Estrenada en 2018, esta película colombiana que toma lugar en un desierto distópico busca metáforas y belleza en los planos sin lograr una gran historia.

Lo olvidado, lo agreste, lo hostil. Las primeras escenas de Sal (2018), película dirigida por el colombiano William Vega, son un conjunto de eventos silenciosos, donde la cámara reposa, no se apresura y nos deja en claro que el lugar donde nos encontramos pertenece a los desprovistos, a los rechazados. Con una fotografía impecable, que retrata hermosamente el desierto de la Tatacoa, a cargo de David Gallego, nos sumergimos en lo que tranquilamente podría ser un mundo post-apocalíptico. Aquí las viviendas que apenas existen son constituidas a base de planchas de metal; el agua no es limpia; la dieta de sus habitantes consiste en lo que cazan y las plantas que recolectan, y los piratas controlan todo a base plomo y violencia. Un universo dentro de Colombia.

Nuestro protagonista, Heraldo, se ve atrapado en un relato similar al de Pedro Páramo. Busca a su padre en tierras olvidadas, pero un accidente lo estanca en el desierto. Y así, como en la novela de Juan Rulfo, donde descubrimos personajes mágicos y fantasmagóricos, en Sal conocemos a una pareja de ermitaños, Salomón y Magdalena, quienes resultan inquietantes y misteriosos. Ambos ayudarán a Heraldo a salir de ese inhóspito lugar y llegar a Remolino, reparando el único medio de transporte que posee: su motocicleta. Y en el proceso, desarrollarán una relación que cambiará la perspectiva de vida del joven, en un discurso contemplativo e incluso filosófico.

Las obras que lidian con el desierto tienden al silencio, a la sutileza. Por hablar de una de las más conocidas a escala global, puedo mencionar a Mad Max, donde no se necesitan palabras para avanzar con la historia. Y esto se replica en Sal. El filme funciona a base de metáforas muy bien implementadas, en silencios que resultan enigmáticos y que nos capturan. La sal, por ejemplo, es balance del ecosistema al cual pertenecen los personajes de esta historia. Adopta el rol de medicina, moneda, objeto precioso y rastro del océano. Asimismo, en este discurso existencial, descubrimos que Heraldo es un Sísifo que constantemente avanza y cae, lo cual queda más que claro a través de un plano casi al finalizar la película.

Sin embargo, más allá de estas virtudes visuales, la historia no termina de enganchar. Es cierto que la obra nos hablará de cómo Heraldo encontrará al padre que nunca conoció en un lugar donde no imaginó, pero las decisiones que llevan al este desenlace terminan por sentirse improvisadas. Los diálogos, en su mayoría ingeniosos, no son compensados por las actuaciones. Las acciones no tienen un peso dramático que sorprendan al espectador. La dinámica entre la pareja se siente casi vacía. Los piratas en realidad no terminan por participar activamente en el desarrollo de la trama, porque si los hubiesen extirpado, la película hubiese terminado igual, tal vez con una o dos conversaciones menos.

En sí, lo que pudo ser una película sobre el sobrevivir, sobre las dinámicas de poder en una sociedad casi anarquista, termina en una historia más íntima, pero simple. Grandes imágenes y metáforas delicadas no construyen una gran historia. Hay personajes que en ciertos momentos se sienten muy importantes, pero luego resultan vacíos y no cierran sus arcos. En una escena nos salimos de la atmósfera sofocante donde Heraldo se encuentra y nos topamos con su pasado, que es anodino, sin mucho sustento y solo termina por esclarecer de quien era la voz que escuchamos a lo largo de la película en voz en off. Se pierden minutos valiosos y no hay dirección clara. Esto refleja que Sal pretende mucho, pero no termina de triunfar. Es una película de grandes tomas pero que no compensa la figuras que usa.

Puedes ver la película aquí.