Se subestima mucho el tener como personaje principal en una historia a un ser odioso o patético. Usualmente, buscamos protagonistas que no nos recuerden lo infelices y estúpidos que hemos sido o podemos llegar a ser. Sin embargo, considero que hay en el fracaso una magia. En las historias que no nos hablan de nuestros grandes triunfos, sino de nuestras derrotas existenciales, existe una belleza. Y Blitz, una novela muy corta que se puede leer en una tarde, es una obra que nos habla de ello.

David Rodríguez Trueba es un escritor, periodista, director de cine, guionista y actor español. | Fuente: La Vanguardia

Beto Sanz, el personaje principal de esta novela, es un hombre que reúne algunas de las palabras que he expuesto en las líneas anteriores. Cínico, pretencioso y patético, es un joven paisajista español que en un viaje a un congreso en Alemania descubre un mensaje de texto que desmorona toda su vida (amorosa). Unas palabras lo devastan, lo destruyen, lo dejan abandonado en lo desconocido y permiten que encuentre allí alguien con quien complementarse y hallarse en la derrota: una mujer de edad avanzada llamada Helga.

El trabajo de David Trueba en esta novela cumple. Ni es una epítome ni es anodina. Es de aquellos libros del momento, para divertirse, sentarse, subrayar algunas líneas ingeniosas y olvidarse de todo. De esos libros que llevas en viajes cortos, que inician y terminan en los paraderos. Sin embargo, no deja de ser interesante como el autor, dentro de sus hojas, construye imágenes potentes, casi cinematográficas y en varios pasajes articula algunas meditaciones estéticas y políticas. Trueba es crítico con su país de origen, deja a entender que España no es un lugar ideal para vivir de la pasión de uno. ¿Y cómo culparlo? La obra fue publicada en 2014, cuando recién el planeta empezaba a comprimirse en los celulares y el país ibérico (todavía) sufría las secuelas de la crisis y el paro.

Nunca me interesó contar historias. Hubiera filmado nada más que momentos aislados y sin significación narrativa. Condenado a ser un cineasta artista, de esos que tan ridículos me resultaban, tan fatuos en sus entrevistas, preferí darle a mi madre y a mis hermanas la tranquilidad de un título en arquitectura. Pero rodé sin cámara una película para mí. Era el rostro de Marta en un plano cercano y luminoso que duró casi cinco años. 3 784 320 000 (tres mil setecientos ochenta y cuatro millones trescientos veinte mil) fotogramas, según me entretuve en calcular cuando ella ya no estaba.

El pesimismo, la angustia e incertidumbre son los síntomas que el libro expulsa en sus párrafos. Los personajes que componen Blitz están desplazados del futuro en cierta medida. Su protagonista es un fracasado y las dos mujeres principales del relato también lo son. Marta, la pareja de Beto, es producto de una vida de fallos y sueños truncos. «La vida de actriz no le fue mejor, cursos y luego más cursos, algunos pequeños papeles en cortometrajes y funciones de teatro que sólo veíamos los amigos más íntimos y los compañeros de cursos. Empezaba a sospechar que su verdadera profesión era ser alumna de cursos», narra Beto para describirla. Su fracaso es existencial. Helga, por otro lado, al ser una anciana, encuentra esa derrota en su físico. La edad que tiene, en cierto sentido, es tratada como una discapacidad. Aunque, eso sí, la manera de llevar esa condición, por parte de ella, es menos pesada, sea por la experiencia y sabiduría. O tal vez esto es debido a que Trueba quiere contrastar España con Alemania, donde España es tratado como el lugar agitado del cual hay que escapar y Alemania como el lugar pleno donde se debe residir.

Los jardines nos desvelan de cuajo la otra dimensión del hombre. La de la pasión por lo inútil, por lo estético. El tutor de mi tesis sostenía que Dios fue el primer paisajista de la historia y que con los jardines tratamos de rescatar la memoria perdida del Edén. En cada maceta aspiramos a recuperar la utopía perdida, el sueño arruinado por aquel castigo tan original.

La relación de Helga y Beto es el corazón de la novela. Beto es la torpeza, Helga es la calma. El romance que construyen ambos es directo, sin muchos eufemismos. Cuando conversan sobre la vida, es ella quien ofrece las respuestas. Cuando llegan a follar no hay espacio para trivialidad ni lo acaramelado, es una experiencia natural, que fluye, única entre dos personas que por un momento se necesitan. Y este aspecto (el romance) es beneficioso como dañino para el desarrollo de la novela, ya que si bien la historia de ambos se desarrolla adecuadamente, las otras preocupaciones y aspiraciones del paisajista se sienten artificiales, y las agudas reflexiones entorno a su profesión y la estética se vuelven, irónicamente, ornamentales. Así pues, el resto de capítulos donde Helga no está involucrada directamente carecen de peso y se sienten monótonos —cuestión que también puede resultar a favor del libro, al decir que sin Helga la vida del protagonista es gris—. Y el final puede resultar tierno como anodino. Cada lector encontrará allí su versión.

Blitz haya su magia en el fracaso. Encuentra su triunfo en devolverle una pizca de amor a alguien que ha quedado huérfano de él. De ágil lectura, frases agudas y un sentido del humor europeo, puede ser una obra para una tarde sin más que hacer.

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