Catedral de Raymond Carver

Una recopilación de derrotas existenciales en suburbios norteamericanos, de parte de un escritor contundente que expresa mucho en un lenguaje simple.

Hay un autor que suena al Estados Unidos del siglo pasado, su nombre es Raymond Carver (1938 – 1988). Es un escritor de textos fáciles, digeribles, pero sobre todo inquietantes, que no buscan figuras literarias pomposas ni complicadas, que se satisface en la brevedad, en la psicología de sus personajes, en sus silencios y actos. Carver es el escritor de los suburbios. Él nos habla de ciudadanos comunes, de personas con deudas, de estilistas, de trabajadores con hijos horribles, de secretarias con jefes excéntricos, de vendedoras de vitaminas y militares que regresan de la guerra. En pocas palabras, supo comprimir el tiempo que le tocó vivir con una melancolía y nostalgia que párrafo a párrafo nos conmueven o destruyen.

En Catedral, su tercera recopilación de cuentos, publicada en 1983, ese sentimiento de abandono y desamparo prevalece. Los personajes de Carver no buscan grandes cambios. Están atrapados en lo cotidiano, en problemas modernos con los cuales nosotros podríamos empatizar, pese a que a veces introduce elementos de suspenso y misteriosos, como en Plumas, donde un niño monstruoso y un pavo real inundan el relato con muchas dudas y misterio, o Vitaminas, donde un veterano de Vietman habla de los crímenes de la guerra con total naturalidad, cambiando el enfoque de un cuento que hasta entonces trataba sobre una simple infidelidad.

Obviamente, no todos son perfectos, o, mejor dicho, memorables. De los doce cuentos que componen este libro, La Casa de Chef y El tren resultan prescindibles. En el primero, la historia de los inquilinos no da pie a mucho, pese a que el tema del alcoholismo es bien tratado. Y en el segundo, la mujer de la pistola es una pantomima. Tal vez el cuento que más ajeno se siente en esta colección.

Empezó a pasarse allí todo el tiempo, como si, pensaba ella, eso fuese lo que debía hacer ahora que ya no tenía trabajo. De cuando en cuando iba a hablar con alguien sobre una posibilidad de empleo, y cada dos semanas firmaba los papeles para recibir el subsidio de paro. Pero el resto del tiempo se quedaba en el sofá. «Es como si viviese ahí», pensaba Sandy. «Vive en el cuarto de estar».
(Conservación)

Pero las virtudes de Carver son mayores que cualquier fallo. Y el resto de cuentos simplemente nos dejan con un nudo en la garganta al presenciar lo triste de la vida de sus protagonistas. La depresión que uno siente al verse desempleado puede ser reflejada en Conservación. La desesperación de una madre ante la posible muerte de un hijo es tratada correctamente en Parece una Tontería. La separación de una mujer y la idealización del matrimonio es tierna en Fiebre. El constante éxodo de una familia de clase medio baja en Brida es inquietante. Y Catedral, el cuento que da nombre a esta colección es simplemente espectacular. El cambio casi espiritual por el cual atraviesa una persona que tiene aversión por los ciegos hace ese texto emocionante de leer. De una experiencia tan simple, Carver logra una catarsis casi mágica.

Y tenemos que recordar que dentro de los temas que usualmente encontramos en su obra, hallamos la idea de iniciar de nuevo, que muchas veces es la respuesta ante el alcoholismo. En Desde Donde Llamo y Vitaminas encontramos la presencia de este elemento. El alcohol suele ser el paso a la destrucción, a la desesperación, a lo oscuro, sin resultar en un discurso plañidero. Basta dar fe de cómo cambian las atmósferas una vez que esta droga entra a la vida de uno. Las destruye. En Brida, por ejemplo, el hecho de beber termina por hundir a toda una familia.

En su último día de trabajo, el ciego le preguntó si podía tocarle la cara. Ella accedió. Me dijo que le pasó los dedos por toda la cara, la nariz, incluso el cuello. Ella nunca lo olvidó. Incluso intentó escribir un poema. Siempre estaba intentando escribir poesía. Escribía un poema o dos al año, sobre todo después de que le ocurriera algo importante.
(Catedral)

Y podría seguir hablando de los detalles, de cómo los personajes cambian, pero si hay algo que realmente me fascina de Carver son los pequeños momentos en sus párrafos. En Fiebre existe un minúsculo fragmento que da fe de su forma casi quirúrgica de tratar una narración. «Por primera vez desde hacía meses, o eso le parecía, sentía que su carga se había aliviado un poco. De camino al instituto escuchó música en la radio del coche», escribe. Carver nos narra las pequeñas victorias de lo cotidiano, las grandes derrotas también.

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