Suricatas en Ica

Hoy no hay comida

Esta suricata solitaria extraña la experiencia culinaria que los platos de su madre le brindaban. Así, recuerda con cariño aquellos ayeres.

Una de las innumerables cosas que más extraño de vivir con mi madre son los platos calientes de comida. En todos estos años me malacostumbró a la gula, a la saciedad, a que mágicamente los arroces siempre se multiplicaran, a comer deliciosamente, sin conocimiento de causa: a, simplemente, disfrutar de la vida.

Recordar los platos favoritos sería nombrarlos todos. Desde el puré de espinaca hasta el arroz tapado. Recordar la preparación es narrar la crónica de un rito mágico. Mi madre muchas veces se levantó temprano, antes que las aves, para acomodar las ollas y empezar a pelar, cortar o remojar las verduras. Los olores que la cocina emanaba en esas horas, al borde del azul, eran retazos de una infancia más simple en Chincha, jugando el fútbol con chapitas en lugar de pelotas y una estera que cumplía la función de arco y llegar luego cansado, tengo hambre, un plato de Carapulcra, mancharse los polos y la gordura de los siete años.

Hoy no existe nada de ello. Una botella de agua ‘Cielo’ en el escritorio resume mis habilidades culinarias. Doce la mañana y todo sigue oscuro. Solo persiste lo artificial. Envolturas de aluminio que se enlazan a envases de plástico, cupones de descuento y la pantalla del celular que únicamente me dice «compra».

El azar se ha apoderado de mí. Hasta hace solo unas semanas: ¿mamá, qué habrá de comida mañana? Llegaba a las diez de la noche y aun así respondía. Ají de gallina, lomo saltado, chanfainita, tantos etcéteras. Tenía entonces la convicción de que al día siguiente el vapor de las ollas revolucionaría mi rostro. Sin embargo, desde hace unos cuantos días todo es tan precoz y prematuro. Me siento en el filo de una silla, en un menú de Berlín. Pido, ordeno, todo se hace con rapidez. Llega el plato, ornamentado con orégano en los bordes, se siente como una simple fórmula. Y, en lo tácito, como.

Porque tal vez, en lugar de la comida, lo que más extraño de mi madre, hoy que vivo solo, es ayudarla a cocinar. Mover el cucharón de la olla, pelar las papas, ir a comprar lo faltante. Hablábamos de pasados más remotos, momentos prístinos, injusticias y ambiciones. Reíamos, bromeábamos y aunque muchas veces discutíamos siempre nos reconciliábamos. La comida era lo más espiritual de nuestro hogar, lo que llevaré siempre en mi corazón.

«Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles». -El sonido y la furia

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