Un thriller situado en los Andes Peruanos donde el misterio de la muerte de un pastor desata lo peor de sus protagonistas, destruyéndolos.

«Ten más miedo de los vivos que de los muertos», me ha dicho mi madre muchas veces. Es un dicho popular, porque cualquier persona puede convertirse en un ser abominable en cualquier momento. Golpea, insulta, quema, asesina. Un hombre termina donde inicia otro. No hay que ser genios para darse cuenta. Y La Luz en el Cerro nos habla de esto. De en qué somos capaces transformarnos con tal obtener lo que queremos, al más puro estilo de La Pata de Mono.

Podría catalogar a este metraje, dirigido por Ricardo Velarde, como una obra que trata de la avaricia. Casi todos los personajes de este thriller buscan desesperadamente el dinero. Solo por nombrar un ejemplo, dentro de esta historia encontramos a Chapi, un poblador que se dedica a buscar metales preciosos. Olvidado. Destruido. Sucio. Una alegoría hecha carne y hueso. Y los personajes que no están corrompidos por esto casi no tienen voz.

Los dos protagonistas de esta película: Jefferson Villalba (Manuel Gold), un practicante de medicina forense que trabaja en la morgue del pueblo, y el oficial Padilla (Ramón García), también prosiguen la idea de la codicia. Ambos, que se complementan, necesitan el dinero para escapar de la situación en la que están. Jefferson es un muchacho pragmático y egoísta. Detesta al policía por recordarle a su padre autoritario. Busca regresar a Lima y utiliza a su colega el Chino para muchas cosas. Padilla es un hombre redimido. Está alejado de su hija. Protege lo más que puede a los pobladores a su cargo. Y ambos, por separado, se encargarán de desvelar la misteriosa muerte del pastor José.

La construcción de cada uno de ellos es correcta. Ninguno está idealizado. Los dos toman decisiones dudosas e incluso contradictorias, lo cual los enriquece mucho. Todo está en escala de grises. Ambos tienen virtudes y defectos que no nos hacen escoger un héroe. Sin embargo, Ramón García se lleva el espectáculo, tanto por el background que posee como por la pasión con la cual interpreta su personaje.

En tanto a los otros, mayormente sirven para que la trama prosiga. Una femme fatale, un déspota y la familia del pastor muerto. Cada uno de ellos nos enseña un poco de cómo funcionan las cosas en la sierra. Desde la disputa de las tierras hasta un funeral bellamente filmado —personalmente, una de mis escenas favoritas—.

El desarrollo de la historia es correcto. No requerimos de mucho diálogo expositivo. La prisa por acabar de examinar un cadáver, el acabarse las galletas de alguien más y cosas similares nos explican las actitudes de nuestros personajes. Aunque cabe señalar esta película tiene algunas debilidades en el guion. ¿Por qué cierto personaje llegó allí? ¿Cómo se enteraron de ciertos datos? ¿Cómo se enteró que estaba allí? Entre otros. 

Pero lo que importa, el misterio, paulatinamente, cumple. Desencadena una serie de eventos que nos mantienen pegados al asiento, expectantes. La histeria de todo el pueblo en torno a lo que se oculta la muerte del pastor nos revela adonde nos lleva la codicia. El oro vuelve loco a todos. Queda la destrucción. Sacrificar la vida de alguien, ser un corrupto, asesinar, moler a golpes. La tensión es manejada perfectamente conforme va terminando el filme, y todo cierra de una forma casi poética, donde todo el caos regresa a su orden y prevalece la inocencia de quienes no están corruptos.

Dentro del aspecto fílmico, desde un inicio la obra juega con nosotros. Lo místico y mágico, presente en los accidentes geográficos de la sierra, nos da imágenes potentes. La muerte del pastor parece ser provocada por un ente infernal por la forma en la cual se realiza. La música aquí sirve su propósito. Agobia y provoca una especie de soroche. Sin embargo, esta idea, posteriormente, se reduce por la ciencia. Y no es algo casual. Como ya he mencionado, la realidad es más atemorizante. Está presente desde el primer cadáver que vemos en la morgue, el cual es una mujer estrangulada. La violencia, la codicia, todo nos sugiere cada vez más un escenario más áspero. Presente también, por ejemplo, en la cantina del pueblo y en ciertos detalles sobre cómo funciona la justicia en la sierra.

En conclusión, La Luz en el Cerro es un buen thriller que nos habla del Ande sin tenerlo como algo exótico, sino que aprovecha sus elementos para contarnos una historia interesante. Una película que no teme tomar riesgos y es inquietantemente real.

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