Suricatas en Ica

La segunda infancia

Esta suricata, que aprovecha los sábados para regresar a su natal Chincha, recuerda con cariño una vida llena de alegrías al lado de su abuela.

¿A qué edad regresamos en el tiempo? En estas últimas semanas he vuelto los sábados a mi Chincha natal, la tierra en el zapato colándose en mis pantalones, los reencuentros con primos y tíos y el cariño de mi abuela. La abracé de nuevo, nos encontramos en nuestras manos, besé sus mejillas. Volví a quererla. Y noté que la mujer que cuando bebé me había hecho bailar en sus faldas y sostenido con sus brazos ya no era la misma. Había rejuvenecido.

Mi abuela fue la primera cuentista que conocí. No es que tuviésemos una biblioteca en la casa de Chavín, una larga colección de películas o siquiera un escritorio. De hecho, podría contar con los dedos las veces que la he visto escribir. Éramos pobres. Una mesa de madera, dos bancos extensos y trémulos donde toda familia se reunía en la cocina. Gabriela, pásame la mantequilla. Yipapi, no seas caprichoso. Malinda, ¿me sirve más comida? Narraciones corales. E Hilda, mi abuela, siempre aderezando la tarde con pretéritos extravagantes y mágicos. ¿Recuerdan que a Gabriel una negra le pidió matrimonio con una mano de plátano? O las colas para comprar pan cuando el APRA gobernó, o las palomas que la pobreza nos hizo comer. Pero la risa, la satisfacción, los graneados arroces en amores con nuestras lenguas. Repetíamos una vez, dos veces, hasta que las telenovelas en aquel extinto, orondo, negro y viejo televisor iniciaban.

Siempre ATV. Actores mexicanos, venezolanos o brasileños. Las tardes enteras frente al aparato. Luego, la biblia. Posición encorvada. Mateo, Pedro, Marcos. Mi abuela siempre devota y yo con miedo al Apocalipsis. Nunca te mueras, Malinda, nunca me dejes, pensaba. En mis pesadillas más profundas sonaban celestiales trompetas y cuatro jinetes desde Cañete se nos aproximaban.

Con el pasar de mi vida, Chincha fue reduciéndose en mí, pero mi abuela nunca, jamás. Los años pasaron a ser veranos; los veranos, fines de semana; y aquellos fines de semana, días anecdóticos. ¡Qué milagro que vienes, Yipapi! ¡Qué alto! Sin embargo, un metro y setenta desde los trece años y un rostro imberbe conservado desde la infancia. Tal vez por ello Mamalinda alegre, con los ojos prístinos y un ¿qué te sirvo?, pese a que fuesen las once de la noche. Regresó el consentido, pues, y nada, ¿cómo has estado, Malinda? La casa, cada vez más pequeña, menos saturada, nunca se recuperó de aquel agosto de 2007 cuando gritos en las calles, el techo destruido, llamadas provenientes de Lima y Santiago, ¿lo recuerdan?, él estuvo en Ica y vio cadáveres en la pista. Dormimos en carpas, donde Rafael. ¿Y por qué la abuela no se va donde Quita, con Yipapi? Y luego el adobe se transformó en triplay, por si la tierra nos castigaba de nuevo. Y Mamalinda sobreviviendo a todo.

No obstante, el tiempo, la razón de nuestra existencia. Con los años, los cambios de peinados y vestidos, hoy mi abuela apenas se mueve, aunque sigue leyendo su biblia, mira sus telenovelas y conserva sus ganas tercas de servirnos platos deliciosos que saben a Chincha. Cierto, cada vez articula menos sílabas y sus oraciones se simplifican. A veces, a la mitad de sus diálogos, cae en el sueño. Pero nada de esto evita que el amor que todos sentimos hacia ella persista. El domingo pasado, al atravesar el umbral, este mismo me capturó gracias a su mirada. Me preguntó sobre lo que escribo en la revista donde actualmente trabajo, tan curiosa como niña de primaria. Le mostré los perfiles, brilló su mirada. Entonces recordé que quince años atrás yo también le preguntaba con afán sobre los camotes y mangos que traía del mercado. Mi mano tiraba de su falda, y ella me daba dulces para calmar mi hambre gargantúa. Abuela, en esta última etapa de tu vida, yo estaré para ti.

«Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles». -El sonido y la furia

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