Pony de Orville Peck

El cantante de country es un misterio en sí mismo. Una máscara oculta su rostro, pero en sus canciones hay espacio para la sinceridad, pasiones profundas y un sentido de libertad. En 2019 nos regaló Pony, su primer álbum, que muestra el mundo del cowboy desde una perspectiva íntima y queer.

Lo lúgubre y lo tierno conviven en la voz de Orville Peck. Su mundo es un misticismo, una ficción que nos invita a creer en las pasiones ocultas al acabarse el sol e iniciar la noche. En Pony, su primer álbum, el cantante usa sus cuerdas vocales como un instrumento que nos lleva a tiempos que muchos de nosotros ni siquiera vivimos. Y aún así, su música se siente próxima y nuestra. En el timbre y tono de su canto, existen rastros de los años setenta y ochenta. En sus letras, figuras oscuras que nacen de lo profundo de sus sentimientos. A veces parece que el cantante se difumina con Johnny Cash. A veces, con Ian Curtis. Sin embargo, mantiene una frescura, vigencia e inocencia propia de su edad y los tiempos que vivimos.

Todo inicia fabulosamente. Con Dead of the Night, los temas principales son impuestos. El amor, su brevedad —la nuestra misma—, la libertad y las réplicas que genera el vivir. El track narra la tristeza de un amante que, en la solitaria noche, viaja seis años atrás cuando todavía compartía su cama con alguien que amaba. Las luces de Carson City son las cenizas de esos ayeres. La misma ruta, pero otro tiempo. Así pues, inmersos en esa atmósfera, acompañados de la voz frágil y profunda que Peck imprime a lo largo del tema cuando canta “Mira a los chicos pasar por ella”, logra una dulce melancolía.

En Winds Change el amor se pierde. Queda rezagado. Orville escapa de este. Los acordes que lo acompañan le brindan un sentido de libertad. “Conocí a muchos hombres que me llamaría hermoso”. La homosexualidad del artista, parte de la identidad de su obra, aquí se descubre. Al terminar, Turn to Hate suena. Y si bien no gana la fuerza de sus predecesoras, antecede perfectamente a Buffalo Run, una canción, que explora mejor el sentido vivir libremente. Las percusiones se convierten en pisadas. El canto de Peck adquiere un color definido. Fuerte. Todo se siente como una estampida. Vivir no es un regalo, sino un frenesí. En este sentido —tal vez existencial—, luego Queen of the Rodeo nos muestra al artista como persona. El rodeo es una excusa alegórica. Este se convierte simplemente en una especie de infinito. El vaquero realiza su show absurdo para los otros, no para él. Un espectáculo sin fin, un teatro triste. ¿Qué hacemos entonces? Simplemente seguir. Al sonar Kansas (Remembers Me Now) otra cara más se muestra. El punto de partida son los asesinatos cometidos por Perry Smith y Dick Hickock, personajes del libro A Sangre Fría, de Truman Capote. Ambos héroes trágicos para Peck. La vida solo es un cúmulo de errores. En la atrocidad existe la ternura. Monstruos, pero recordados. Una gran ironía, que en torno a lo triste de los acordes, parece que antecede al día de la ejecución de ambos. Simplemente, una maravilla.

Después, Old River, donde Peck toma una pausa. No llega a ser una canción en sí. No es memorable, lamentablemente. No obstante, al iniciar Big Sky, ese estado anodino se abandona y todo se llena de azules. Una colección de sus amores. Los hombres, que en su vida representaron las etapas del amor en sí. A través de las estrofas, se realiza una colección íntima y llena de nostalgia e imposibilidad. De las mejores pistas del proyecto. Entonces, Roses Are Falling invade el reproductor. Básicamente, es una balada sobre un amor tan fuerte y polarizado que lo lleva a uno a la locura. “Cariño, tu traes lo peor de mí”. “Creo que nadie es perfecto/ pero ellos no han visto a un diablo como tú”. Luego, en Take You Back, figuras como cascabeles y caballos aparecen. Se deja al amante atrás, y todo incluso posee un tono jocoso, que dista del concepto y los matices del disco. Sin embargo, Hope to Die luego empieza. Es un lamento que busca ayeres idealizados. Un fatalismo hecho música. Tal vez muy meloso para algunos o muy profundo para otros. Las letras e instrumentación se mezclan perfectamente con la voz del artista. Es en pistas como estas donde el proyecta funciona mucho mejor. Esta canción son los hollines del incendio de Dead of the Night. Hay dulzura, hay tristeza. Todo es muy dramático. Orville en su mejor presentación.

Y tal vez hubiese sido perfecto acabar así, pero hay una pequeña canción adicional que finaliza este viaje: Nothing Fades Like the Light. Una triste y delicada colección de segundos que terminan por confirmar el dolor de haber abandonado y seguir con lo que llamamos vida. Así pues, termina todo, en un melancolía. Tal vez no es un disco para todos, un proyecto que en algunas partes se debilita, pero que contiene identidad y espíritu, dos conceptos importantes para seguir viviendo y cabalgando nuestros días.

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