Suricatas en Ica

Graduarse

Esta suricata se graduó de la universidad y piensa en cómo ha cambiado todo en los últimos años para ella.

Brevedad. La vida se pasa rápido. Se nos escapa de la mano. Ayer, mientras despertaba con la resaca de la noche del viernes, como un graduado de la universidad, pensé en los cinco años que se consumieron en los salones, en los amigos perdidos, los ganados, los que se mantuvieron y a lo que nunca consideré. Cada quien en su rumbo. Historias distintas, errores distintos.

Pensé en la primera tarde luego del colegio. Cuando alguien más con mi voz usaba mi nombre. El calor costeño del verano. Los cerros de La Molina, como un muro cenizo, que hoy, paulatinamente, en la parte más alta, donde a veces las nubes se apean, hay casas que se yerguen y parecen que se aparean con la pobreza y el polvo. Pensé en cómo cuando salí de quinto de secundaria la vida era otra. No tenían heridas mis piernas. Faltaban tres años para que un día, mientras caminaba despistado por San Isidro un buzón se abriese y me dejase tumbado tres días en la cama, cuatro para que me perdiese en Wisconsin y encontrase ciervos hurgando la basura de la casa en donde allí vivía.

Sí, una vida decente, común, sin muchos altos ni muchos bajos. Sin embargo, vivida. Ahora que ya no hay universidad lo que queda supone un nuevo proceso existencial. Seguramente más nauseas, procrastinaciones, eventos de viernes, resacas de sábado y esperanzas de los domingos.

Ahora madre ya no estará. Era tiempo creo yo. Nos acostumbramos mucho a la presencia de nuestra madre. Lloramos, como diría Vallejo, de morir en su tiempo. O algo similar. No estará el buenos días a las nueve de la mañana ni sus absurda manías de mantener toda la casa en estado porcelana. Y mientras coma, tres de la tarde, diré cosas como: «extraño el sabor de casa».

Dejaré de pasar cinco horas en los salones. Ya no coincidiré con extraños tan fácilmente. Ya no veré mi computadora por horas, joroba en la espalda, botellas de agua o gaseosa al lado y las quejas de mis pares que aman en lugar de vivir, y quienes, estoy más que convencido de ello, confunden el amar con el llanto.

Un flash. El viernes por la noche todos eran amigos. Afuera de la universidad, la vida era una misa. Abrazos, manos juntas. Ya no te veré, te deseo lo mejor, mano. Jugaremos pichanga el jueves. No te pierdas. Gracias por todo. Serenazgo cumplía su función, repelía la unión. De los parques migraban en jaurías los universitarios. La botella en la mano, el cigarro en los labios, la risa los abrazaba y, pese a las intensas luces azuladas de la autoridad, proseguían. Eran invencibles.

¿Recordaré esta noche si es que vivo otros diez años? Mis últimos dos años viví en revuelo. Enamorado y fracasando, pero escribiendo y viviendo. Tuve suerte también. Hice amigos con los cuales pude tomar la última noche, y mientras el licor se amalgamaba a mi sangre pensé: «carajo, la universidad no fue mala».

El viernes la vida se pasó rápida. Fugazmente, como un halo de luz, tres horas más tarde en Surco, empezando a rimar palabras debido a la ebriedad. Y sí, por el momento no pisaré una universidad, hasta que venga una maestría o algo similar. Como hace cinco años atrás, en el colegio, hoy soy otro. Tal vez mañana de nuevo sean cinco años.

«Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles». -El sonido y la furia

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