Las erratas de la vida

Los errores gramaticales son para mí una pesadilla. Se cuelan en mis textos cuando los escribo y, más que faltas, son pecados. Una errata, en mi paranoía, tiene la cualidad de destruir un texto. Un punto mal colocado, una letra ida, provoca en mí angustia. ¿Pero cómo evitarlo? Dios, quisiera saberlo. En un mundo donde la velocidad es esencial para la creación de contenido, muchas veces es imposible (con la rapidez que te exigen) dejarse llevar por las palabras. A veces, devoro consonantes, expectoro un espacio de más, olvido presionar un botón y, con toda la vergüenza del mundo, dejo que mis dedos dominen a mi cerebro y escribo mayúsculas donde no debo.

La ansiedad me hace peor. Pero yo qué sé. Determinar qué o quién (metafísicamente hablando) ocasiona mis pecados —a veces atrocidades— es una cuestión circense, de malabares. Puedo pretender que hay una voz locuaz e irritante en mi nuca, aunque, estoy seguro, aquello me llevaría a un manicomio. Seguramente, si hubiese sido un griego asentado, hubiese creado un nuevo dios. Lo llamaría Distracción. Sin embargo, hoy, que reducimos la realidad a lo atómico, sería una empresa fútil.

La distracción, en realidad, es el asesino del arte y la vida. Heidegger lo dijo antes, con su teoría del hombre auténtico. ¿Y cómo no? Si nuestros días se llenasen de espectáculo, eventualmente (lo juro), nos olvidaríamos. ¿En qué piensa el hombre incendiado por las luces de la farándula? Diablos, no me imagino cuán perdida estaría la sociedad si su población, el gran átomo de la democracia, estuviese el día entero frente a una pantalla que proyecta únicamente espectáculo.

Lo que pasa es que tememos a la reflexión. Sin embargo, aun este siglo, los placeres más grandes de la vida se dan en pausas y respiros. ¿Es lo mismo hacer el amor rápidamente en un baño que en la privacidad de una cama, con el tiempo y espacio para correrse sin miedo? No lo creo. El placer, un sinónimo del arte, debe ser, por ley, meditado.

Y supongo que, con esa reflexión, podríamos explicar muchas cuestiones de nuestro tiempo como por qué McDonald’s no es comida gourmet; por qué una paja no será nunca lo mismo que follar; porque la improvisación no conmueve como los discursos; y por qué (con el perdón de mis colegas) el periodismo diario jamás será literatura.

La condición fugaz del hombre contemporáneo me aterra. Está tan obsesionado con recolectar y presumir que se ha transformado en un cuervo. Somos reyes del páramo. Hemos hecho que la cultura sea una industria. ¿Quién tiene tiempo de sentarse y pensar, y luego discutir y luego madurar? Diablos, incluso hemos logrado que el yoga sea visto como una rutina y no como un ejercicio espiritual.

¿He abierto los ojos? Reflexionar sobre cómo el mundo nos obliga a vivir nuestras vidas con rapidez es temerario. ¡Dilo! El antagonista de la humanidad, a parte de ella misma, es el reloj. Nos atormenta al levantarnos, controla nuestros días. Te levantaste: 5 minutos. Te bañaste: 10 minutos. Desayunaste: 20 minutos. El tráfico: 2 horas. El día perdido. Ya no vale la pena vivirlo.

¿Por qué otra razón las aplicaciones de productividad son tan populares? Es que somos, en realidad, máquinas. Deficientes, distraídas, mortales… pero máquinas al final del día, que, para producir, necesitan eficiencia y orden. Sólo así conseguiremos dinero, trabajo, familia, y, por consecuencia, felicidad. Es más, si se obtiene antes que el resto, la recompensa es el prestigio. «Mira, qué jóven y exitoso», dirán a tus espaldas.

La juventud perfecta es sinónimo de salud. Mente sana en cuerpo sano. Tu corazón vivirá más años si cuidas de ti. Por eso, estoy seguro que, si nuestros latidos no fuesen tan complicados de medir, se transformarían en la unidad primaria del tiempo.

Así pues, para no perder las buenas costumbres, sesenta latidos equivaldrían a un minuto. Pero, pensándolo bien, esto nos llevaría al primer caos de nuestro nuevo sistema: la equidad.

El segundo democratiza a la humanidad a través de la muerte. Todos los hombres morimos en la misma sintonía, o, al menos, eso creemos. Es la mentira más hermosa de nuestra realidad. De forma que, si el latido usurpase el podio del segundero, el mundo evidenciaría sus diferencias. Los gordos envejecerían rápidamente y los monjes mantendrían un tipo especial de eternidad.

Precisamente, esa figura asceta del monje me lleva a idealizar. En algún lugar de este planeta existe una persona que seguramente mide su vida con los amaneceres y tiene tantos años como veces ha visto un ocaso. De existir este ser, puedo afirmar lo siguiente. Él no se preocupa por escribir textos rápidamente ni se enoja por los errores cometidos en cada línea. No tiene que. Vive en la simpleza, sin ataduras. No le late veloz el corazón.

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Leonardo Casiano

«Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles». -El sonido y la furia

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