Soledades

El nanay de Ana

¿Qué es en lo que Ana piensa al montarse encima de mí y ponerse de espaldas?

Mientras Ana y yo hacemos el amor, gime un nombre que no es el mío. Está encima de mí, moviéndose rápido, pero apenas la siento. En las semanas que he dejado de frecuentarla ha bajado mucho de peso. Su cabello luce débil, sus ojos parecen cansados y sus costillas ahora son más visibles.

—Sólo soy una perra— me dice.

Trato de seguir sus frenéticos y pequeños saltos, pero estoy cansado. Se nota que mientras se sostiene en mis rodillas, en realidad piensa en el otro, el niño de Ate que hace una semana le hizo el amor. Él, que «se me acercó en la fiesta de Teresa, mientras estaba borracha y me violó con fuerza, con pasión, como un hombre. Lo había visto, sí, pero más que nada me gustó mucho que sólo me dijese ‘mujer ¿cómo es?’ y que nos fuésemos al cuarto, en lugar de pasar toda la noche hablando como dos maricones».

Al escucharla, sólo envidio la capacidad de ese sujeto. Jamás le haría algo así a Ana. Aunque sé que ese el motivo principal por el cual, cuando está de espaldas a mí y yo me muevo, no dice mi nombre, sino el de él: «Ricardo».

Desde que somos amantes, he sido yo el que le pide que nos encontremos. La llamo y le pregunto: «Pequeña, ¿estás disponible?». Y si no se encuentra con Arturo o Eduardo [o cualquiera de los otros], me dice que «sí, pero sólo por un par de horas, porque luego tengo que ver mi novela. Y tú sabes que mi novela es más sagrada que cualquier verga».

La brevedad del tiempo entonces provoca que la mime, juegue con ella, bromee y le diga que es la mujer por la cual siempre me masturbo. Si ella está de buen humor, cede ante las palabras y permite que me quede hasta que inicia la canción introductoria de su novela. Ana tiene un gusto profundo por ellas. De niña, cuando su mamá se acostaba con sus amigos y su padre emborrachaba a sus compañeras del colegio, era tras la pantalla el único lugar en el cual sentía que pertenecía.

Una noche de octubre, dos años atrás, cuando ambos teníamos 19 años, le regalé un filme norteamericano luego del nanay. Por esas épocas, se había obsesionado con los actores gringos. Recortaba sus cuerpos y los pegaba por todas las paredes de su departamento. Creo que más de una vez me corrí viendo a Leonardo DiCaprio y estoy seguro de que, cuando ella arriba de espaldas y yo abajo, en realidad sus ojos se centraban en Matthew McConaughey.

*

Siento que se ha impregnado en mi cabeza porque siempre que nos encontramos terminamos en su cama. Nunca hemos ido al cine ni comido un helado, pero aquello la hace sentir orgullosa. «No soy como tus otras putas», dice. «Ellas te amarran para que las mantengas y a cambio te dan sexo. Yo soy temporal. Soy sincera».

Mientras coge otro condón porque el primero ya está muy usado, veo que se rasca la espalda, y recuerdo que me contó que ella conoció el sexo gracias a una comezón. Cuando sólo tenía trece años, tanto le picaba su nanay que un día, por casualidad, sus dedos ingresaron al lugar por el cual pensaba que sólo orinaba.

Sintió satisfacción, calma, plenitud y algo que, con el pasar de los años, conocería como ‘placer’. Paulatinamente, el conseguir esas sensaciones hizo de ella una adicta. Entró tantas veces con sus dedos a su nanay que pronto descubrió cómo armar canciones con sus gemidos y lograr estirar sus piernas centímetros más cuando nanay.

La reacción química de ese ritual además hizo que con el tiempo también desease el calor de otra mano. Pensó mucho en los posibles candidatos, pero tomó como instrumento a su mejor amigo, Esteban, el cual pasaba los días enteros encerrado en el cuarto de la pobre, pues ambos habían sido como hermanos desde los tres años.

Ana hizo que su vida con él se convirtiese en un paraíso lleno de toques. Dentro de los fuertes que construyeron con almohadas, se prometieron una casa en el borde un lago, un estudio para los cuadros que ella dibujaba cuando sus manos dejaban de complacerla y una cama gigante para jamás dejar de hacer el amor.

