Soledades

Antes de salir del hogar

Priemera soledad

De niño, cuando mi abuela me sostenía de la mano para recorrer las calles porque sentía miedo que me perdiera, solía mirar las nubes. Ella, que en ese tiempo tenía el cabello negro, me decía: «De adulto, Antonio, serás un soñador». Yo le decía que no abuela, que no era posible que llegase a ser un soñador, debido a que los soñadores tienen tiempo, y mamá trabajaba, y yo me quedaba todas las noches esperando que ella terminase para que me contase historias tan distintas a la realidad.

Mamá en ese tiempo era más fuerte. Mamá me cargaba por la habitación. Con sus dos brazos me sostenía, me levantaba tan alto que a veces pensaba que podía volar y que el mundo se detenía. Recuerdo haber vistos los relojes inertes en la novena hora y la polvareda haberse hecho materia.

Hoy, sin embargo, mamá ya no es mamá. Ahora es madre. Se levanta muy temprano para llegar muy tarde, en la noche, cuando las aves duermen en un pie y hasta los insectos se cansan.

Cuando niño, en realidad era un polífago del amor de mi madre y mi abuela, las dos mujeres que me criaron. Recuerdo que una vez abuela me contó de mi abuelo. Fue un día tan gris como sereno.

«Yo recuerdo, Antonio, que tu abuelo tallaba los respaldos más bellos de las camas. Y los hombres italianos venían y compraban, y con eso le dábamos a comer a tus tíos y tu madre gallina en lugar de palomas, pollo en lugar de palomas, pato en lugar de palomas, y éramos felices. Éramos tan felices en la miseria porque no había otra forma de ignorarla. Antonio, tu abuelo, tu abuelo fue un gran hombre que se despertaba tan temprano que parecía que le gustaba competir con el sol, y pese a que no sabía leer, estaba siempre más enterado que todo el mundo de las noticias. Él les decía a los tipos que vendían el periódico que era la vida en esencia. Triunfar o amar. Los que triunfaban lo hacían en la soledad, los que amaban se pegaban a otro. Tu abuelo no sabía exactamente en que parte se encontraba. Pero siempre decía lo mismo: triunfar o amar…»

Abuela se había quedado dormida. Yo no sabía si quería ser como mi abuelo, si quería tener la espalda rota de mi abuela o las manos desgastadas de mi madre. Por dentro sólo quería llorar, salir de la casa, correr, y no saber si triunfar o amar.

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«Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles». -El sonido y la furia

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