Una película donde el presente quiere ser preservado a través de la cumbia rebajada. Auténtica y original, un relato sobre el regreso a casa y la identidad.

Latinoamérica necesita películas como Ya No Estoy Aquí. Necesita películas que entiendan todas sus voces, que conecten con todas las expresiones que existen a lo largo de su plural territorio. Películas que comprendan que en las venas de sus ciudades hay historias por narrar, que los barrios peligrosos también existen y pueden obtenerse retratos hermosos y fieles de cómo son, sin que sus personajes se conviertan en simples títeres de una historia que tiene como objetivo victimizarlos, sino respetarlos y llevarlos a encontrar en ellos mismos arte. Lo repito: Latinoamérica necesita películas como Ya No Estoy Aquí.

Uno de los aspectos fundamentales para la distribución de esta película ha sido su inclusión dentro del catálogo de Netflix. De esa forma, no se ha perdido.

Escrita y dirigida por Fernando Frias, Ya No Estoy Aquí nos lleva a conocer la historia de Ulises (Juan Daniel Garcia Treviño), un joven fanáticos de las Kolombias (un tipo de cumbia caracterizada por prolongar su tiempo de duración gracias la reducción de la velocidad en la cual se reproduce) que, debido a eventos políticos y sociales de su natal Monterrey, México, es obligado a migrar a los Estados Unidos a inicios de la década del 2010. «Al otro lado», como popularmente se le conoce. Sin embargo, debido a la juventud y la identidad del personaje, lo que para muchos latinos es un sueño a cumplir, un proyecto de vida, para él se transforma en un tedio, una triste monotonía que lo despoja de lo que el más ama: la música.

El corazón del filme es el baile, que se nos presenta casi como un rito. La forma en la cual los actores se entregan a la música es hipnótica. Sus pasos son espectaculares. Son simplemente cultura: una forma de expresar a la juventud de esa época que no quería que la fiesta acabe. Además, esto también se traduce en el aspecto físico. Para pertenecer a la pandilla, uno debe cambiar. Se deben cambiar las ropas y cambiar los peinados. Una secuencia en la cual un niño decide ingresar a la pandilla representa esto a la perfección.

La cumbia rebajada, corazón del filme, ha sido asociada al uso de estupefacientes.

Los estereotipos siempre nos condicionarán. Y sí, la delincuencia también está presente a lo largo de la historia. En ningún momento la película trata de ocultarlo. Sin embargo, estos —hay que decirlo— niños no son delincuentes ni asesinos. El principal interés para ellos es disfrutar el presente a través de sus cumbias, simplemente agarrar el pedo. El colegio, el trabajo y otros temas que involucran responsabilidades no son sus objetivos primarios. La música para ellos es un escape, un estado de trance, un paraíso breve.

En las líneas de arriba he mencionado que condiciones sociales y políticas obligan a Ulises a escapar de este lugar ideal. En otras palabras, el narcotráfico. Y aunque no es el tema central de la película relatarnos cómo se introduce en las periferias de Monterrey, los detalles a los que recurre el director para mostrarnos como sucede y las repercusiones que tiene son fantásticos como crudos. En una escena la película nos enseña una larga fila de personas esperan que les den comida, porque habían sido olvidados «por el gobierno y la policía». En otra se nos muestra en el fondo de un plano varias tumbas frescas para demostrarnos la cantidad de muertes que hubo en la época de los narcobloqueos.

Los narcobloqueos fueron estrategias que los cárteles de la droga usaron en las ciudades que vivieron la guerra contra el narcotráfico. Su propósito era distraer y disipar la vigilancia.

Sin embargo, la película nos habla más de mantener nuestra identidad, de ser uno mismo. De regresar a nosotros. Cuando Ulises está del otro lado, esta idea cobra relevancia. Ninguno es como él. O sus semejantes han dejado la música autóctona para reemplazarla por beats vacuos o lo toman como un accesorio, una novedad. Ulises, como aquel héroe griego, solo querrá regresar a casa, querrá prologar lo más que pueda su adolescencia, que tal vez se vea contenida en ese reproductor donde sus cumbias suenan —y en el cual la película hace mucho énfasis en sus fotogramas—.

Todo esto además es condimentado con grandes actuaciones y una fotografía simplemente de diez. La naturalidad con la cual los actores se expresan frente a la cámara, sus miradas, sus diálogos largos y silencios me hacen suponer que hay más talento del que nos aventuramos a explorar dentro de las periferias de las ciudades latinas. Las tomas en las cuales exploramos lo apartado que Ulises se siente del mundo me hace sentir que cada plano fue seleccionado para expresar algo: propósito máximo del cine. Cuando la cámara se queda quieta solo para retratar lo que tranquilamente podría ser una pintura costumbrista; cuando reduce a su protagonista a menos de la mitad del plano para hacernos sentir su tristeza. Son esos los detalles que diferencian a una buena película de una estándar.

Los chicos que trabajaron en el filme son originarios de Monterrey, México.

El guion de esta película es sólido ya que desarrolla el viaje del héroe, con ciertos saltos temporales que le dan agilidad al relato. Y tal vez el único pero que le pongo a este proyecto es que, para valorarla incluso más, necesitas conocer un poco de la historia de la guerra contra el narcotráfico en México, impulsada por Felipe Calderón, quien aparece en la película a manera de informe institucional en la frecuencia de una estación de radio que ponía las cumbias rebajadas —otra forma más de cortar la fantasía del baile con la realidad—. Sin embargo, y lo vuelvo a repetir, es de aquellas películas que Latinoamérica necesita ver, porque en sus secuencias se reconocerá. Porque, como Ulises, nosotros en nuestras odiseas batallamos para que jamás termine el baile. Porque cuando se apaga la música, inicia la realidad.