La relación entre un psicópata y su madre. We Need to Talk About Kevin ahonda en heridas y silencios, en los rezagos de un crimen.

Pocas veces he sentido tanta pena y lástima por una mujer dentro el mundo del cine como lo he hecho al ver We Need to Talk About Kevin (de Lynne Ramsay), una película del 2011 que nos narra la historia de Eva, una madre de familia que nunca quiso ser una y su relación conflictiva con su hijo mayor, Kevin, un psicópata que comete un crimen atroz, revelado hacia nosotros a través de una serie de escenas retrospectivas donde los conocemos a ambos, sus patologías, sus miedos y sus deseos.

La premisa de por sí es interesante, pero lo que realmente hace a esta película distinta es el ángulo que toma, ya que cambia el enfoque cliché que estas historias suelen adoptar. Usualmente, los directores y guionistas optan por hablarnos de la construcción del monstruo, de las diversas facetas que atraviesa hasta que la sociedad orilla a un hombre a convertirse en uno. Con Kevin no, el monstruo nace no se hace, lo cual, más allá de ser un precepto existencial discutible, agiliza mucho la historia, que, en lugar de concentrarse en ello y también en las víctimas del psicópata, presta toda su atención a la madre.

¿Qué es lo que les pasa a las madres luego de que sus hijos se vuelven parias sociales? Se suele dar por sentado que el clímax ocurre únicamente cuando suenan los disparos, cuando corre la sangre, y pocas veces los lamentos también son tratados, los meses luego del asesinato, más allá del asesino en sí o las víctimas directas. Y esto es lo que permite que We Need to Talk About Kevin sea una gran película, pues responde a esa pregunta.

Las actuaciones

Esta película sigue los patrones de género en relación al thriller. El color, la puesta en escena, los cortes. Todo contribuye.

El peso actoral de este filme recae en Tilda Swinton, Eva, quien sostiene esta obra de manera magistral, ya que si bien gran parte del trabajo para transmitir su pena y angustia es una labor de dirección como edición, nada iguala sus pausas, sus miradas, sus mañas (que en cierto sentido comparte con Ezra Miller, Kevin) o sus respiraciones. Así pues, las mejores escenas de esta película no están determinadas por la sangre y por el exceso de violencia. Todo lo contrario. Aquí el trabajo es psicológico. Eva se nos presenta como una figura desamparada, anclada a los crímenes de su hijo y eternamente hostigada. Una compra en el supermercado, una fiesta laboral, un encuentro en una playa de estacionamiento terminan siendo momentos de mucha tensión, donde tememos por ella, sentimos por ella. No se cae en los recursos baratos.

Además, no menos importante en esta película es Ezra Miller. We Need to Talk About Kevin fue, en parte, el largometraje que lo llevaría a ser reconocido internacionalmente. Y, bueno, desde aquí se aprecia un talento muy grande en su actuación. Su comportamiento, sus miradas, sus tics, son simplemente inquietantes. Rescato, solo por dar un ejemplo, las pulsaciones en su boca, la manera de gesticular ciertas palabras, sin caer en la sobreactuación. Cuando Ezra Miller aparece en la pantalla uno sabe que algo malo está por pasar y si no pasa por lo menos deja ese sentimiento. Puede, con su mirada sombría, expresar mucho y es de aquellos actores que saben cómo ser el centro del encuadre.

Además, por si fuera poco, también hay un gran trabajo con los actores infantiles que encarnaron a Kevin, ya que si bien no llegan a tener momentos excepcionales, el cast de esta película es eficiente y logra que los conectes a la idea Kevin en otras etapas de su vida. No hay que olvidar que el monstruo era ya uno desde bebé y cómo los niños expresan esta inquietud, esta molestia, es loable. Por lo tanto, es un gran cast.

Algunos aspectos técnicos

Esta escena demuestra como Kevin torturaba psicológicamente a su madre.

La elección del color para el filme y cómo está grabada la película nos hablan de la personalidad de la historia. Con movimientos que a veces asfixian a la protagonista, nos encontramos ante la tristeza y la angustia de Eva. El color, falto de saturación, transmite lo hundida que está su vida. Hay mucho simbolismo en los colores, en el rojo y el blanco, en los espacios también. Es una obra que cuida su estética, donde no hay momentos muertos en los cuales debas distraerte, donde siempre algo pasa en el plano. En este sentido, otro gran aspecto que tiene el filme es su manera de transitar de una escena a otra, de un tiempo a otro. Estas están conectadas por momentos, por estímulos, de modo que, en el tipo de narrativa que se elige, donde hay constantes saltos temporales, halla un ritmo adecuado y fluido.

Ciertas figuras y metáforas visuales aparecen a lo largo de todo el filme de manera sutil como explícita. Me remito a los elementos. La película abre con una escena roja, una orgía humana en la época más feliz de Eva. Hay bailarinas de ballet que la rodean cuando se da cuenta que no quiere ser madre. En un cuarto hallamos cientos de mapas que son su esperanza y conexión al mundo. Cuando está embarazada se halla en un centro de maternidad rodeada de otras madres, ausente. El agua. Hay muchos elementos de donde agarrar, planos bellos e inquietantes que el espectador debe descubrir.

Y esta película complementa todo ello en sus diálogos. Si bien son pocas las palabras en relación con la duración de la película, como suele suceder en el buen cine, las partes en las cuales los personajes hablan tienen algo importante que decir, algo importante que establecer, algo importante que solidificar. La conversación en el restaurante que Eva y Kevin mantienen, ambos un símil del otro, nos habla de cómo él ve la vida. La escena donde Kevin (de niño) llega del hospital con el brazo roto, de su frialdad. La fiesta donde Eva es tratada como un objeto, de la pérdida de esperanza. Más y más.

Esta película es otras tantas en realidad. Es, además, la historia de cómo una casa se repara. Iniciamos con el hogar de Eva vandalizado, terminamos con la casa limpia, con la madre superando, en cierta medida, todo lo ocurrido. Es también una película sobre cómo importan las palabras, pues se hace hincapié en la falta de comunicación familiar. La última escena es transcendental porque existe la conversación. Allí se habla con Kevin.

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