Tan adelante, Chile

Admiro a Chile desde hace mucho tiempo. Más allá de los conflictos nimios y aniñados que los mayores poseen contra ellos, siempre los he considerado como un lugar casi ficticio en Sudamérica, ya que, de niño –lo recuerdo apenas– cuando todavía era un ser activo en Tumblr y reposteaba imágenes monocromáticas, esotéricas y misteriosas de autores cuyos nombres no recuerdo hoy, conocí a un niño chileno de mi edad.

Teníamos muchos gustos afines. Ian Curtis, New Wave, Post-punk, Generación Beat, Gingsberg, Smashing Pumpkins. Teníamos un amor profundo por la literatura. Escribíamos poemas malísimos y los compartíamos entre los dos. Le contaba mis problemas; él, los suyos. Imágenes pueriles de amores citadinos construidos en lo furtivo. Parques enmarcados por casas, uniformes escolares, trenzas y manos sudorosas.

Sin embargo, existía algo que diferenciaba a mi amigo chileno del resto de los que conocí en mi vida. Su precoz interés por su educación.

En esos años, donde internet todavía era una rareza, era imposible seguir las noticias por allí. Y tampoco era que tuviese mucho interés: el gasto diario de los periódicos perforaba mis bolsillos y el mundo no se iba a detener por un niño por un niño de 14 años. Por lo cual, cuando mencionó que en su país los adolescentes marchaban, me resultó algo tan fascinante como extraño.

Según mi amigo, de quien no recuerdo el nombre lamentablemente, los estudiantes luchaban por tener una educación decente. Porque desde Arica hasta Puntas Arenas, dónde él residía, todos eran uno.

Para mí, aquello fue un precepto revolucionario. Más aun cuando las preocupaciones de mis similares por esas épocas eran: ¿Cómo hacemos para lucir mejor en esta foto? No, María, a Diego no le gustan así. ¿Y mañana qué en Cartoon Network? No había nadie, o casi nadie de mi edad, al menos en el distrito donde crecí, al que le interesase los problemas de la sociedad. Que la política es muy peligrosa, que es algo no comprensible, que no estamos hechos para ella, que para qué pensar en huevadas si, al final del día, no ganamos nada renegando. Y tal vez por ello muchos de los niños que conocí cuando apenas sabía cómo atarme la corbata, hoy, cuando ya manganzón, panza en lugar de barriga, miran al mundo y dicen: “no me interesa”.

Títeres y titiriteros. Esta dialéctica se repite en muchos aspectos de la vida. Muchos esperan a que alguien les diga qué hacer para hacer. Muchos gozan de dictar, manejar y manipular a quienes no razonan por sí mismos. Y luego están los que gozan de la burla, y que, en lugar de educar, demonizan, insultan y reducen a las personas que lamentablemente no fueron instruidas o viven cegadas. Jajaja, ese ignorante. Mátenlos. No valen nada. Para eso les pagaron el colegio.

En el país, en estos últimos meses, ha pasado de todo. Relatos estrambóticos se han construido, a través de la corrupción, favores y sobornos. Cuellos blancos. Lava Jato. Un Balazo. Loncheras. Un congreso hecho de azúcar.

¿Estamos mal? No lo creo. No del todo. Se han logrado cosas. Cuando el congreso fue disuelto no salieron los militares. Los opositores pudieron marchar. Todos se expresan. Pero todo queda, mayormente, en vítores desde un teclado o un tweet. Por ello, cuando el congreso fue disuelto la marcha que se hizo fue, sinceramente, mínima. Muchos medios buscaron hacerla gigante, tomando fotos en planos emotivos. Escapaban de los panorámicos. Muchos otros, lamentablemente, la ridiculizaron. Todo apoyo fue virtual, desde el sofá de la casa, la cama, la silla, las nalgas aplastadas. Sea como sea, con desidia, muy distinta a la manera chilena.

Admiro, envidio a Chile. Porque cuando los medios empezaron a informar de lo que estaba aconteciendo en sus calles la palabra ‘jóvenes’ y ‘estudiantes’ aparecían constantemente. Porque no callaron y aun en los toques de queda de un Piñera que los trató como menos se irguieron. Porque continuaron aun cuando la policía los estrujó. Según el Instituto Nacional de Derechos Humanos de Chile, existen 15 denuncias por violencia sexual, 5 por homicidios, 50 por torturas y otras por tratos crueles, inhumanos y degradantes.

Y aunque muchos afirman que unos céntimos de más del pasaje en el metro no hace la diferencia, y aunque muchos dicen que desde el 18 de octubre todo ha sido vandalismo, no se puede minimizar un reclamo que es real. Sí, hubieron excesos. Pero fue tonto el gobierno chileno. Si no hubiese mandado a los carabineros, no hubiesen quedado como lo que son. No jugaron bien sus fichas. 

Hay muchas aristas, muchos puntos los cuáles tocar. Que si es parte de una conspiración comunista que haría que los pantalones de más de uno se mojasen. Que si es parte de las nuevas ideas de la región. Que si es solo un síntoma reaccionario a sistemas de izquierda o derechas. Todos tienen algo que decir. Cosas inteligentes, así como tontas que lucen inteligentes, como el afirmar que hay una correlación entre el filme El Joker y los reclamos sociales del país sureño. Falacias. Estamos llenos de falacias.

Solo estoy consciente de lo real. De que ese pueblo sí está ejerciendo la democracia, porque sale, sin dejar a nadie atrás, sin que nadie sobre. Otakus sostienen carteles, mujeres con sus parejas actuales y pasadas caminan juntos, se baila, hacen comedia también. Ellos si no mandan ánimos por Facebook. Ellos sí pueden congregar a un millón de personas en una marcha y hacer que el resto de Sudamérica observe anonadado. Los chilenos están más avanzados que nosotros. Y quién sabe, tal vez, sólo tal vez, mi amigo chileno, que conocí casi una década atrás también caminó, también luchó, también levantó su voz.

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