Closer de Joy Division

Un recuento de pasajes donde la muerte siempre está al acecho y las letras nos sucumben en una espiral oscura. El segundo y último álbum de Joy Division, el más eterno también.

Hablar de Closer es hablar de las ruinas de la vida, de los estragos que dejan los excesos y la vulnerabilidad que como seres humanos poseemos. Desde la carátula del disco, lo fúnebre, lo espectral, nos acecha. Esta, que fue diseñada por Martyn Atkins y Peter Saville, nos muestra la imagen lúgubre de un entierro esculpido; una fotografía tomada por Bernard Pierre Wolff en un cementerio, donde el lamento y la tristeza se impregnan en nuestra vista, componiendo un cuadro desolador. Así, los claroscuros llenan de misticismo el álbum. Lo inerte inquieta. Sin siquiera escucharlo, el disco logra su propósito: conmovernos —tal vez atemorizarnos—. Como si se tratase de un libro prohibido, de una novela antigua, empolvada, la composición atemporal de la portada exige nuestro respeto.

Closer se compone de nueve canciones que en cuarenta y dos minutos nos desgarran, petrifican y (si no es un buen día) rompen. Esta obra, la cual es un epitafio hecho música, inicia Atrocity Exhibition. Allí las percusiones, las distorsiones y el bajo producen una sensación casi tribal. Nos damos cuenta que, a diferencia de Unknown Pleasures, la voz de Curtis queda disimulada ante la instrumentación, una variable que se mantendrá a lo largo del proyecto. La producción de Martin Hannett, hecha a base de enigmáticos paisajes sonoros, desde un inicio toma el protagonismo. Esto, consecuentemente, lleva a que el horror (o lo trágico) se deslice a través de las letras. La locura pronto se manifiesta. Nos encontramos en un mundo anárquico, sangriento. «Take my hand and I’ll show you what was and will be», canta el vocalista. Consciente del espectáculo al cual nos está sometiendo, de la respuesta tácita que todos intuimos, la banda inicia el camino.

Isolation es el segundo corte. Demencia, soledad, culpa. El vacío se siente a través de las letras de Ian. Su canto es distante, como si perteneciese a otro plano. Todo resulta hipnótico, claustrofóbico. «Mother I tried please believe me / I’m doing the best that I can», dice. Y solo puedo pensar en la locura, una forma de soportar el encierro, y la repetición casi extenuante de las notas. Tiempo. Más tiempo. Así pues, inicia Passover —Pascua en español—. «Moving along in our God given ways / Safety is sat by the fire / Sanctuary from these feverish smiles / Left with a mark on the door / Is this the gift that I wanted to give?». Las referencias bíblicas son obvias. La vida entonces se convierte en una lucha. La muerte es algo inevitable, solo queda el ritmo del tambor.

Después, Colony, una pista que nos hunde en la bestialidad. La vida privada del cantautor se deja intuir en los versos. «We used to always meet here / As he lays asleep, she takes him in her arms / Some things I have to do, but I don’t mean you harm». Se proyecta. El abandono de la seguridad y lo idealizado deja al protagonista un mundo de tinieblas, donde predomina el conflicto, la crueldad y la desesperanza. Al final, repetidas veces, encomienda todo a Dios. Suenan los lamentos, la locura, mientras las líneas de bajo nos someten. Ian está atrapado. A Means to an End, el quinto corte. Para este punto, el desmembramiento del vocalista es una realidad. Entonces, el amor: un espectáculo putrefacto. De entre todas las canciones, esta es la que más que recuerda al Unknown Pleasures. La voz de Curtis empieza a cobrar más importancia, pero ¿bajo qué perspectiva canta? Los coros se desentienden la canción. Sirven a manera de recriminación, como latigazos de su consciencia. «I put my trust in you». Hay distanciamiento: el amor se pierde.

Si bien A means to an End ya aminoraba la estridencia de los instrumentos, es a partir del track 6, Heart and Soul, donde los ritmos cobran un sentido más melancólico y sutil. En esta pieza se percibe el uso del búnker para la grabación del disco. Se siente más la humedad, lo hueco del sonido. Desde un abismo, la banda toca. «A circus complete with all fools / Foundations that lasted the ages / Then ripped apart at their roots / Beyond all this good is the terror / The grip of a mercenary hand». Curtis aprovecha para realizar una crítica a la iglesia. ¿Cuerpo o espíritu? No importa. Los tintes nihilista de este track son simplemente fascinantes. Y ni hablar de las percusiones, que, como todo el disco, logran una disonancia de la realidad.

A partir de aquí, cada segundo se tornará más sombrío y angular. Desesperación, angustia, pánico. Podría nombrar más adjetivos y sustantivos. Miedo, vértigo. El tiempo que nos queda de álbum se convierte en una espiral. Sonarán tres canciones más. Twenty Four Hours: el amor destrozado, una colección de deseos incinerados. The Eternal: una prolongada procesión observada a través de dos momentos en la vida del cantante —la primera, cuando todavía tenía fe y el mundo se le antojaba enorme y magnífico; la segunda, cuando de la vida solo queda cenizas—. Decades: una canción simplemente tétrica. Seis minutos donde el disco nos habla de una vida de horrores y arrepentimientos. Una canción donde los corazones de los hombres son estériles: simplemente, órganos vacíos. ¿Dónde han estado? La pregunta deja una ausencia casi desoladora. Cada uno de nosotros posee una respuesta.

Al final, todo se disuelve. No obstante, como si se hubiese tratado de un terremoto, el escucha tiene que recoger los escombros de esta experiencia. Porque para (muchos de) nosotros, a fin de cuentas, la experiencia de Closer dura menos de una hora, pero Ian Curtis, seguramente, tuvo que afrontar este periplo por incontables horas, días y noches, donde la muerte siempre estuvo cerca.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Perfiles en Redes Sociales