En nuestra memoria, los relatos que armamos no son ni una verdad ni una mentira. Como seres humanos, tendemos a adornar el pasado con los elementos que menos nos dañan, aquellos que más nos convienen. Esto se extrapola desde lo más grande a lo más pequeño. «La historia la escriben los vencedores», dijo alguna vez George Orwell. Y este axioma, que usualmente se utiliza para los conflictos políticos y geográficos, también puede aplicarse en el contexto más primario de nuestra existencia: la familia.

Las historias familiares se construyen a base de rencores y afectos, tristezas y felicidades. Padres unidos a hijos. Hijos enfrentados a padres. Son construcciones complejas y diversas. A veces la madre es conservadora. A veces la hija es muy rebelde. A veces el hijo es simplemente un engreído. Todos tenemos nuestra versión y visión del pasado. Una navidad, solo por poner un ejemplo, se puede vivir de distintas formas, dependiendo del papel que adoptes. La presión de las compras. Las alegría de la mañana y el chocolate caliente. Todo es siempre relativo.

«Y es curioso, piensa Aurora, porque lo que el olvido destruye, a veces la memoria lo va reconstruyendo y acrecentando con noticias aportadas por la imaginación y la nostalgia, de modo que entonces se da la paradoja de que, cuanto mayor es el olvido, más rico y detallado es también el recuerdo».

Y es en este terreno donde Lluvia Fina se desarrolla: en el seno de una familia quebrada y dañada por un pasado que vamos descubriendo conforme avanzan los capítulos. Es una novela que se construye en las conversaciones de sus personajes, sus acciones y los recuerdos que poseen de un pasado que los atormenta, donde el lector adopta un rol activo, pues este determina a quien cree y a quien no.

«Ahora ya sabe con certeza que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes». Con esa oración inicia el libro. Subversiva. Retadora. El término relato nos induce a pensar en fantasías anodinas, historias simples e inocentes. Por lo cual, afirmar que estos no cumplen esa característica nos baña de realidad. Solo bastan estas palabras para saber que esta historia destruirá aquello en lo que creemos o, mejor dicho, en lo que la protagonista cree.

«…Además, en todas las familias hay mentiras, y también en el amor y en la amistad, entre otras cosas porque para convivir es necesario que cada cual tenga sus secretos —y aquí Gabriel elevó el tono y se puso en plan doctrinal—, y es que en gran parte somos nuestros secretos…».

Nosotros somos Aurora en esta novela. Es una mujer taciturna, endeble, que, debido a la idea de su esposo, Gabriel, de volver a reunir a su familia por el cumpleaños de su madre, conocerá más a fondo las verdades que cada integrante de la familia tiene para ofrecer. La conocemos a través de las páginas, con sus penas, sus alegrías y su manera de amar. Al ser quien escucha las historias de los otros personajes, podemos empatizar casi inmediatamente con ella. Empezamos la novela como ella, con una versión de la historia, pero poco a poco nos adentramos más en esta narrativa y descubrimos verdades inimaginables.

¿Qué es lo que hace tan compleja esta situación? El libro nos responde magníficamente. La convivencia de las historias personales de cada familiar, a manera de diálogos, se difuminan perfectamente con el pasado. Las transiciones entre las llamadas y los distintos tiempos en los que transcurren la novela es sutil y bien lograda. Pasado y presente, odio y resentimiento, se unen para lograr párrafos bien logrados.

Tras un tiempo de bonanza, entregado otra vez a los pacíficos quehaceres de la televisión y la lectura, y con solo la novedad de las expediciones gastronómicas del fin de semana, un día a lo mejor volvía a casa con la noticia de una nueva tarea capaz de apasionarlo. Hubo épocas consagradas al yoga, a Bach, a la recolección de setas, al esoterismo, al bricolaje. Eran como paisajes vistos desde un tren, estampas idílicas a las que seguía luego la monotonía de la llanura estéril e infinita. Aurora compartió algunas de esas aficiones, y algo aprendió de música, de alquimia, de botánica, pero sobre todo le gustaba compartir con Gabriel aquellos raptos de entusiasmo, y le rezaba al destino para que durasen mucho, para que la rutina, o el súbito desencanto, no acabara amustiándolos.

Una madre y sus hijos, Sonia, Andrea y Gabriel, son las arterias de esta historia. Y, por obvios motivos, Aurora es el corazón. Todos rotos, dañados, humanos. A través de sus comportamientos, sus versiones del pasado, hallamos el porqué de la ruptura de sus lazos. La psicología de cada uno de estos personajes se descubre en esos detalles. Al finalizar la obra podemos sentir el dolor por quienes menos habíamos pensamos y detestar a quienes no creíamos capaz.

Porque este libro rompe la inocencia. La resquebraja conforme avanzan las páginas. Aquí existe la muerte, los excesos, los amores rotos, la crueldad, la desesperanza y la pobreza. Y cuestiones como la infancia y el amor no son lo que parecen.

Pero murió, y entonces la casa se volvió para siempre un lugar triste. Cada día, cada momento, estaba presidido por el espíritu fatalista de la madre. De pronto, el futuro se convirtió en una amenaza incesante. A todas horas se rendía culto al miedo. Miedo al hambre, miedo a las guerras, miedo a las enfermedades, miedo a la pura adversidad, miedo a vivir con algún desahogo o a hacer algún derroche porque el destino termina siempre castigando la buena suerte de los pobres.

En conclusión, la pluma de Landero nos ofrece un grato libro que nos lleva a un desenlace inimaginable que recompensa su primera oración. Porque la lluvia fina al fin y al cabo es una lluvia, y la realidad y sus voces nos inundan.

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