Cuentos de Castilla

La Fuerza de la Literatura

¿Qué pasó con el cuerpo del poeta Raúl Cueva aquella tarde que salió del Ministerio del Interior en Castilla en dirección a Vallejo?

Hasta hoy nadie ha descifrado qué pasó con el cuerpo del poeta Raúl Cueva aquella tarde que salió del Ministerio del Interior en Castilla en dirección a Vallejo. Tres pueblos al sur del Puente de Marión, donde los Bosques de Roncal reverdecen, sus amigos, unos pobres escritores, lo esperaban, pero nunca apareció. De su figura sólo quedó el recuerdo de quienes lo vieron caminar apresurado, como a punto de vomitar, en la plaza de San Cristobal, donde los niños de Vallejo se pierden al experimentar los primeros desastres del amor.

Los vendedores ambulantes del pueblo ríen. Para ellos, la desaparición de Raúl Cueva revitalizó sus economías. Debido a que son los curiosos quienes les compran cuando pasan estos infortunios, han elaborado un sistema de cambio. Así, un cuello decapitado se convierte en hamburguesas; una pierna sin cuerpo, en cinco dólares; y un hombre que se cae en la calle, en un dulce. Ha sido la libertad de armar sus propios relatos, a costa de la supuesta muerte de Raúl Cueva y otros desdichados, lo que no sólo los ha hecho millonarios, sino literatos.

Sin embargo, yo he sufrido, pues Raúl era mi amigo. Varias veces me he levantado desde aquel fatídico día y he imaginado su cuerpo tocando pausadamente la puerta de mi piso. «Pum», el primer golpe. «Tum», el segundo. Y nos veríamos antes del tercero. Yo le diría «Cuevita». A lo cual me respondería, en un francés sudamericano, «Garçon du terre». Desde su ausencia, he bañado su imagen con los ornamentos de la memoria. Cegado, en mis sueños lo he visto andar con su saco guinda y pantalones verdes, y aquel sombrero de copa que combinaba con sus mocasines marrones. Además, repetidas veces he sentido el olor a opio de la pipa que fumaba junto a nosotros, los poetas, en el Bar de la Luna, cada noche en la cual filosofaba sobre mujeres y animales. Eran fieras amanecidas bañadas en licor. Allí, entre el jolgorio, le gritaba a las prostitutas sus disparates. «Soy como una ballena, el único mamífero que regresó al mar. ¡Pero yo regreso a la mujer!», dijo una vez, mientras ellas reían.

Raúl les tenía un gusto desenfrenado. No le importaba sus colores, sus estaturas, sus senos o traseros. Lo único que él necesitaba era una mujer en la cual perderse. Sólo así evitaba la silente soledad que lo mantenía todos los días en un estado de transe y alcoholismo.

Por ello, muchas veces lo vi recorrer la Avenida Independencia. Entraba en los prostíbulos más baratos, y al encontrar a una joven que consideraba ‘fértil’, la perseguía, la hacía suya y la declaraba su «musa». Era el peso que contenía su libertad. Así, innumerables veces le mintió a un sinfín de mujeres. Descarada y profundamente les dijo «Amor», pese a que despreciaba esa palabra. Decía que era invento de los más grandes imbéciles, los románticos; y que su función era el evitar volvernos locos de desdicha y tal vez, sólo tal vez, consolarnos con la presencia de alguien a quien tocar.

No obstante, recuerdo haber escuchado su llanto una noche que lo vi leyendo los sonetos de Shakespeare. Seis meses antes de su desaparición– sustantivo que él hubiese cambiado por la palabra “pausa”–, me confesó que su vida se había arruinado. Melancólicamente, me declaró su angustia. Se había enamorado de la Señora Vidal, una mujer alta, pálida, de ojos pardos y pequeños, pero irremediablemente casada.

En el Mercado de la Unión, hipnotizado por su olor a guayabas y su rojizo cabello, la había perseguido semanas enteras, sólo para repetir incansablemente: «Ella tiene un esposo». Sintió una revolución en su corazón. Se había enamorado religiosamente. La Señora Vidal, ante sus ojos, se convirtió en un Dios; y él, en un devoto que le rezaba sus pensamientos pecaminosos, cada vez que, bajo la luz de los focos del Bar de la Luna, escribía trémulos «Amor de mi vida» en sus diminutas libretas.

Raúl enfermó. Sus discusiones políticas y estéticas fueron expectoradas por la tos del amor. Los estudiantes de literatura, que se habían acostumbrado a embriagarse con él, se decepcionaron al verlo conseguir un empleo de redactor en el Ministerio del Interior. El poeta había muerto, naciendo así la persona. Olvidó los libros, la muerte y la guerra. Estaba enamorado.