En su ignorancia, la niña le hizo varias preguntas sin respuestas a su juguete: «¿Por qué yo no tengo uno como el tuyo? ¿Por qué crece más que mis manos? ¿Qué es esa agüita? ¿Por qué no paras? ¿Qué estamos haciendo?».

Los dos se quisieron así, voluptuosamente. Erigieron una ficción que les duró dos años. Hicieron nanay casi a diario: debajo de las carpetas, entre los arbustos y en su habitación. Ana una vez me comentó que «los profesores eran unos cojudos. Dejaban que Esteban y yo fuésemos juntos al baño porque les parecía infantil y tenía la cara de una niña. Tal vez se dieron cuenta de que era marica antes que él. Yo qué sé. Pero lo hacía bien. Duraba horas, y no como estos hombres que conozco, que apenas pueden conmigo por quince minutos».

*

Esteban realmente era maricón. Cuando Ana lo montaba, él sólo podía pensar en sus profesores del colegio. Así que, a llegar tercero de media, les mintió a sus padres y les vendió la loca teoría de que quería estudiar en la escuela naval para honrar a su patria, sin saber ellos que en los baños de aquella institución el niño supo que le gustaba ser follado. Sus superiores lo cogieron muchas veces en el baño y él aprendió así a ganarse la vida.

Una vez Ana me dijo que aquello le rompió el corazón. Pasó meses llorando su desaparición, y eso la obligó a conseguir más compañeros que la satisficieran.

Sus padres supieron de sus amantes, pero prefirieron el silencio a la vergüenza. Era mal visto que una niña se acostase con tantos. Por lo cual, la miraban con desprecio, e incluso su madre llegó a encamarse con varios de los ‘amigos’ de Ana para que ocultasen el secreto de que la niña era una ninfómana.

Al llegar quinto de media, casi todo el colegio se habían acostado con ella o con su madre. Incluso los profesores habían visitado la casa de la niña. En los baños, varios grafitis la tildaron como la puta, la zorra, la perra, la potra y muchos otros apodos que hicieron que, en el viaje de promoción a Puerto Maldonado, ella escapase.

Pasaron dos años para que regresase a Lima. Si bien huyó lo más lejos que pudo y logró ver los límites de Perú con Brasil e incluso pisó Bolivia, la pobreza la aterró.

En cada uno de los departamentos que visitó, tuvo por lo menos un gran amante. Hizo nanay con señores entre 40 y 50 años, que le pidieron más de una vez una vida juntos e hijos. Pero, por más que Ana amaba las comodidades de una hacienda y el olor del campo, extrañaba Lima. Su paisaje gris y su tendencia a la soledad. Cada vez recorría alguna chacra y miraba las sucias acequias, pensaba en los edificios de San Isidro, tan pequeños en comparación a los de Estados Unidos, pero, al fin y al cabo, elegantes.

A los 18 años regresó. Fue entonces cuando la conocí. Yo vivía en un pequeño departamento en la Avenida Arequipa, y cuando la vi subiendo las escaleras cargando dos maletas gigantes, me apresuré a ayudarla.

Nos tomó dos noches acostarnos y una semana para que me dijese que habían otros.

Ana es libre, fuerte y decidida. Ella decide los abandonos y las solicitudes; es la que propone los masajes antes del nanay; y la que lo hace como ninguna otra. Quienes nos acostamos con ella, simplemente disfrutamos de su generosidad.

Soy un adicto a su forma de hablar, a su caminar, a su olor luego del acto. No me sorprende que muchas veces haya creído quererla. Aunque, mientras me pongo mi pantalón de nuevo y regreso a mi estado de hombre, me doy cuenta de que no, sólo es un impulso. Veo ese cuello que tantas veces he besado, y quisiera sólo un segundo más, un poco de tacto más, pero ya encendió su televisor porque está iniciando la telenovela y se acomoda su vestido, que es tan corto que deja entrever el lugar donde tantas veces nanay. Y me dice, sin mirarme: «No puedo creer que esté enamorada de ese niño de Ate», a lo cual sonrío.

Antes irme, como siempre, le dejo cien soles en la mesa de noche y le digo que «volveré», siempre y cuando el sueldo me alcance. Pero a Ana no le importa eso. Suena la canción su novela y, mientras se rasca  el nanay, de nuevo se pierde en esa pantalla.

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Obra

Sexo de Chronis Botsoglou

Licencia

Licencia Creative Commons


El nanay de Ana por Leonardo Casiano se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

«Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles». -El sonido y la furia

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