Sexo, monjas, Dave Franco. La supuesta fórmula perfecta para crear una gran comedia no termina siendo efectiva por su aspecto visual.

Alison Brie, Dave Franco, Aubrey Plaza, Kate Micucci y Nick Offerman. Esos nombres, para quien esté inmerso dentro del colorido universo de las sitcoms estadounidenses, son sinónimos de humor de calidad. Ácidos, irreverentes, irónicos: así podríamos describirlos como también a los proyectos en los cuales se ven involucrados. Son comediantes sin tapujos, que no conocen de censura. Por ello, al involucrarlos en una historia donde palabras como monjas o sexo se unen es imposible no levantar la ceja e interesarse por la misma.

Estrenada en 2017, recientemente ha vuelto a ser descubierta gracias al algoritmo de Netflix.

Este grupo fantástico de actores se unieron en 2017 en The Little Hours, una película inspirada en el Decameron de Giovanni Boccaccio. La premisa, partiendo de allí, suena fantástica. El libro, que fue escrito hace más de 600 años es considerado un pilar de la literatura universal, así como de los primeros en explorar el erotismo y la sexualidad de la sociedad occidental de aquella época. Así pues, en la narrativa de esta comedia medieval, encontramos aquellos tropos. Conocemos a Massetto, un paje que se follaba a la mujer de su amo y que, en su fuga después de ser descubierto, encuentra a un sacerdote de dudosa moral que lo contrata como jardinero en un monasterio. Lugar donde ocasionará que no solo tres monjas, Alessandra, Ginevra y Fernanda, despierten su libido, sino que varios aspectos ocultos e hipócritas de la iglesia se develen.

En esta interpretación de los primeros dos capítulos del libro de Bocaccio, Jeff Baena, director de un puñado de películas, busca transmitir las ideas principales de esta obra; sin embargo, no captura el ingenio del famoso escritor. Baena es de aquellos cineastas que escriben excelentes situaciones pero cuyo tratamiento visual es más bien pobre. The Little Hours, aunque establece correctamente el mundo de sus personajes, sus deseos y actitudes, más allá de los anacronismos del lenguaje, está llena de historias vacías. Hay tramas que buscan la sutileza pero fracasan al final, objetivos que se cumplen solo por casualidad (Deus Ex Machina) y la película adolece de una fotografía pésima, que trata de emular filmes del siglo pasado, pero la cual se siente más bien plástica. Y, para seguir aumentando leña en la hoguera, el vestuario y los escenarios se sienten artificiales en muchos momentos.

El trío de actrices que protagoniza The Little Hours está acostumbrado a este tipo de proyectos. En esta película, Aubrey Plaza es la que más destaca. | Fuente: IMDB

¿Merece entonces la pena visualizar esta película? Depende. Más allá de aquellos errores, lo que termina por hacerla entretenida es la actuación de su virtuoso cast. No es lo mejor que estos actores han hecho, pero, sin duda alguna, sostienen muy bien el filme. Imposible no caer dentro del efecto Aubrey Plaza, que es retratada como una bruja vestida de monja, la inocencia molesta característica de Community de Alison Brie, la excentricidad de Kate Micucci o la picardía de Dave Franco, que es transformado en un objeto sexual que atraviesa por muchos periplos.

Son los actores quienes salvan la película, ya que si bien el sexo, el motor de la misma, puede ofrecer momentos hilarantes como reflexivos, es el carisma que poseen para interpretarlos lo que termina de vender la ficción. El director, lamentablemente, suprime las grandes ideas que origina. El sexo, que se convierte en la medicina al nihilismo de Alessandra (Alison Brie), pierde el peso que tiene en dos escenas. El lesbianismo de una de las hermanas nunca llega a ser bien retratado. Simplemente hay error tras error.

The Little Hours es una experiencia contradictoria, un chiste efectivo pero amorfo. Eso sí, la única verdad universal aquí es que si un fanático católico ve esta película no la disfrutará.