La Caravana Pasa de Rubén Darío

Un libro de crónicas de difícil acceso pero de grata lectura que nos permite ver ciertos aspectos del mundo a inicios del siglo XX.

Rubén Darío es un nombre histórico. Basta hablar de él o buscarlo en el navegador para descubrir su influencia en la literatura del siglo pasado. Fue de los hombres que cambiaron el mundo de las letras, un escritor con un estilo hermoso, cautivador y lleno de colores y mitología, que en obras como Azul y Prosas Profanas, construyó pináculos de la literatura latinoamericana. Se nombran y nombran. Y todavía hoy influyen e influyen. Por ello, me sumergí en uno de sus libros más ocultos, si es que ese adjetivo tiene alguna validez con este autor: La Caravana Pasa.

Publicado casi 120 años atrás, en 1902, La Caravana Pasa es un conjunto de crónicas de Darío que funciona como un tipo de análisis al mundo que le tocó vivir. De difícil acceso, pues no se sabe exactamente cuando fueron escritos cada uno de los textos, estamos presente ante un experimento, un juego de formas y figuras literarias que se intercala con la realidad. En un mundo que todavía no conocía los desastres de la Primera y Segunda Guerra Mundial, falto todavía del total imperialismo americano o la revolución del automóvil doméstico, los párrafos que habitan las páginas de este libro se sienten casi ficticias, casi mágicas.

Una sensación de bosque. Los árboles llenos de hojas forman cúpulas de frescura de donde se escapa suave rumor y una incesante polémica de pájaros. La fuente de Médicis evoca la gracia italiana que trajo aquella magnífica María, flor florentina. Las estatuas se duplican en el agua especular. A lo largo de las alamedas juegan los niños de piernas desnudas. Más allá, frescas muchachas se divierten con el lawntenis. Bandadas de gorriones saltan familiares sobre el terreno cubierto de hierba menuda y fina. Vuelan palabras, gritos, risas. La fuente central, frente al palacio, lanza su chorro verticalmente, que el aire transforma en una larga pluma cristalina y espumosa. En los bancos, al amor del delicioso ambiente, las gentes leen sus periódicos o sus libros.

La pluma de Darío, —¿sería de otra forma?— es magnífica. Su manera de estructurar las oraciones, de adjetivar, de unir palabras y formar figuras es placentera. Hay pasajes que simplemente son un deleite de leer, que, como hombres del siglo XXI, juegan con nuestra imaginación. Hay algunos, que, una vez superada la extensión de las líneas, calan mucho en nosotros, porque el tiempo les ha dado la razón o porque todavía prevalecen algunas situaciones.

Entre los tópicos tratados podemos encontrar la presencia de los Estados Unidos y sus políticas de expansión, que tienen una importancia muy marcada en el desarrollo de Sudamérica; la influencia de Francia en las corrientes de pensamiento latinoamericanas; apreciaciones sobre las flores; reseñas a escritores que no fueron tratados gentilmente por el paso del tiempo; la dicotomía de la iglesia católica; o la evolución del coche.

Así pues, Rubén Darío escribe declaraciones fuertes. «Toda gran voz humana se ha hecho oír allá por el órgano de la Francia. La América latina, después de la Revolución, en el orden de las ideas, mira en Francia su verdadera madre patria», menciona en cierto punto del libro el gran escritor afrancesado. «Toda la historia nos demuestra que el progreso de la humanidad se ha verificado siempre bajo la guía de una religión», dice en otro punto citando a Tolstoï.

En el siglo pasado ha dado dos poetas de una originalidad y vuelo que se han impuesto al Universo: Poe y Whitman. Sus humoristas han contagiado a todas las literaturas de la tierra, a punto de hacer pesado en más de un autor «gai» francés el tradicional y ligero espíritu de la risa gala. Novelistas como Bellamy han logrado fama en un momento. Sus diarios son los colosos del diarismo mundial, y sus «magazines» son insuperables. En arte tienen un movimiento enorme que comienza a conocer el mundo; y la pintura saluda a Vhistler como la escultura a Sí. Gaudens, entre los grandes maestros. Su ciencia ha conseguido varias victorias. Su teatro ha invadido plenamente a Inglaterra, Su sociedad se ha ennoblecido por alianzas, gracias a su riqueza. Yanquis son la virreina de la India, lady Curzon, como la duquesa de Marlborough, y como muchas tituladas de todas las cortes de Europa. En el mundo del sport son reyes los yanquis.

Darío, como es ampliamente conocido, es un amante del pueblo francés. Se nota en su literatura. Se nota en su pensamiento. A través de las 32 crónicas que conforman este libro exploramos un poco más el porqué. Sus posturas políticas, su mirada sobre la religión, su disección del pueblo francés explican cuáles eran sus preocupaciones, porque tenía admiración a ese país europeo. Se nota que escribe con amor, embelesado por París.

¿Es entonces este libro imprescindible? No. Más allá de las virtudes que posee, a menos que uno sea un aficionado al autor de Nicaragua, esta obra puede convertirse en un laberinto. Las reflexiones se ven plagadas de nombres que, aceptémoslo, no cobraron importancia con el paso de las décadas. Hay pasajes enteros dedicados a reseñas de escritores que son exquisitos; pero de los cuales es muy difícil conseguir material. 

La ciencia moderna ha dado un paso muy importante, descubriendo que las enfermedades son ejércitos de animales microscópicos destruyendo un organismo humano. Muy bien. Ya se empieza a ver que en la muerte hay un principio de vida. Lo único que falta es descubrir al capitán de esos minúsculos ejércitos. Ese es el hombre invisible, el genio de destrucción que está en nosotros y que en todas partes se ha sentado en los altares haciéndose pasar por Dios. En el antiguo Egipto, bajo la forma descarnada de Isis; en la Caldea, como un pez enorme; entre los negros de África, como un cocodrilo; en China, como un dragón, etc., etc.

Para el amante del pasado, para el estudioso de Darío, este libro puede resultar en una aventura colosal y un ejercicio de erudición. Los nombres de autores y artistas pueden resultar en lecturas gratificantes y más. Pero para la persona que quiere leer algo para relajarse o informarse tal vez no sería la primera obra que recomendaría del autor. Tal vez ni si quiera la recomendaría en sí, ya que si bien es interesante observar el inicio del siglo XX a través de los ojos de este escritor, hay contemporáneos nuestros que nos pueden sorprender más todavía. Así pues, no todos los libros son esenciales.

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