Suricatas en Ica

Prematura muerte

Esta suricata se mudó de su hogar después de 23 años.

La vida cupo en unas cajas. Los siete años apenas en la mitad de una. Los cuadernos que había escrito, algunos deshechos, amarillentos e hilados precariamente, contuvieron una década y sentí como me iba abandonando.

Poco a poco, observé la desaparición de mí mismo. Primero fueron las novelas, arrimadas todas: las buenas y las malas. Jose Saramago, J.k. Rowling, Vargas Llosa. Vi a las páginas que antaño habían cambiado mis hábitos de sueño, congregarse en cajas de cartón. Seguramente felices, ya que en los últimos años solo decoraban mi librero y engañaban a los intrusos de mi hogar con una falsa inteligencia.

Luego, los peluches, los juegos y los regalos, que se reunieron en bolsas negras del tamaño de un cadáver infantil. ¡Cuántos recuerdos vi transitar allí! Relaciones esperanzadoras de toda la vida seremos amigos, iremos de viaje algún día al norte y siempre te recordaré. Relaciones fugaces e intensas, como el mediodía del verano en La Molina, como los besos a los trece años. Relaciones pretéritas, llenas de despedidas momentáneas que se transformaron en adioses. Promesas vacuas, silentes, que, como el peluche de rana que una vieja amiga un día me dio, se llenaron de polvo y fueron recluidas en un rincón apartado de mi corazón, donde ya no incomodan y juegan a la invisibilidad.

Mirar el ropero vacío y el librero hambriento me dio la sensación de haberme muerto. Mi vida aquí se ha terminado. Mis posesiones se van conmigo. Ahora entiendo a los egipcios. He pasado veintitrés años en estas paredes. Aquí mi espalda tentó ser una joroba. Aquí supe que amaba y que amaba también la poesía. Aquí pequé. Aquí fui. Mi cuarto era yo; y este, simplemente, una extensión de mi esqueleto.

Cuando quitaron los muebles y solo quedó el colchón, vi a lo largo de las superficies trazos rupestres de mi pasado. La rebeldía de esos años me hizo citar a Nietzsche en las paredes, a Voltaire en el techo y pedirle a una amiga que dibujase a un inconcluso David Bowie de mirada escondida.

Me dolió el haberme borrado. Mi cuarto fue el mundo donde infinitas veces mi voz, tu voz, hagamos silencio, que está mi mamá, no, aviador, sí, somos novios, sí, tal vez algo más, no lo sé, pero un día, fracasé, podré más, eres más de lo que crees, yo no sé, yo no sé. Y, mientras el trapeador dejaba rastros de Poet y mi lecho iba siendo retirado por la puerta, sentí la levedad.

«Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles». -El sonido y la furia

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