Esto lo llevó a ocultarse detrás de los setos del jardín de la señora Vidal todas las noches. Allí, teñido por el ámbar de los faros, la espiaba mientras ella se cambiaba. En el borde de la locura y la excitación, varias veces le cantó sonetos, a lo cuales ella respondía plácidamente. Como mujer, también sentía la necesidad de un cuerpo que amase a su sexo. Sin embargo, debido a que su esposo era un ingeniero en las minas de San León, siempre dormía sola.

La señora Vidal había crecido con la idea de matrimonios arreglados y pieles de color blanca. Desde pequeña, su madre le había enseñado cuáles eran los hombres correctos, aquellos que dominarían el mundo. Así, su infancia y adolescencia se llenó de puros muchachos engreídos, pero llenos de poder. Raúl, por el contrario, jamás fue así. Era moreno, un poco bajo y pobre. Cuando ella lo observó por primera vez bajo su ventana sintió algo de pavor, pero la soledad avanzó dentro de sus arterias, y con el pasar de los días se acostumbró a su rostro y a la pícara sonrisa que soltaba cuando se quitaba sus prendas frente a él.

«Mi amor astro, el norte de mis ojos. Cruz que no tiene Cristo. Cruz eternamente libre, solitaria, donde todas las noches vengo yo a crucificarme», le cantó Raúl una noche ebrio. Ella no dijo nada. El amor de la señora Vidal se resumía en su silencio. No obstante, cuando el poeta terminó con su jerigonza, arrojó una de sus bragas, la cual cayó sobre unos tulipanes. Él buscó la prenda como un perro ansioso, y cuando la encontró, su fuerte olor le confirmó un amor correspondido.

Los empresarios de Vallejo, que solían visitar a Augusto Vidal, vieron algunas veces a Cueva bajo la ventana de la señora. Se rieron hasta el cansancio de aquel espectáculo. ¿Cómo un hombre así pretendía a una mujer con clase? ¿Qué podría obtener si no era el silencio? Cuando alguno se lo cruzaba en la Avenida Restauración le gritaba «Idiota», sin saber que los universitarios antes le habían gritado «filósofo»; los niños, «héroe»; y los hombres que habían olvidado el arte, «haragán».

Tal vez aquellos insultos lo hicieron desaparecer, pero fue hace dos días que volví a escuchar su voz. Como una incidencia perturbadora, mientras andaba por la calle Los Girasoles, la oí. Iba de camino a mi empleo de funcionario, cuando escuché un «Nicolás», mientras veía a un hombre triste y reducido como yo caminar en la otra acera.

—¿Cómo te encuentras, mi buen amigo?— me dijo el susurro—. ¿Acaso te has olvidado de este perro?

Giré, observé hasta donde pude. La pared de mi lado derecho tenía escrito el nombre de dos amantes, Victor e Hilda; los abedules a la izquierda daban inicio a un parque infantil; ni una nube manchaba el cielo delante de mí; y el pobre hombre que se me parecía había desaparecido. «Nicolás», repitió la voz, con un tono tan familiar que supe que era el de Raúl.

—¿Eres tú, Cuevita?— pregunté con miedo—. ¿Dónde estás? ¿Acaso eres un fantasma que ha hecho algún pacto con el demonio?

—No, mi pequeño amigo, mi garçon du terre— me contestó entre risas—. Simplemente estás ante la presencia de los residuos del amor. ¿Recuerdas a la mujer de la cual me enamoré? La señora Vidal… Con el tiempo, ella también me amó. No, no te rías, es verdad. Cuando me lanzó sus bragas supe que también me deseaba. Pero yo era un desgraciado. Tú lo sabes mejor que nadie. Apenas con un empleo en el ministerio y unos inocentes poemas que publicaría en su nombre. ¿Por qué me iba a querer? No lo sé, Nicolás. Pero lo hizo. El día en el cual desaparecí. Tú lo sabes, aquel día… iba en camino a su casa, a entrar, pero…

—¿Pero qué?— pregunté, acostumbrado ya al sonido de su furtiva voz.

—Me volví invisible— comentó, aunque reí un poco—. No, no te rías. Es cierto, al llegar a Vallejo empecé a expectorar sangre. De mi boca salían pétalos de tulipanes y mis manos se sentían livianas. Fue una metamorfosis urbana. Tuve demasiado miedo, pero había leído en periódicos y revistas de ciencia que a veces pasaba… Te hubieses fascinado, Nicolás. Mis piernas adquirieron el color de la acera; mis manos, el de una maceta que vestía dalias; y mi torso, el ocre de las paredes. Cuando me movía, sentía el mundo dentro de mí. En cada paso que daba lo imitaba en la silueta de mi cuerpo. Fui, como te digo, invisible.

