Una película que nos muestra el choque de las dos caras de Corea del Sur y que crea una gran fábula entorno a la diferencia de clases sociales.

La definición de la palabra parásito afirma que se trata de un organismo que se integra a otro, debilitándolo, consumiéndolo, pero, generalmente, sin llegar a matarlo. Huésped y anfitrión. La biología, que conoce esta relación como parasitismo, indica que estas son muy específicas entre las especies. Un tipo de parásito solo puede habitar cierto tipo de hospedador. Así pues, aún esta situación, existe cierto tipo de armonía, ya que de no suceder esto los parásitos mueren, pues no están capacitados para vivir libremente en el ambiente, salvo en ciertas excepciones.

La película surcoreana explora varios géneros a lo largo de las dos horas que dura.

Parasite (Gisaengchung). Ese fue el nombre que Bong Joon-ho, autor de otras grandes películas como OKJA y Snowpiercer, le dio a la obra que en el 2019 lo llevó a romper lo establecido en la industria del cine, al ser la primera película en lengua no inglesa que ganase el Óscar a la mejor película en la famosa ceremonia. Y el director no pudo haber elegido mejor título, pues la película, que muchos han interpretado como la eterna lucha de clases, hace honor a este concepto, debido a que dentro de ella tenemos dos fuerzas que tanto como se oponen se complementan.

La relación entre los personajes es sublime, las actuaciones no dejan de sorprender. Parasite es una de las mejores películas de la década porque presta una atención cada detalle que la compone. En cada plano, en cada espacio, en la dirección de sus personajes, en su fotografía, en su arte, pero, principalmente, en las potentes ideas que reúne hay ganas de transmitir, de hacernos reflexionar. Y todo esto, amalgamado en dos horas y algo más de duración, la convierten en una obra casi irrepetible.

En pocas palabras, el filme nos cuenta el encuentro de dos familias: los Kim y los Park. Opuestas, antagónicas, antónimas. Ambas son las dos caras de Corea del Sur, un pueblo que en los últimos años ha tenido un crecimiento económico tan acelerado que, de una forma u otra, ha incrementado la brecha económica que existe entre las clases sociales. En los espacios que visitamos a través de la lente observamos lo ruidoso y lo silencioso de esta sociedad, y en ambas familias encontramos las antípodas de Corea del Sur. Los Kim, los pobres, son una familia disfuncional, que, debido a una propuesta laboral que consigue el mayor de los hijos para enseñarle inglés a la hija de los Park, encontrarán la manera de escapar de su condición social y mimetizarse en el ecosistema ostentoso de la familia Park, lo cual termina rompiendo con el balance.

La creación de los espacios que habitan los personajes respiran la personalidad de cada una de las familias.

A raíz de ello muchos sucesos misteriosos como extraordinarios ocurren. La película, que con destreza los narrará, nos sumergirá incluso dentro de varios géneros. A veces puede ser una comedia hilarante e incluso situacional, a veces puede petrificarnos como un gran thriller o puede hacernos sentir la paz de disfrutar una tarde de juegos como en el mejor de los dramas. La manera en la cual fluye entre estos es destacable. Las transiciones no se sienten, y esto se debe, principalmente, a que comprende a sus personajes, entiende sus contrastes, sus actitudes y actividades cotidianas. Todo en Parasite importa. Es una obra que, aunque se repita una y otra vez, cuida mucho del detalle.

Los contrastes

En una de las primeras escenas de la película se muestra a la familia Kim resistiendo el gas fumigador, lo cual refuerza la idea de “plaga”.

La introducción de los Kim dentro del filme es simplemente una clase de cine. En solo unos cuantos segundos la película nos bombardea con simbolismos y figuras retóricas que no solo sirven como un factor estético. A través de imágenes, de la posición de la cámara y detalles en el fondo del plano, nos muestra a esta familia como si fuesen cucarachas, como seres subterráneos, que viven en un nivel incluso inferior al de la mierda —literalmente—. Para ellos, más importante que vivir cómodamente es obtener la señal de wi-fi —un sentimiento que en esta era es universal—. Son cuerpos estancados, sin posibilidades de aspirar a algo más, cuya principal ocupación en unos años será prescindible por las máquinas. Para los Kim, simplemente no existe el futuro.

En contraposición, tenemos a los Park, una familia acomodada. Todo en ellos es lujo y apariencias, desde la forma de mirar al resto hasta la artificialidad de hacer el amor. La casa donde viven es un belleza arquitectónica, que nos demuestra que ellos son lo que el capitalismo soñó. Espacios, comodidades, el mundo a un boleto de distancia, la limpieza. Distan tanto los mundos de ambas familia que incluso los olores son una forma de identificarse entre ellos, como si se tratasen de animales. Tanto la pobreza como la riqueza tienen una fragancia.

Entonces, al establecer estos personajes, es obvio suponer que los Kim serán los antagonistas y arrebatarán la estabilidad que los Park han construido, ¿no? Bueno, no precisamente. Si bien la película nos da estos contrastes tan fuertes, no significa que sea una obra que victimice a unos y glorifique a otros. Los grises, los diferentes matices morales que existen en las sociedades es algo que ha interesado a Bon Joon-ho incluso desde proyectos anteriores. La maldad, para el director, no pertenece a una clase social. Y es allí donde esta película triunfa, porque el espectador no puede empatizar por completo con ninguna de las dos caras de Corea del Sur .

Identificando al parásito

Mientras los Kim piensan en cómo sobrevivir el día a día, los Park se preocupan por el arte y las posibilidades que ofrece un sistema económico que los favorece.

La pregunta ¿quién es el parásito en esta película? nace desde la publicidad de la misma. Y esta tiene varias respuestas, dependiendo mucho del espectador. En un inicio es normal suponer que son los Kim. Ellos son presentados como bestias. En una escena incluso, como si fuesen depredadores, acorralan a la empleada de una pizzería. Pensamos en ellos como villanos, como quienes llegarán a aprovecharse de esa inocencia artificial que poseen los Park. Sin embargo, hay un problema con esta teoría. Los parásitos son organismos que viven cómodamente, y son —por así decirlo— una fracción del cuerpo que habitan y carcomen. Entonces, ¿por qué no empezar por allí?

Una de las tantas respuestas a esta pregunta se halla en una escena donde una lluvia inicia. Lo que resulta un diluvio para una parte de Corea del Sur, para la otra es un tarde anecdótica. Los parásitos, en este sentido, son la especie de los Park, ya que son una minoría dentro de Corea del Sur. Así pues, el organismo sufre, el parásito no. ¿Y qué se hace con los parásitos? Se los extermina, ¿cierto? El resto de la película servirá como una respuesta que es mejor que cada uno descubra.

Parasite, además de construir esta hermosa fábula, está repleta de muchos momentos que me llevarían horas discutir. Hablar por ejemplo de cómo la arquitectura influye en la narrativa requiere su propio ensayo. Hablar de la importancia que ha tenido para descentralizar el cine a nivel global y mirar a Corea del Sur como un país con una industria cultural que se va solidificando también requiere otro. Merece todo los elogios que la prensa le ha dado y es una de esas pequeñas joyas que llega a nosotros cada tanto en el cine.