurrentes con la fe católica. Claus es punzante en sus párrafos, no le importa comparar la religión con una transacción económica, ser un cínico y, mejor aún, dar comentarios tan acertados sobre las dinámicas religiosas —los cuales, actualmente, tal vez estén gastados—. Sus personajes, en consecuencia, son una sucesión de seres que se encuentran hostigados por la fe. Sibylle, la madre de Maarten, es una mujer separada —y sexualmente libre— que es la comidilla del pueblo; el profesor Goossens, un intento de adúltero; Richard, ayudante en la casa de Sibylle, un abortista; así y más. Cada uno aporta, en este bodegón, elementos que nos quieren decir qué es lo que la religión hace mal, cuál es su hipocresía, llegando incluso a caricaturizar la figura del mesías.

Entonces, ¿es esta simplemente una obra con un comentario crítico sobre la religión? Sí y no. Esta no es una novela tan reflexiva. El relato se articula a través de músculos policiales. Hay saltos en el tiempo y un crimen que inquieta y es desarrollado correctamente en la obra bajo ciertas sutilezas y sospechas que Claus inyecta en ciertos pasajes del libro. Hay también una atmósfera inquietante e incómoda. Sin embargo, es en esta parte del libro donde tengo mis reparos, puesto que, si bien Claus es uno de los autores más prestigiosos de Bélgica y su novela La Pena de Bélgica es una de las mejores de su país, en esta revisión de una pequeña comunidad de Flandes se siente más bien falto de confianza, sin tanta inspiración.

Me explico. Los personajes que nos presenta son buenos, pero no tienen el espacio suficiente para brillar. Están muy resumidos y uno no llega a empatizar totalmente con sus problemáticas. Claus los arroja a su mundo así sin más, como si nosotros estuviésemos relacionados de antaño con los protagonistas cuando no es así. Y si bien el ritmo es grácil y las ideas detrás de los diálogos son fantásticas, la distribución y la jerarquía de los temas termina por dañar la obra.

Las tortas tienen pinta de haber salido del horno demasiado pronto. Mamá las unta con mantequilla y les echa azúcar moreno. Maarten saliva, prueba, mastica, tritura. El pecado mortal de la gula. Delicioso. ¿El pecado mortal es pecado mortal siempre y en todas partes? ¿La ira, por ejemplo? Un pecado grande, del que sabe mucho, porque hace unas horas estaba bastante iracundo. Cuando mamá gritó por sexta vez que se duchara y tuvo que interrumpir su calvario al monte Goliat, estrelló la cruz sobre la hierba con una sonora palabrota. Pero Jesús tampoco fue ajeno a la ira, porque en el libro que le regaló la señorita Dora y que nadie más debe ver, Jesús el hombre, pone que Jesús descargó su ira contra los publicanos y mercaderes que estaban en el templo de su padre. Por cierto, tiene que preguntarle a la señorita Dora qué publican los publicanos.

Hugo Claus, Pez Espada

Por un lado, como ya vimos, encontramos los comentarios punzantes contra la religión y el crimen que acontece en la localidad; pero, por el otro, hay una revisión estética de ciertos elementos entorno a la vida de literato y su lucha dentro de la sociedad que se siente como algo más bien gratuito. Esta faceta del libro, representada por el profesor Goossens, es colorida, pero prescindible. Su perorata y sus ambiciones pudieron ser mermadas en la edición final de la novela. Y así con otros personajes anodinos que aparecen y desaparecen sin ocasionar un impacto real.

Pez Espada es una novela de una sola lectura. La resolución de su conflicto y la psicología de sus personajes está bien fundamentada, pese a que por momentos parece un poco inverosímil el trato que Claus le da a los habitantes de su imaginación. Es interesante, no obstante, leer la novela como una ventana a un pasado reciente y saber que en ciertas partes del mundo casi nada ha cambiado. En este sentido, el catolicismo se une con la xenofobia y el antisemitismo. Por momentos hay diálogos que calan mucho en el lector y parece que fueron escritos durante esta década. Dejo que el mismo lector sea quien se atreva a conectar los puntos. Recomiendo esta lectura para un viaje. Es ligera, su trama es ligera.

Ficha:

Editorial: Anagrama

Autor: Hugo Claus

Traducción: Malou van Wijk

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