—¿Pero por qué?— lo confronté. Algunas personas, grandes y pequeñas, en la región de Castilla, tenían este tipo de cualidades extraordinarias. A diario escuchaba en las noticias cada maravilla, pero nunca pude presenciar una—. ¿Desde niño fuiste así?

—No— me silenció—. Fue el deseo, Nicolás. La voluntad. Esas dos palabras me convirtieron en lo que ahora soy, una ficción. ¿Y por qué no? La vida siempre ha ocultado a sus hijos más débiles. A los tristes les entregó la muchedumbre para que no se vieran desamparados; a los iracundos, un partido de fútbol para revelar la euforia; a los enamorados, los hoteles baratos. Y así podría continuar con los animales que se camuflan…

—Pero sólo dime— lo interrumpí— ¿Qué hiciste con este don?

—Lo que cualquier otro hubiese hecho— me respondió—. Satisfice mis necesidades. Subí a la habitación de la señora Vidal. La hice mía. Se asustó cuando notó que mi voz y mis pasos no tenían mi rostro. Pero cuando le hablé y la acaricié en rincones de su cuerpo que habían sido olvidados, supo que me necesitaba como yo a ella. Mi amor se había dado sólo por la vista. La amé porque lucía más hermosa que las prostitutas con las cuales me acosté. No obstante, al escuchar la soledad de su palabra, entre los llantos que soltaba después de hacer el amor, supe que era similar a mí.

—¿Se volvieron amantes?

—Todos los días después de las seis de la tarde— afirmó riendo—. Cada noche me colaba entre sus sábanas. Le recité poemas de Machado, Rimbaud y Rilke. Me dijo «lujurioso». Y yo le dije que simplemente era su amante.

—Pero estoy seguro que en algún momento su marido…

—¡Ese idiota! Cuando llegaba a su casa se encerraba en el estudio, mientras yo hacía el amor con su mujer. Ella gemía, pero él no hacía caso. Cualquier otro hombre hubiese notado el cambio de olor en su pareja cuando se acuesta con otro. Pero él es menos que un hombre. Incluso hubo ocasiones en las cuales pensó que su esposa era visitada por el Espíritu Santo. ¡Sí, claro! El «Espíritu Santo».

—Entonces, supongo que hasta hoy sigues yendo a su casa— le pregunté luego de haber digerido tan hilarante relato. Si alguna vez Raúl tuvo una pizca de bondad, con aquellos actos había desaparecido.

—¡Por supuesto! La señora Vidal y yo le hemos dado volumen a su vientre— prorrumpió tan fuerte que algunos de los niños del parque voltearon a ver mi estática y solitaria figura apoyada en la pared—. Después de tantas noches, ambos supimos que pasaría. Su esposo, como imaginas, cree que es la obra de Dios. Por eso ha dejado su empleo en las minas de San León. De no ser porque ya esta casado el imbécil, estoy seguro que se haría sacerdote… ¡Ya me lo imagino llorando cuando nazca el niño! Mi corazón me dice que será invisible como yo. Por eso, seguramente pensará que del vientre de su esposa nada habrá salido. Sin embargo, no sabrá que yo estaré allí, respirando a su lado, sosteniendo el etéreo bebé mientras le contenga el llanto.

—Pero ¿por qué? —pregunté. Ya Raúl no era aquel fantástico y ebrio poeta. Se había convertido en un ser malévolo, un demonio.

—Nicolás, ¿no lo notas? Todo esto, desde mi transformación en un ser invisible, hasta los gemidos que decoraron nuestras paredes de amor para darme a un hijo… todo… todo ha sido literatura.

—¿Literatura?— pregunté. No entendía precisamente qué tenía que ver la literatura con una historia tan extraña, llena de engaños, risas y lujuria.

—Obviamente, Nicolás— contestó Raúl con una voz segura—. Lo que te he contado es simplemente la fuerza de la literatura, el poder que posee una vida para sobreponerse a ella misma, y realizar, en su comprimido frenesí, un sueño.

Fue entonces que, como por arte de magia, sentí un silencio totalizador. A mi alrededor escuché a los niños jugar y vi cómo los ancianos envejecían. Todo seguía su rutina. La pared que estaba a mi lado izquierdo guardaba la silueta del bello cuerpo de Raúl Cueva: la sombra del mismo traje, el mismo sombrero, el mismo pantalón y los mocasines marrones. Él ya había desaparecido, y yo empecé a llorar su ausencia.

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Obra:

Autorretrato con un perro negro de Gustave Courbet

Licencia:

Licencia Creative Commons
La Fuerza de la Literatura por Leonardo Casiano se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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