Soledades

El amor de Roberto

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Carla y yo hicimos el amor porque ambos nos sentíamos solos en la vida. Pese a que Carla tenía un novio llamado Roberto, que en realidad era uno de mis mejores amigos, se sentía sola. Y yo, que estaba enamorado de Greta, que sólo pensaba en ella, que pasaba mis días esperando el día en el cual Greta dejase a Claudio, también me sentía irremediablemente solo.

Fue en un hostal de treinta soles. Carla me había dicho que en ese lugar podíamos conversar. Yo le había creído. Continuamente, a decir verdad, coincidíamos en los parques, lejos de las miradas de nuestros amigos y platicábamos sobre nuestras patéticas vidas.

Roberto no amaba a Carla. Esa era la certeza a la cuál ambos habíamos llegado. Simplemente usaba su cuerpo como el lugar dónde podía depositar su esperma cuando estaba cansado como para seguir conteniéndola dentro de él. En la cotidianidad de sus vidas, Roberto realizaba rituales que dejaban en claro que no sentía más que un apego tenue por Carla. La llamaba a las seis de las mañana porque en su solitario trabajo, que consistía en estar rodeado de otros hombres el resto del día, necesitaba la voz de una mujer que pudiese socorrerlo. Constantemente revisaba lo que Carla publicaba en sus perfiles de Facebook o WhatsApp, porque necesitaba imponer algún tipo de poder en su vida, ya que la mayor parte de la misma la había desperdiciado estando bajo el mando (o el poder) de alguien más.

A Roberto le encantaba celar a Carla. Sus «mi cosita», «mi amor» y «mi vida» eran formas disimuladas en las cuales él buscaba que Carla olvidase su nombre. La cosita de Roberto, el amor de Roberto, la vida de Roberto. Cada vez que un nuevo hombre conocía Carla por los asuntos de la universidad donde los tres estudiábamos, Roberto imponía firmemente su voz y, quedando como idiota para otros hombres que ya habían crecido, reclamaba a Carla como su posesión.

Carla simulaba ignorar esto. Le gustaba esa atención. Cuando Roberto prorrumpía esas palabras de una manera tan altanera como chabacana, se enrojecía. Y pensaba que le hubiese gustado haberse sentido así cuando su padre aún estaba en casa, a los siete años. Carla gustaba mucho de Roberto porque era como su padre: tan ausente, tan hombre. En los pocos momentos en los cuales Carla se recostaba en sus piernas, pensaba que los hombres que prestan atención de a poco eran realmente los hombres que sentían amor.

Sin embargo, el resto de días otros estábamos a su disposición. Álvaro, Camilo, Alberto y yo, Gabriel. Carla solía dedicarnos horas enteras en las cuales barajaba con quien se quedaba viendo una película, yendo a comer o dándole caricias en la panza, como quien malcría a un hijo.

A mí no me molestaba ser una opción en ese juego que realizaba. Pero todo dio un giro cuando Carla y yo fuimos al hostal. Ella me habló entonces en el idioma de los amantes. Con su mano jugueteaba con mis bolsillos del pantalón, con su boca propiciaba besos en mi cuello, y sus ojos verdes me miraban con cierto deseo. Fue en ese momento cuando supe que Carla y yo estábamos enamorados, pese a todo.

Se acercó a mí, me dijo todo lo que nunca le había dicho a Roberto, lo que nunca había discutido con Álvaro e hizo chistes que Camilo y Alberto jamás hubiesen comprendido. Carla estaba allí, frente a mí, con una sonrisa tan malévola como linda. Se desvistió, abrió sus piernas, y yo caí lentamente sobre ella, con cierta tristeza al saber que Carla en realidad olía Roberto.

Hicimos el amor. Por una hora estuvimos jugando a ser amantes. Recorrimos nuestros cuerpos con nuestras manos. Nos dibujamos. Nos sentimos completos, hechos para uno.

–Te amo – me dijo Carla mientras la besaba en a nuca –. No quiero dejarte nunca. Quiero que estemos juntos para siempre.

–¿Y Roberto? – interrumpí yo.

–Él siempre será mi novio, pero tú siempre serás el hombre que amo.

Carla y yo seguíamos. La cama se movía, retumbaba por las paredes los gemidos de Carla. No obstante, todo olía a Roberto, a la cosita de Roberto.

 

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